Recuperar la identidad, reto de un gran partido
La socorrida imagen del elefante en la cristalería, con que a veces se resume una situación desastrosa y caótica, sirve mejor que ninguna otra para definir la presencia del aspirante Donald Trump en el ámbito del Partido Republicano, al convertir la campaña por la nominación en un sainete que los últimos incidentes de estas primarias sólo lograrán acentuar. Si Trump llega a la Convención republicana sin la mayoría de delegados que le garantice la nominación, el show sería de “alquilar balcones”. Y si una votación de los delegados en una segunda vuelta —libres entonces de obedecer el resultado de las primarias— privase de la nominación al prepotente magnate neoyorquino, tendríamos todos los ingredientes para una riña tumultuaria con catastróficos resultados para el prestigio del llamado Grand Old Party.
A menos que pasara un milagro, el triunfo electoral en noviembre será de la Sra. Clinton (si antes no es procesada, algo que parece ahora mismo improbable), mientras los republicanos estarían dedicados a tareas de salvamento para recomponer los fragmentos de su partido. Frente a este posible escenario, la pregunta que está en labios de todos es: ¿cómo ha podido ocurrir esto? Es decir, ¿cómo una respetable institución política muestra esta incapacidad, esta impotencia, frente a la grosera subversión de que está siendo objeto?
La crisis del Partido Republicano —que no es nueva y que no es exclusivamente suya, los demócratas no están mucho mejor, aunque no sea tan obvio— es el resultado de una falta de ideología y de disciplina partidarias lo suficientemente cohesivas para impedir el asalto de elementos foráneos no representativos: ya sean los anarquistas del Tea Party, los fanáticos evangélicos del Cinturón Bíblico o la chusma blanca (white trash) urbana o rural que se identifica con el lenguaje insolente de Trump y sus slogans chovinistas que prometen la recuperación de una grandeza que ni él ni su público sabrían definir.
El Partido Republicano solía ser el partido del Old Money de la costa oriental de Estados Unidos, de la vieja clase política afín a Wall Street que, en gran medida, iba a sentarse los domingos en los bancos de la Iglesia Episcopal. Partido de élite, de refinado poder en el que no tenían cabida las estridencias. Ese partido, minoritario desde luego, se ocupaba de vender su programa en tiempo de elecciones, valiéndose para ello de los grandes órganos de opinión que le eran afines; pero a sus dirigentes nunca se les habría ocurrido que una canalla que estaba sólo para votar una vez cada cuatro años —o cada dos, en los comicios parciales— llegara a imponerles sus agendas.
Y eso es exactamente lo que ha sucedido. Una deriva que podría fecharse a partir del escándalo que dio lugar a la renuncia del presidente Nixon cuando los republicanos empezaron a perder confianza en el programa de su propia tradición y creyeron necesario abrir las puertas para legitimarse con un baño de masas. En las elecciones que llevaron a Ronald Reagan al poder estos elementos empezaban a estar presentes, aunque todavía no desempeñaban un papel protagónico y los candidatos mismos —tanto Reagan como Bush padre— respondían a los perfiles de la vieja escuela. Pero ya habían logrado penetrar el partido y, en lo adelante, su presencia no haría más que acentuarse.
Esto que vemos es el resultado, pues, de una falta de fe, de parte del Partido Republicano, en sus propias tradiciones, lo cual ha dado lugar a un secuestro y a una deformación institucionales de graves consecuencias para la vida política de toda la nación. Recuperar ese carácter, esa identidad, es de mayor importancia, en mi opinión, que recobrar la Casa Blanca.
Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.
© Echerri 2016
Esta historia fue publicada originalmente el 6 de abril de 2016, 1:43 p. m. with the headline "Recuperar la identidad, reto de un gran partido."