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Nuestra guerra urbana

Un comprador exhibe su fusil en una feria de armas en la ciudad tejana de Fort Worth el sábado pasado, a raíz de la muerte de cinco policías en Dallas a manos de un francotirador.
Un comprador exhibe su fusil en una feria de armas en la ciudad tejana de Fort Worth el sábado pasado, a raíz de la muerte de cinco policías en Dallas a manos de un francotirador. Getty Images

Estamos en una guerra urbana de causas tan variadas que se hace difícil ver su convergencia en las muertes que deja.

Es guerra y no otra cosa a juzgar por los 12,942 muertos a bala en el país en el 2015, el mismo año en que cayó un total de 22 soldados en acción extranjera mientras que tan solo en Chicago mataban a 468 personas, 446 de las cuales fueron de raza negra.

Es una guerra extraña, pero más extraña es la negación que ocurre al punto de necesitarse las muertes en St. Paul, Minnesota, y Baton Rouge, Luisiana, y la de los policías en Dallas para darnos cuenta nuevamente que esta es una guerra que nos afecta a todos.

Nos creemos a salvo en nuestros barrios y suburbios, en iglesias y congregaciones, intocables con nuestro dinero, posición social y derecho a las armas que defendemos para defendernos de quienes usan ese derecho para matarnos. No es así.

Esta es una guerra que le llega a cualquiera en cualquier lado en cualquier momento, una guerra de locos armados por la distorsión de la segunda enmienda interpretada literalmente por gente que defiende un derecho enunciado cuando las armas eran cargadas con baqueta, pólvora y munición, un tiro a la vez, y que hoy son como son.

Somos víctimas de fundamentalistas constitucionales, ‘creacionistas’ de la Constitución que hacen caso omiso de la evolución tecnológica, gente que se guía por la letra de lo escrito.

Luego está el espíritu de los cowboys, feliz en lugares como Texas, donde llevan pistolas y rifles al descubierto por la ley estatal –la open carry– que les permite hacerlo. Así se vio a varios manifestantes el día de las muertes de los policías, aumentando la confusión mientras se desarrollaba el ataque.

Esta es una guerra alimentada por la desconfianza y deshumanización de la raza negra en un sistema que tiene 22% de los encarcelados del mundo, casi 7 millones de prisioneros de los cuales más de 4 millones son de tez oscura.

Es una guerra por la miseria de la que culpamos a los afroamericanos en sus guetos, una guerra por el ensalzamiento y trivialización de la violencia y por la aceleración de la vida auxiliada por una tecnología que hace de la reflexión un obstáculo y hasta un peligro en muchos casos.

Es, nuevamente, una guerra con causas tan variadas que es difícil ver su convergencia.

Los 5 muertos y 7 heridos de Dallas fueron víctimas de un hombre entrenado en nuestro ejército, una fuerza armada en guerra continua desde el 2001, más prolongada que todas las guerras napoleónicas en conjunto… y no vemos su relación con la violencia en nuestras calles.

Es una violencia que enmarca nuestra elección con una señora que quiere que le crean, de candidatura incrédula a costa de la verdad, y un señor que excita con fábulas, de candidatura fabulosa a costa de la realidad.

Aguardan la elección preocupados por las formas en una guerra en la que interviene su carácter y el de nuestros congresistas. ¿Cambiarán? Lobo, ¿estás?

Juegan a la ronda mientras los lobos están aquí, absurdos como el adolescente que mató 26 niños en la primaria de Sandy Hook, el que destrozó la vida de Gabrielle Giffords, el que mató 9 en una iglesia y el joker que mató a 12 en un estreno de Batman, lobos tan absurdos que hacen más absurda la realidad… God Bless America, necesitamos su bendición.

Periodista, escritor y filósofo peruano.

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de julio de 2016, 0:34 p. m. with the headline "Nuestra guerra urbana."

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