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DANIEL MORCATE: Berniemanía

Confieso que me doy banquete escuchando los regaños y perretas de Bernie Sanders contra los intereses creados y depredadores de este país. El tono de sus ataques implacables contra Wall Street y su influencia descomunal sobre nuestro proceso político se me antoja especialmente atractivo porque los combina con un gran sentido del humor, cuando lo ameritan las preguntas que le hacen, y porque demuestra el profundo conocimiento del insider político, de un hombre noblote que conoce bien al monstruo desde los pasillos y oficinas del Congreso, esa frecuente marioneta de nuestros tiburones financieros. Luego disfruto aún más escuchando a jóvenes familiares y amigos defender con entusiasmo al veterano senador de Vermont, de Brooklyn o de donde sea, tal vez porque encuentro en sus apasionados alegatos ecos de mis propias ideas cuando yo tenía su edad y, por fortuna, todavía hoy.

Independientemente de lo que ocurra en las urnas, la Berniemanía ha tomado por sorpresa a Estados Unidos. Ningún otro aspirante presidencial atrae a sus actos políticos a tanta gente como Sanders, ni siquiera el fenómeno mediático de Donald Trump. Y a diferencia de él, la concurrencia que típicamente acude a escucharle y vitorearle se compone del material del que está hecho nuestro futuro: jóvenes de entre 18 y 29 años. Ningún otro precandidato ha recibido tampoco tantas donaciones individuales de campaña. Casi cuatro millones de personas le han abonado un promedio de 27 dólares cada una, aunque no sea del todo cierto lo que asegura de que no ha recibido apoyo de super PACs, pues al menos uno, integrado por el sindicato nacional de enfermeras, ha aportado también a su esfuerzo presidencial.

La Berniemanía es la respuesta contundente de un sector de norteamericanos a la sistemática campaña de un puñado de billonarios blancos no hispanos para adueñarse del sistema político norteamericano: los hermanos Koch, los Mellon Scaife, los Olin, los Bradley y otros lobos de la misma camada. Esa maniobra data de décadas. Y se ha manifestado en la creación de miles de think tanks, programas universitarios, grupos de cabildeo y de presión que han logrado colocar a discípulos y asalariados en el Congreso, las cortes de justicia, los ministerios y otros círculos de poder e influencia en el país. La mayoría de los soldados de esta causa ultraconservadora son personas tan bien intencionadas como el propio Sanders. Pero los billonarios que los auspician suelen ser, casi sin excepción, cuatreros que odian al gobierno porque les castiga por evadir el pago de impuestos, contaminar el medio ambiente, abusar de sus trabajadores o discriminar a las mujeres y minorías en sus negocios. Y promueven una versión darwiniana y autocomplaciente del anarquismo a la que llaman “libertarismo”, verdadera afrenta para quienes alguna vez nos nutrimos de teorías libertarias humanistas.

La Berniemanía no ha surgido por generación espontánea. Las señales de su inminente estallido se veían en el ambiente hace tiempo. Una fue el efímero movimiento de protesta “Ocupemos Wall Street”. Otra, la exitosa movilización para duplicar el salario mínimo, medida que han adoptado estados progresistas. Una tercera, la aparición en la escena política de la popular senadora liberal Elizabeth Warren, némesis de los depredadores de Wall Street y de otros. Como consecuencia, la contienda por la nominación presidencial demócrata ha girado a la izquierda. Incluso una política orgánica como Hillary Clinton se ha visto obligada a asumir la etiqueta de “progresista” para no lucir menos que Sanders. Con la fina ironía que lo distingue, el viejo senador le respondió que ella es progresista “algunos días”.

A pesar del entusiasmo popular que inspira, el empeño presidencial del abuelo Sanders es una lucha cuesta arriba que enfrentará la oposición de figuras poderosas de ambos partidos dominantes, además de los intereses creados. Probablemente ni el propio Sanders soñaba con el éxito que ha tenido hasta ahora. Y dudo que continúe su buena estrella. Pero más allá de su aporte a la carrera por la Casa Blanca, su legado habrá que medirlo por la capacidad que haya tenido de energizar a los sectores liberales, movilizar a millones de jóvenes hacia nuestra vida política y exponer con lucidez las turbias maniobras de quienes mediatizan nuestra democracia a billetazos.

Periodista cubano.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de febrero de 2016, 11:51 a. m. with the headline "DANIEL MORCATE: Berniemanía."

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