Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: Desavenencias matrimoniales

Si Cuba y Estados Unidos fueran una pareja recibiendo terapia matrimonial, a estas alturas el terapeuta habría llegado a la conclusión de que esta unión no tiene remedio.

Es casi imposible negociar la coexistencia — ya sea en un matrimonio o en una relación diplomática — cuando una de las partes simplemente no está interesada en la relación.

Casi cuatro meses después de que el presidente Barack Obama le extendió una rama de olivo al líder cubano Raúl Castro, está resultando claro para algunos de nosotros que el gobierno cubano no desea una relación substancial con Estados Unidos. Tampoco está la dictadura interesada en tener turistas y comerciantes estadounidenses deambulando por su feudo como si Cuba fuera una nación libre.

Si los cubanos estuvieran dispuestos, ya se habría logrado bastante progreso, después de tres rondas de conversaciones, para al menos ver algún movimiento hacia la apertura de embajadas en ambos países. En cambio, lo que ha habido es habladuría diplomática reciclada acerca de deseos y obstáculos, y sobre lo difícil que es reparar una relación que ha estado rota tanto tiempo. Lo que no se ha dicho, sin embargo, es que las negociaciones no han logrado acercar más a los dos países.

“Esta no es una carrera rápida de 100 metros sino un maratón”, me alertó un observador de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba después del anuncio de Obama el 17 de diciembre de que Estados Unidos desea reconciliarse con Cuba tras cinco décadas de aislamiento.

Esto es cierto. Nadie esperaba el éxito de la noche a la mañana.

Pero tras una ronda y otra se va haciendo evidente de que mientras prácticamente en casi todos los sectores de Estados Unidos existe un creciente apoyo y entusiasmo hacia las conversaciones, el gobierno cubano se presenta más y más renuente a negociar algo sustancial.

La administración de Obama ha sido indulgente hacia los diplomáticos cubanos en torno a tópicos deseados de conversación, incluyendo el risible caso de regañar al gobierno de Estados Unidos por la reciente ola de policías blancos disparándoles a hombres negros desarmados. El gobierno cubano sabe bien que las injusticias en este país se ventilan públicamente, si no por el propio gobierno, en los medios de prensa. Y también conocen el derecho que tiene cada ciudadano de protestar, amparado por la ley, ante el gobierno.

Los cubanos no disfrutan de ninguno de esos derechos.

En la última ronda de reuniones sobre temas de derechos humanos la semana pasada en Washington se les dio a los cubanos amplio espacio para presentar su caso contra Estados Unidos, mientras sus homólogos diplomáticos estadounidenses escuchaban pacientemente. (Lo cual, en mi opinión, hace a estos últimos buenos candidatos para su canonización.)

“Profesional” fue la manera que el Departamento de Estado describió la reunión. No se llegó a ningún acuerdo específico, pero hubo “un amplio acuerdo sobre el camino hacia un futuro diálogo sustantivo”.

Traducción: Nada concreto se ha logrado.

Entretanto, en los medios sociales no transcurre un solo día sin que alguien publique fotos de un viaje a Cuba.

Y en el más reciente giro raro en un país donde apenas existe acceso general a la internet, surgió un enorme entusiasmo sobre el anuncio de la firma Airbnb, basada en San Francisco, sobre la inclusión en sus listados internacionales de residencias privadas en Cuba. No deben de haber recibido el memorándum de que el gobierno cubano sólo desea turistas estadounidenses en excursiones, gente que ellos pre-aprueben y cuya agenda puedan controlar hasta el detalle de dónde cenarán.

Qué fascinante es observar toda esta danza. Es como un terapeuta tratando de desenmarañar el destino de un insular y estrambótico matrimonio.

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