Un legítimo acto de fundación
Uno de los libros que alguna vez más me gustaron y que siento no tener aquí es el que recogía las cartas facsimilares que los jefes de Estado del mundo dirigieron a Tomás Estrada Palma en reconocimiento a la soberanía de Cuba al estrenarse como nación independiente el 20 de mayo de 1902. “Mi grande y buen amigo” era la fórmula protocolar con que se dirigían al primer presidente cubano el rey de Inglaterra, el zar de Rusia, el presidente de Francia y el emperador del Japón entre otros muchos. Con tan universal consenso ingresaba en la vida internacional la última colonia española de América luego de una guerra devastadora y de cuatro años de ocupación norteamericana, y un pueblo que apenas empezaba a reconocer su identidad celebraba el acto fundacional con desbordantes muestras de júbilo que los periodistas presentes detallaron con prolijidad. La instauración de la república fue para los cubanos una fiesta magna.
Sin embargo, el parto de esa nación había sido traumático y sangriento. Una clase criolla, en gran medida adinerada y culta, había optado por el separatismo armado ante las humillantes condiciones que imponía España a sus súbditos coloniales, y a esa carta se había jugado su fortuna y su vida. Popularizar esa costosa idea habría de ser lo más arduo de esta empresa: lograr que un pueblo apático, acomodado a la servidumbre o simplemente leal a España por ser o sentirse español entendiera que tenía derecho a su propia identidad y que debía pagar caro por ella. La propaganda insurrecta, gestada y promovida desde Estados Unidos, terminaría siendo mucho más eficaz que los fusiles en la forja de un carácter nacional con el que todo un pueblo podría identificarse. La celebración multitudinaria del estreno de la soberanía era el mejor colofón a ese esfuerzo.
Las virtudes cívicas que predicaron y propugnaron los próceres fundadores de ese proyecto nacional se vieron afectadas, casi desde aquel primer día, por nuestras taras ancestrales, por los vicios que traíamos en nuestro ADN social. El latrocinio, el fraude electoral, el clientelismo no puede decirse que aparecieran en la vida política cubana con la llegada de la independencia, más bien que nunca habían dejado de estar presentes, como saldo y rémora de nuestra herencia colonial que se vería atenuada por la escrupulosa administración militar del gobierno interventor que los cubanos nunca agradeceremos lo bastante. Cuba era una especie de Cenicienta que entraba en el salón de las naciones del brazo de un general norteamericano y eso fue puerta de la prosperidad y la modernidad que tuvimos después. Sin ese acompañante, sin ese partero, los vicios heredados habrían alcanzado mayor preponderancia en un ambiente mucho más atrasado en lo económico y en lo social.
De ahí que una mirada retrospectiva en esta fecha —sin obviar los últimos 57 años en que a Cuba le ha tocado padecer la más larga tiranía que ha habido en este continente— debe reconciliar a los cubanos con el acta de nacimiento que nos dio la república, a pesar de las taras no superadas, la peor de las cuales sería la vocación revolucionaria que, lejos de ser medicina para los males del país, como tantas veces se propusiera, sirvió para empeorarlos y enconarlos. El 20 de mayo de 1902, Estados Unidos, con el traspaso de la soberanía, nos legó algo más que un territorio: la concreción de un sueño que nuestros propios antepasados no tardaron en empezar a malograr. Aun así, aunque sólo fuese por lo que tuvo de noble aspiración, no dudo en afirmar que bien valió la pena.
©Echerri 2016
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de mayo de 2016, 4:14 p. m. with the headline "Un legítimo acto de fundación."