Happy birthday, Ma’am
Hoy, 21 de abril, cumple Isabel II noventa años, y mucha gente, no sólo los ingleses, lo celebra, incluidas las catorce naciones (como Canadá y Australia) de las cuales ella es aún la jefa del Estado; así como numerosas instituciones públicas y privadas que ven en este personaje, que llena un espacio tan grande de la historia contemporánea, un símbolo de estabilidad y de armonía en medio de las contiendas y catástrofes que caracterizan nuestro mundo. Si algo sugiere esta mujer —cuya efigie aparece en las monedas y sellos de correos de unos cuantos países— es equilibrio, ponderación, una rara virtud que ella ha ejercido a diario sin flaquear en los más de 64 años que lleva siendo la encarnación viviente no sólo de su pueblo, sino de toda una cultura, cultura que trasciende los límites de su isla nación.
Son muy pocos ya los que nacieron antes de que ella ascendiera al trono en febrero de 1952, con sólo 25 años; y menos los que recuerdan cómo era el mundo antes de esa fecha. Europa apenas empezaba a salir de la postguerra y los ingleses —pese a contarse entre los vencedores— seguían sujetos a muchas privaciones. La vida era austera y gris en un país que, como secuela del conflicto, empezaba a perder su vasto imperio colonial. Winston Churchill había vuelto al gobierno por el desencanto y la frustración del electorado con la gestión de los laboristas. La sociedad británica de ese momento podría catalogarse de pesimista. En eso murió el rey.
La noticia había sorprendido a la princesa Isabel en un hotel sobre la copa de los árboles en un parque nacional de Kenia. Cuando llegó a Londres, dos días después, la joven vestida de luto que bajaba la escalerilla del avión era una mujer imbuida por un profundo sentido del deber: una responsabilidad que —a diferencia del tío suyo que abdicara para seguir su propio rumbo— asumía con entrega y dedicación de por vida. Cuando, poco más de un año después, el arzobispo de Cantórbery la ungía y le imponía la corona de San Eduardo, contraía un pacto de carácter religioso que estaría por encima de todos los otros vínculos que hasta ese momento tuviera o habría de tener. Ese día de la coronación, un despliegue de colores, como de cuento de hadas, le devolvía el optimismo a un pueblo al cual la guerra había dejado ensombrecido. Isabel II ha sido fiel a ese pacto y el optimismo que ella suscita, con leves altibajos, ha perdurado por más de seis décadas.
Icono viviente de una institución milenaria, la reina de Inglaterra trasciende las fronteras nacionales y un poco nos pertenece a todos. Es una imagen familiar que entró en nuestros hogares hace mucho —incluido este país que adquirió su carta de identidad mediante una sangrienta guerra con los ingleses— y allí permanece, reconocible, identificable hasta por los que ignoran la historia institucional y la fórmula de buen gobierno que justifica su papel al frente de un Estado moderno. Por contraste, los héroes revolucionarios e iconoclastas, que alguna vez propusieron hacer todas las cosas nuevas mediante la violencia, son historia fallida o —como Fidel Castro o Robert Mugabe— unos impresentables esperpentos.
¡Qué suerte hemos tenido de haber sido contemporáneos de esta extraordinaria soberana, cuyo rostro sonriente se sobrepone a las tantísimas frustraciones políticas de nuestro tiempo! Hoy que llega a esos espléndidos noventa, no queda más —admirados por su constancia y por su abnegación— que desearle, sinceramente, un feliz cumpleaños.
©Echerri 2016
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de abril de 2016, 0:56 p. m. with the headline "Happy birthday, Ma’am."