Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: Una revolución deshumanizante

En el Miami cubano, el pasado nunca está demasiado lejos.

Una de las historias más agudas que mi madre me contaba sobre nuestra vida en la Cuba de los años 60 comienza estando ella en una cola frente a la bodega de nuestro vecindario en la ciudad de Matanzas.

A cada familia le correspondía, por la libreta de racionamiento, un cuarto de un pan por miembro del núcleo familiar. Éramos cuatro: mi madre, mi padre, mi hermano y yo. Y así era como el bodeguero procedía a servir la orden.

Pero una mujer salió de su lugar en la cola y le impidió hacerlo.

Mi madre sólo tenía derecho a tres pedazos, reclamó ella, porque mi padre había sido enviado a trabajar en la agricultura como castigo por declarar su intención de emigrar y no estaba en la casa para consumir su ración.

La mujer exigió que el bodeguero eliminara la ración de mi padre o ella lo denunciaría al Comité de Defensa de la Revolución por ser amigo de traidores.

Fue en esos pequeños momentos deshumanizadores y con la complicidad de vecinos — gente que lo había conocido a uno toda la vida — que Fidel Castro solidificó su poder. Mediante ocasiones que se han venido repitiendo — décadas diferentes, nuevos personajes, idénticos métodos — que su hermano Raúl y él han perpetuado su dictadura dinástica.

Es casi imposible escuchar la historia de mi madre sobre el pedazo de pan sin que un sentido de desesperanza se apodere de mí. Y ahora, en medio de una posible perspectiva de cambios que devuelven algo de esperanza, un vergonzoso video filmado en La Habana nos lleva atrás a ese sentimiento con una fuerza malvada. El video, que está circulando en Miami y entre la diáspora cubana, muestra a un grupo de las Damas de Blanco gritando improperios y escenificando un acto de repudio contra una de las fundadoras, que ahora ha quedado marginada.

“¡Traidora, traidora!” le gritaban. “No te queremos escuchar”.

La repugnante conducta de las Damas de Blanco, que han mostrado tanta valentía en otras situaciones y que fueron recibidas con tanto cariño en la Torre de la Libertad en Miami, es lo que uno llamaría la obra del mismísimo diablo. O tal vez no sea más que otra instancia de nuestro defecto nacional que el difunto dramaturgo cubano René Ariza definió con tanta perfección hace algunos años en el documental “Conducta Impropia”: “Hay que vigilarse el Castro que cada uno lleva dentro”.

Igual que muchos otros aquí, estoy teniendo dificultades para entender la razón por la que la líder de las Damas de Blanco, Berta Soler, permitiría, y mucho menos alentaría, semejante protesta cargada de ira contra la presencia de la miembro fundadora Alejandrina García de la Riva en la sede de las Damas, situada en lo que fue el hogar de la difunta fundadora Laura Pollán. Soler admitió que había tenido una disputa con García sobre la dirección del grupo. Otros dicen que la ruptura había sido por cuestiones de dinero.

Qué triste.

Estas valientes mujeres se ganaron el respeto del mundo por sus marchas pacíficas y silentes en La Habana, armadas únicamente de gladiolos y de principios de derechos humanos, para probar que sus disidentes esposos, padres, hijos y hermanos no pertenecían en la cárcel.

Su desintegración es dolorosa.

No existe decreto presidencial, ni acuerdo bilateral ni distensión política que transforme a Cuba en algo mejor hasta que termine la indigna lucha por ese metafórico pedazo de pan. En un país con una fea historia y un futuro frágil, lo último que los disidentes necesitan es estar a las greñas unos con otros utilizando los mismos horribles métodos de la dictadura.

Es como si la intolerancia fuera nuestro único destino, y el pasado nunca nos sirviera de lección y estuviera siempre acechando, listo para regresar.

Cuando llamé a mi madre en el momento que estaba escribiendo esto para repasar en mi mente los detalles, no vaciló en repetirme una vez más el cuento de la mujer que trató de quitarnos un pedazo de pan en nombre de la revolución.

“Ah sí, Carmen” me dijo mi madre. “Era mi mejor amiga”. Ellas dos iban a fiestas y lugares juntas antes de la revolución, la única amiga entre todas las demás en quien mi abuela confiaba.

Me di cuenta entonces de que había eliminado aquella amistad de mi recuerdo del incidente del pan. La había recortado, como si al borrarla pudiera eliminar el dolor de la infame herida, en nombre de todos nosotros.

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