Frustración y vergüenza del panorama electoral
Después de las primarias de este martes que llevaran a Marco Rubio a abandonar la carrera por la nominación de su partido a las elecciones presidenciales, el panorama político se muestra ensombrecido. Tal como están las cosas, la consulta electoral pondrá a elegir a los votantes entre los peores: Donald Trump, que se proyecta como el candidato por quien han decidido los republicanos, y Hillary Clinton, cuya nominación se da por descontada. A estas alturas, ni Ted Cruz ni Bernie Sanders cuentan con ninguna posibilidad real. A menos que ocurra un milagro, la ex primera dama, senadora y secretaria de Estado y el magnate neoyorquino serán los contrincantes en noviembre. ¡Dios nos asista!
Aunque desde esta página afirmé no hace tanto que votaría disciplinadamente en noviembre por el candidato que los republicanos nominaran, no me avergüenza desdecirme: no votaré por Donald Trump en ninguna circunstancia, y no por su supuesta política antiinmigrante (soy el primero que cree que Estados Unidos tiene el derecho y la obligación de blindar sus fronteras contra la inmigración ilegal), y no por sus reservas o prejuicios contra los musulmanes (he dicho en más de un foro que el islam es una religión muy primitiva cuyos seguidores, si son piadosos, mal pueden avenirse a convivir en las sociedades de Occidente) y no por su reiterado anuncio de que quiere fortalecer nuestras Fuerzas Armadas y hacer más firme y hegemónico el papel de Estados Unidos en el mundo (en incontables ocasiones me he pronunciado a favor de la hegemonía de este país y de su arbitraje militar en la política mundial). Pese a estas coincidencias, el Sr. Trump me parece un facineroso, me repugnan profundamente su estilo, sus gestos, su empaque, su prepotencia de snob adinerado, su populismo grosero. Suponerlo al frente de este país es imaginar una colectiva degradación.
La alternativa que nos darán los demócratas no me resulta alentadora. Hillary Clinton tiene, sin duda, mucha más experiencia política que Trump (que no tiene ninguna) y, en términos generales, su papel al frente del Departamento de Estado deja, en mi opinión, un saldo positivo (a pesar de su flagrante imprevisión en la crisis de Libia y la posible ilegalidad de sus correos electrónicos, por los que algunos aún esperan hacerla ingresar en prisión). No obstante, su plataforma, con algún que otro aderezo, no es más que la continuidad de la política de Obama (con sus componendas y medias tintas en el terreno internacional que ha dejado a Estados Unidos en desventaja y a la defensiva en casi todas partes; y una gestión de puertas adentro que parece resumirse en el oxímoron de una arrogante timidez: con excepción de su precario plan de salud deja un legado bastante pobre, en contraste con sus muchas admoniciones desde el podio). Obama II en traje de mujer podría traernos el aburrimiento de un sainete conocido con la desventaja de ser expuesto por alguien que resuma insinceridad y sin pizca de gracia.
Muchos querrán poner la culpa de este panorama al que nos enfrentamos a la puerta de la dirigencia de los dos grandes partidos y, en particular, del establishment republicano, contra el cual acaban de pronunciarse sus afiliados. Tal vez sí, pero no por haber pecado de elitismo: si alguna culpa tiene la dirigencia de GOP es la de haber atendido y alentado las voces iracundas de su canalla, de sus extremistas, de la base inculta de su electorado, pensando acaso que eran las fieras que les servirían tan sólo para aterrar a los demócratas, sin suponer que tuvieran la insolencia de querer imponer su propia agenda y sin prever la existencia de un sujeto que quisiera y supiera encarnarla, exponerla y usarla para su encumbramiento. Tal vez ya es tarde para hacer restallar el látigo en el suelo como hacen los domadores en el circo: las fieras están sueltas.
Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.
© Echerri 2016
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de marzo de 2016, 1:54 p. m. with the headline "Frustración y vergüenza del panorama electoral."