Fabiola Santiago

Proyecto migratorio de Trump busca ‘Hacer a América blanca de nuevo’ y que sólo hable inglés

El asesor presidencial Stephen Miller habla con reporteros sobre un proyecto de ley para restringir la inmigración legal, respaldado por el presidente Donald Trump.
El asesor presidencial Stephen Miller habla con reporteros sobre un proyecto de ley para restringir la inmigración legal, respaldado por el presidente Donald Trump. Getty Images

Bajo el proyecto de ley de inmigración del presidente Donald Trump, el Miami que conocemos hoy día no existiría. Una ciudad vibrante que se considera un claro ejemplo de lo que pueden lograr los refugiados e inmigrantes de todas partes de América, no es suficiente para su idílica visión de Estados Unidos.

De hecho, la idea de la reforma del presidente Trump les cierra las puertas a personas como los propios cubanoamericanos que votaron por él y siempre han afirmado con orgullo que llegaron al país sin un centavo y sin hablar mucho inglés, y que con mucho trabajo y sacrificio alcanzaron el Sueño Americano.

Lo mismo ocurre con otros de los partidarios latinos y haitianos de Trump, pequeños en cifras, pero igual de tercos en su respaldo a un presidente cuya agenda blanca-supremacista, y antiinmigrante sigue siendo una cachetada en la cara de un país diverso y una verdadera afrenta a los valores con que se fundó la nación.

Pero, ¿qué se puede esperar de una administración que separa a niños estadounidenses de sus padres, deporta a jóvenes que han vivido en el país la mayor parte de sus vidas, y lanza una iniciativa que evidentemente tiene como blanco a las minorías?

La Ley Raise reduciría la inmigración legal en un 50% en los próximos 10 años, le cerraría las puertas a las personas que no hablan inglés a su llegada al país, y les daría prioridad a las habilidades por encima de la reunificación familiar, abandonando así la sacrosanta y humanitaria política migratoria de Estados Unidos.

El presidente podría también perfectamente desmontar la Estatua de la Libertad, y devólversela a Francia.

En vez de “levantar” nada, lo que el plan de Trump busca es cambiar el rostro racial y étnico de un país demográficamente diverso y escribir un nuevo discurso sobre quiénes somos y qué defendemos.

Para utilizar sus propias palabras, Trump quiere que Estados Unidos sea blanco otra vez y monolingüe. Después de un largo camino, contempla poner en vigor una política supremacista en solo ocho meses de gobierno.

¿Y quién mejor para promover esta política de inmigración que el asesor de la Casa Blanca Stephen Miller, quien se sabe detesta a los latinos desde sus años escolares en California?

Miller se divirtió enormemente la semana pasada cuando defendió la Ley Raise ante la prensa, con un lenguaje corporal que exudaba palabras pomposas y una indignación falsa.

Según Miller, la Estatua de la Libertad tiene poco que ver con la inmigración. Solo es un “símbolo de la libertad americana que alumbra el mundo”, dijo, y el poema The New Colossus que escribió Emma Lazarus no forma parte de la instalación original.

Se trata de volver a escribir la identidad, el tema de discusión para justificar lo injustificable de la misma gente que provocó los ataques contra los inmigrantes mexicanos y el respaldo a levantar un muro en la frontera, no a lo largo de la blanca, francesa e inglesa Canadá, sino para rechazar a mexicanos oscuros que solo hablan español.

Y así llegamos a la segunda parte del proyecto de ley que contempla que solo se hable inglés. No tenía la menor idea de que a mi querido idioma inglés le hiciera falta una urgente preservación para salvarlo de la extinción. Esta exigencia no hace más que revelar un motivo. Trump y su camarilla están apelando a los estadounidenses resentidos por hablar solo un idioma. Se sienten amenazados por el talento de otros. Les falta curiosidad de conocer lo vasto y diverso que es el mundo real y se aferran a su narrativa nativista como un pequeño que no puede soltar su frazada.

Miller es el mejor ejemplo de este tipo de estadounidense. Es comprensible que un presidente que prefiere conseguir sus esposas en Europa Oriental haya puesto las leyes de inmigración en manos de este idiota petulante. Una visita a un buen psicólogo podría solucionar esos resentimientos y molestias con mejores posibilidades de éxito.

El pueblo estadounidense no vive en una burbuja segura entre majestuosas montañas y océanos con espumas blancas. En una economía global e hiperconectada, donde lo internacional es local, las personas multilingües son un valor económico para el país, por no decir para su seguridad.

Uno de los mitos que a los xenófobos les gusta propagar es que los inmigrantes no están dispuestos a aprender inglés. Sin embargo, la única razón por la que no lo hacen con suficiente rapidez como para complacer a los nacidos en Estados Unidos es la misma por la que los estadounidenses no aprenden otra lengua como ocurre en otros países desarrollados: largas horas de trabajo y un sinfín de obligaciones.

Lejos de darnos una ventaja competitiva en el siglo XXI, con esta medida lo que Trump hace es cuestionar el papel que desempeña Estados Unidos a nivel mundial. Internamente, fomenta las divisiones, y crea una nueva clase de ciudadano que se siente rechazado y poco querido.

Algo, sin embargo, es seguro: este proyecto de ley afirma el estatus de Trump como un presidente que está en contra de la inmigración.

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