Trump, el exterminador en esta fábula de roedores
Imaginemos que nuestra casa está infestada de ratas.
Muchas de las compañías exterminadoras nos venden un plan a largo plazo, sujeto a mensualidades que mutilan el presupuesto familiar. Sus representantes apenas consiguen disimular que su objetivo es acabar con las ratas de la manera más lenta y más cara.
Luego, acudimos a dos o tres selectas empresas que aseguran erradicar las ratas en unos pocos días. Sus relucientes equipos, el contundente diseño del logo, el funcional y elegante uniforme de sus operarios, anticipan el inmediato exterminio no sólo de las ratas sino también de termitas, mosquitos, ácaros y cucarachas. Pero, ay, el precio está muy por encima de nuestros bolsillos.
Enterados de nuestra desgracia, algunos vecinos pronostican el colateral daño ecológico a sus propiedades por fumigaciones y envenenamientos de roedores. Más de uno nos advierte que las ratas son seres vivos, con una sagrada función en la frágil cadena de la vida.
El tradicional recurso de comprar un gato termina siendo interpretado como un atavismo centroeuropeo que asigna a la mascota un degradante papel utilitario y perpetúa el destructivo dominio del macho humano sobre los reinos animales, vegetales y minerales, a la par que fomenta irresponsablemente el conflicto entre las especies.
Frustrados, cada día más irreverentes, los jóvenes comienzan a pensar en mudarse a un moderno apartamento. Al mismo tiempo, los mayores tratamos de adaptarnos con sicótica renuencia a las rutinas y necesidades de la plaga. No dejar comida destapada. Dormir con tapones para no escuchar el frenético trasiego en el ático. Limpiar todas las mañanas las minúsculas y contagiosas deposiciones en fregaderos, mesas, clósets.
Entonces, toca a la puerta un hombre campechano y directo. Las ratas, nos dice, desaparecerán en cuestión de minutos. Su talante no es el de un simple proveedor de servicios, sino el de un celoso purificador del ambiente. Sobre todo, nos habla con las palabras que ocultamos en el corazón. Si odiamos el color verde, nos dice que las ratas son verdes. Si odiamos el pescado, nos dice que las ratas tienen escamas, agallas y aletas.
De todas sus promesas, nos seduce principalmente el restablecimiento de la autoridad sobre nuestro hogar. Otra vez el orden. Otra vez la comodidad. Tan seguro está de no dejar rata con cabeza que ni siquiera pregunta por dónde entran ni por dónde salen, si grandes o pequeñas. Más que atacar a la rata que anida entre las paredes, este hombre ataca nuestro temor a la rata, nuestra incapacidad de llamar a la rata por su nombre.
Sin embargo, hay algunos detalles que nos inquietan. Con mucho tacto, embargados de esperanza, le hemos preguntado cuál es su método. Pero el hombre dice que no tiene método. ¿Cuál su experiencia? Pero el hombre dice que no tiene experiencia. ¿Cuál el precio? Pero el hombre dice que todavía no podemos fijar un precio.
Mordidos por la duda, nos asomamos a la ventana para apreciar sus equipos. Alguien que promete la permanente erradicación de las ratas ha de contar con los mejores equipos del mundo. Lo que vemos nos alarma. En lugar de laboriosas trampas, bidones de coloridos venenos, máquinas de radicales gases y paquetes de taimadas pastillitas que huelen a queso y saben a muerte, el hombre ha parqueado en nuestro jardín una rastra de 18 ruedas cargada de dinamita. Hasta el tope. De la rastra cuelga una corta mecha. Espantosamente corta.
La casa es Estados Unidos. Las ratas son la rugiente tormenta de inseguridades económicas, tensiones sociales, ambigüedades morales y corrupciones políticas y corporativas que nos quitan el sueño. Y el fulminante exterminador se llama Donald Trump.
Esta historia fue publicada originalmente el 21 de julio de 2016, 1:50 p. m. with the headline "Trump, el exterminador en esta fábula de roedores."