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Retrato de una dama

Nancy Reagan, viuda del presidente Ronald Reagan, falleció el pasado domingo 6 de marzo.
Nancy Reagan, viuda del presidente Ronald Reagan, falleció el pasado domingo 6 de marzo. TNS

No suponga el lector que me propongo hacer la reseña de alguna reedición de la famosa novela de Henry James (Portrait of a Lady), sino de recordar, desde esta página, a la mujer que acompañara a Ronald Reagan gran parte de su vida y en toda su carrera política —en la gobernación de California y en la presidencia de Estados Unidos— y que acaba de fallecer a los 94 años.

Los que nos acordamos con nostalgia de la llegada de Reagan a la Casa Blanca, luego del deslucido y desastroso gobierno de Jimmy Carter, tenemos presente el glamour que acompañó a esa presidencia desde el primer día, aquel 20 de enero de 1981, en que el Ejecutivo recobraba el arbitraje de la distinción e inducía, en toda la sociedad norteamericana —y más allá de nuestras fronteras—, un regreso a las convenciones en el vestir, en el ornato público y la decoración de interiores, incluso en los modales, en suma, en los hábitos de la vida, que se habían visto tan degradados desde fines de los sesenta. La presidencia de Reagan se caracterizó por una vuelta a los valores tradicionales, una suerte de revolución retro que venía a frenar e incluso a revertir la vulgaridad que inauguraran los hippies más de una década antes. De todos los logros de la era de Reagan no fue este de la imagen el menos importante, y en gran medida se le debió a Nancy.

Aunque los Reagan no provenían —a diferencia, por ejemplo, de los Roosevelt— de lo que bien puede llamarse la aristocracia americana (él, hijo de obreros; ella, de un hogar de profesionales de clase media) el mundo del cine de los cuarenta y los cincuenta y el trato asiduo con personalidades, así como la innegable vocación por los modelos de refinamiento social, fueron conformando el gusto de la pareja, y tanto como para que, a su llegada al gobierno, pudieran presentarse como paradigmas de una restauración.

Al principio menudearon las críticas, cuando Nancy se empeñó en hacer cambios a fondo en la decoración de la Casa Blanca a un costo que los críticos consideraban un exceso frívolo en medio de la crisis económica que todavía empantanaba al país, pero la Primera Dama insistió en que la mansión ejecutiva, casa de todos los estadounidenses, donde se recibía a los jefes de Estado y a grandes personajes, exigía esos expendios. No hay que olvidar que el término decoración proviene de decoro. Se trataba de revestir de dignidad a uno de los edificios emblemáticos del Estado.

Pero el papel de Nancy Reagan, como Primera Dama durante ocho años y gran señora hasta el momento de su muerte, no se queda en estos énfasis exteriores, sino que se afianza en el entusiasmo y —al mismo tiempo— la gravedad con que asumió el papel a que la llevaba la carrera de su marido, en el coraje y en la irreprochable lealtad que la mantuvo como guardiana del hombre que amaba hasta el último momento sin que el mundo curioso pudiera tener el menor atisbo del estado en que una terrible enfermedad debió haberlo sumido durante los últimos años de su vida.

En el más de cuarto de siglo transcurrido desde que los Reagan salieran de la Casa Blanca, y particularmente en el tiempo en que él fue víctima del mal de Alzheimer y luego en los años de su viudez, Nancy siguió mostrando el empaque y dignidad de una dama, aunque su cuerpo se fuera haciendo cada vez más menudo y más frágil. Ahora que ella no está, nos queda el inspirador retrato de su integridad y reciedumbre.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

Esta historia fue publicada originalmente el 9 de marzo de 2016, 0:58 p. m. with the headline "Retrato de una dama."

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