Todos tienen derecho a su opinión, y yo también
Para abochornarme en los medios sociales, una partidaria de Donald Trump que confiesa que su corazón está lleno de odio hacia mis opiniones trajo a colación a mi difunto padre en la histeria de las elecciones presidenciales en Miami.
La única razón por la que esta desconocida tiene alguna idea de la existencia de mi humilde padre, trabajador de factoría, es que a veces he evocado su recuerdo en mis columnas más inspiradas, pues él es mi musa, mi Cuba, la segunda de mis grandes pérdidas. El era el dictador de casa que me quería, un exiliado cuyo corazón estaba roto por la destrucción de sus sueños de juventud. Murió en el 2012, casi a los 89 años, en su casa de Miami, rodeado por la mayor de las riquezas: varias generaciones de su familia que entonces estaba regada por todo el país.
Tengo que pedir perdón a mi padre y a su memoria, alega esta partidaria cubanoamericana de Trump, por el pecado de escribir columnas de opinión sobre el apoyo incongruente de algunos exiliados cubanos a su candidato. El nominado republicano se ha presentado a sí mismo como un demagogo misógino, racista y desquiciado. Hasta generales y jefes de inteligencia republicanos piensan que es el candidato más peligroso que se haya postulado al cargo más importante del país en su historia.
Pero… ¿cómo es posible que me atreva a opinar que los exiliados cubanos no deben apoyarlo?
Me sería muy fácil contestar: ¿cómo se atreve ella a ser tan grosera y tan vulgar como para meter a los parientes difuntos de alguien en su agenda política? Pero ella tiene derecho a su opinión, no importa cuán desagradable y de mal gusto sea; y yo estoy aquí para defender su derecho a expresarla. Eso es lo que me diferencia de los partidarios de Trump que se han dedicado a acosar a los periodistas con un mismo propósito: intimidarnos y silenciarnos.
Y es por eso que estoy escribiendo sobre esta preocupante característica de los partidarios de Donald Trump que me he encontrado, no importa cuál sea su clase social, origen geográfico o temperamento. En algún momento, lo mismo airada que cortésmente, pronuncian el mismo mensaje: ¿cómo te atreves a escribir esto? ¿quién te da ese derecho?
Es como si nunca hubieran oído hablar de la Primera Enmienda o nunca hubieran vivido en una sociedad libre.
Esa es la parte que más aterra de una presidencia de Donald Trump.
El candidato republicano y muchos de sus partidarios no creen en el basamento constitucional de este país.
Consideran ofensivo y reprensible el valor más apreciado y sagrado de los estadounidenses, la libertad de expresar opiniones que pudieran molestar a otros. Y han puesto sus esperanzas en esta figura autoritaria y patriarcal que presume de gran riqueza para que cambie las cosas a como a ellos les gustan. Son sordos a su amenaza de que no aceptará los resultados de las elecciones si no gana. Desestabilizar el país no importa, porque Papá Trump “devolverá la grandeza a Estados Unidos”.
¿Que por qué me atrevo a escribir esto?
Me atrevo porque mis padres sacrificaron todo lo que eran, todo lo que tenían en la tierra que no querían abandonar para que yo pudiera ser una mujer libre. Esa es la fuerza mayor que impulsa lo que escribo, y no le debo una disculpa a nadie, y mucho menos a los cubanoamericanos que adoran a un tirano en ciernes y a un chusma en jefe, producto de un Partido Republicano que se degrada a sí mismo.
No tienen que preocuparse por mi padre. Si él estuviera vivo, nuestras conversaciones serían tan épicas como siempre, sin importar el tema. Escuchándolo, debatiendo con él, me hice mejor periodista. No hay duda de que él, como muchos republicanos, seguiría fiel al partido. No hay duda de que le discutiría todos los temas de importancia y le diría, una vez más, que su lugar en el espectro político estaba a la derecha de Ronald Reagan, su presidente estadounidense favorito. Seguramente nos separaríamos molestos y exhaustos, pero al día siguiente me diría que probablemente yo tenía razón por principio, y me reprocharía por no ser abogada y republicana.
Pero él no soportaba a los “líderes” autodesignados del exilio que imponían sus opiniones a los demás.
Una vez, su hermana llamó desde Cuba como solo se podía hacer en esos tiempos, a cobrar aquí. Había estado escuchando una estación radial cubana de Miami y yo era el tema de la ira del comentarista. Su hermana se preocupó. No entendía.
“Ay, ¿qué están diciendo de mi sobrina en la radio cubana? ¿Qué pasó?”
El “pecado”que yo había cometido era referirme a un locutor como “el decano de la radio cubana” en una pequeña historia publicada en el Herald que molestó a los competidores, quienes criticaron gratuitamente al periódico y a mí. La radio cubana parecía mantener la ciudad cautiva con esas diatribas. La gente la temía. Dirigían campañas y convocaban a boicots.
Mi padre, que escuchaba mucho esa radio, le contestó a su hermana: “¿Por esa basura me haces gastar dinero?” Y le colgó. Me quedé estupefacta y llamé a mi pobre tía, quien culpó al gobierno cubano por la mala conexión. A partir de entonces, mi padre casi no escuchó más la radio cubana.
Sin duda, cuando se trataba de mí, no tenía ojos para nadie más.
Y esta aberración de elecciones no sería diferente.
Sé que le costaría trabajo, pero seguramente seguiría el ejemplo de la familia Bush y sería parte del estimado 28 por ciento de los republicanos de la Florida que rechazan a Trump. Y llegaría a darse cuenta que la parte más siniestra de una presidencia de Donald Trump es la erosión del más preciado de los derechos: la libertad de expresión.
Y ciertamente estaría de acuerdo en que no tengo que disculparme por mis opiniones.
Fabiola Santiago: fsantiago@miamiherald.com, @fabiolasantiago
Esta historia fue publicada originalmente el 7 de noviembre de 2016, 4:07 p. m. with the headline "Todos tienen derecho a su opinión, y yo también."