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Vergüenza de ser mejor

La primera escala europea del presidente iraní Hasán Rouhaní ha provocado un escándalo cultural. Por deferencia hacia la pacata pudibundez de la República Islámica de Irán, en el Museo Capitolino —sitio del encuentro de Rouhaní con el premier italiano Matteo Renzi— han cubierto las estatuas desnudas. La reacción desde todo el ámbito del horizonte político no se ha hecho esperar y al Primer Ministro lo han llamado a explicarse ante el Parlamento.

Tanto Renzi como su ministro de Cultura han aducido inocencia: exceso de celo protocolar de algún subalterno que estaba dispuesto a hacer un gesto, uno más, para no incomodar las susceptibilidades de un representante de esta religión oscurantista que vuelve a amenazar —insidiosamente, por la invasión pacífica de sus refugiados— los valores, las tradiciones y el estilo de vida de Occidente. Cualquier cesión, el menor gesto de debilidad frente a esta amenaza, debería juzgarse como un delito de lesa cultura, como un ataque a la civilización que nos define.

Algunos críticos han señalado que en este momento —cuando el Senado italiano está a punto de debatir la concesión de derechos legales a parejas del mismo sexo— el gobierno haya optado por callar la persecución de los homosexuales en Irán, al tiempo que oculta la desnudez de unas estatuas o elimina el vino de los menús oficiales en el contexto de esta visita. La razón obvia es no lastimar al presidente de un país, recién salido de la hibernación, algunas de cuyas compañías acaban de suscribir contratos con sus homólogas italianas por más de 18,000 millones de dólares. Por esta cifra hasta podrían cubrirse las cruces de las grandes basílicas si es que el símbolo del cristianismo fuese a ofender al visitante.

La concesión podría juzgarse insignificante y el propio Rouhaní desestimó su importancia como mero chismorreo de la prensa, pero, en el plano simbólico, el gesto ha sido de una patética obsecuencia frente a una ideología del atraso impuesta con mecanismos totalitarios. El Irán del sha Pahlavi, a pesar de su gobierno unipersonal, era mucho más moderno y afín a Occidente que la teocracia medieval que vino a suplantarlo. ¡Qué torpe y necio fue el presidente Jimmy Carter que no se apresuró a liquidar, para bien del mundo, esa revolución de los ayatolás el primer día de su existencia! ¡Ojalá le pese hasta el final!

La suspensión de las sanciones puede haber sido otro error de la política norteamericana, que ahora, frente a posibles infracciones de Irán, sería mucho más difícil de reimponer. La voluntad de convertirse en una gran potencia y controlar los destinos del Oriente Medio y del Asia Central a partir de una propuesta religiosa es connatural al régimen iraní, y la suspensión de las sanciones sólo ayudará a financiar esa voluntad hegemónica, aunque prescinda, de momento, de las armas nucleares. Las democracias occidentales sólo deberían tener en su agenda respecto a Irán un cambio de régimen, aunque ello significara un regreso a la monarquía.

En el corto plazo, mientras los jerarcas iraníes (y de otras tiranías musulmanas) son vistos y recibidos como personas, los gobiernos del primer mundo deberían abstenerse de esas ridículas muestras de delicadeza que pueden traducirse como vergüenza por lo propio, en lugar del orgullo insolente a que tenemos derecho por haber creado la cultura más completa, adelantada y pujante de la historia, incluidos, desde luego, los desnudos de la estatuaria clásica y sus imitaciones renacentistas que ocultaron a la vista del representante de un régimen bárbaro. Que se escandalizara Rouhaní habría sido preferible a que se hayan escandalizado los civilizados italianos —y todos los que compartimos sus valores— por ese acto de velar estatuas que, como dijera el diario La Repubblica, significa “una ocultación de nosotros mismos”.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

Esta historia fue publicada originalmente el 27 de enero de 2016, 1:43 p. m. with the headline "Vergüenza de ser mejor."

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