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Geriatría totalitaria

En la foto de despedida de la delegación cubana a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro hay un anciano que parece un espectro y contrasta notablemente con la juventud y lozanía de los deportistas. Se trata del llamado “Gallego Fernández”, a cargo del Comité Olímpico Cubano, quien se resiste a entregar la batuta a las nuevas generaciones, como tantos otros dirigentes históricos del régimen, los cuales siguen mangoneando al país a sangre y fuego.

Estos ancianos se han vuelto gruñones y voluntariosos. Andan recorriendo planes y proyectos de la fallida economía y son capaces de emitir opiniones que parecen generadas en otro planeta.

Uno de los más execrables, por sus turbios antecedentes como ministro del Interior, es Ramiro Valdés, quien todavía se presenta disfrazado de general aunque esté desempeñando una función civil, como para atemorizar a sus desprotegidos contertulios.

Recientemente el sitio Café Fuerte resumió una reunión que sostuviera el “comandante de la revolución” con funcionarios provinciales donde salieron a relucir las fallas del improcedente comercio oficial, en las antípodas de los esfuerzos que hacen los cuentapropistas por hacer realidad un mercado de oferta y demanda, como lo dicta la naturaleza humana, y no los experimentos fallidos del cada día más enclenque socialismo criollo.

Aquellos pobres diablos, sin recursos, ni poder, sufrieron, impertérritos, la andanada de regaños del octogenario represor: “Ustedes abusan de la población… Ustedes sirven a la población, no se sirven de ella, tú ves por ahí la gente al sol esperando a que el de adentro diga entren dos, o entren tres… No, así no es”.

Sin ápice de vergüenza, Valdés se disocia del desbarajuste, sin remedio, provocado por la camarilla a la cual pertenece, y se atreve hasta emprenderla contra uno de los pocos “logros” de la revolución, las colas interminables para suplir cualquier necesidad: “Estudien el tema de las colas y quiten las colas y que la gente entre [a los lugares de compra]”.

Un país de jóvenes sin oportunidades, desesperados por fugarse a como dé lugar, y de personas mayores malviviendo de míseros retiros, gobernados por una cofradía anquilosada que tiene planes muy remotos de jubilación, deviene verdadera encerrona para quienes quieran progresar o vivir los últimos años de su vida en un ambiente de humilde decencia.

La geriatría represora que se hace de la vista gorda con las crisis migratorias provocadas en zonas diversas de América Latina alienta, de alguna manera, estas escapatorias desesperadas para probar su tesis de que son las leyes de Estados Unidos las causantes de tal desmadre internacional al darle acogida a los viajeros, que anhelan llegar a la frontera de las posibilidades reales.

Es el mismo círculo siniestro de vetustos personajes que ordenan palizas y detenciones a quienes disienten públicamente, y organizan actos de repudio de “pueblo enardecido” con pioneritos de rostros taciturnos rasgando, de manera airada, copias de la Declaración Universal de Derechos Humanos, repartidas por los opositores.

Son vejestorios que no lo piensan dos veces para hacer trastabillar a otros congéneres de similar edad, cuando ya han perdido su valor de uso, como parece haberle ocurrido al historiador de la ciudad Eusebio Leal, destronado de sus lucrativos negocios por órdenes de los mismos amos que antes aduló hasta la repugnancia.

Al igual que en la canción de Pedro Luis Ferrer -Abuelo Paco-, estos longevos majaderos de la nomenclatura castrista construyeron la casa embrujada de la revolución y “para mover un alpiste hay que pedirles permiso”. Pero, sobre todo, vale la pena repetir con el texto de la trova que mientras tengan, como Paco, un fusil y un cuchillo “ofrecen peligro”.

Crítico y periodista cultural

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de agosto de 2016 a las 6:57 p. m. con el titular "Geriatría totalitaria."

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