Fabiola Santiago

Diga su nombre, señor presidente

El sargento La David T. Johnson, de 25 años, quien murió el 4 de octubre del 2017 durante una emboscada en el suroeste de Níger.
El sargento La David T. Johnson, de 25 años, quien murió el 4 de octubre del 2017 durante una emboscada en el suroeste de Níger. AFP/Getty Images

Todo siempre tiene que ver con él.

Su ego, no la nación, es la prioridad del presidente Donald Trump.

Si algo probó la semana pasada, es que el papel del presidente a la hora de consolar a las familias de los caídos en combate no está hecho para un hombre con tantos problemas emocionales.

El presidente Trump no entiende. Ni siquiera puede hacer una llamada de condolencia a una viuda embarazada y decirle palabras amables que la consuelen. No puede mostrar la empatía que merece un dolor tan grande.

No es compasivo.

No puede mostrar, Dios lo libre, un poco de humildad.

No puede comportarte con la dignidad y el tacto que exige la presidencia.

Durante los últimos 10 meses, ha mostrado que es un pésimo comandante en jefe.

Su infamia más reciente comenzó con la gran mentira de que el presidente Barack Obama —quien según las versiones de aquellos que tocó con sus palabras tiene toda la clase que le falta a Trump— no llamó a los familiares de hombres y mujeres militares caídos en combate.

Detrás de las mentiras de Trump siempre hay una agenda, algunas veces oculta, otras a la vista.

En el caso de la mentira sobre Obama, la agenda fue que él y su gobierno demoraron dos semanas en explicar cómo y por qué cuatro soldados estadounidenses murieron en Níger. Desplegados junto a cientos de otros soldados para ayudar a combatir el terrorismo, se informó a los militares que no iban a tener contacto con el enemigo, en lo que resultó una misión fatal para reunirse con líderes comunitarios.

Con muchas preguntas sin contestar, el presidente echó mano a la mentira sobre Obama para excusar su propia conducta. Ni siquiera pensó en llamar a los familiares de los fallecidos. Y entonces empezó lo peor.

En vez de rendir homenaje a los soldados muertos destacando sus vidas y lo que el país perdió —eran hombres verdaderamente ejemplares— Trump provocó aún más dolor, especialmente en una familia de Miami Gardens.

Diga su nombre, señor presidente: Sargento La David Johnson.

Padre. Esposo, Hijo. Hermano. Sobrino.

Él murió como un héroe combatiendo el terrorismo con las fuerzas especiales de Estados Unidos en África, y ahora la nación lo conoce. Era muy querido en su comunidad. En su vecindario y en los medios sociales le decían “Willie King 305” por la manera en que montaba una bicicleta de una sola rueda que él mismo creó.

Tenía 25 años. Le prometió a su esposa que regresaría sano y salvo. Los militares demoraron dos días en recuperar su cadáver.

Diga el nombre de su viuda, Myeshia, señor presidente. Él tenía el nombre de ella tatuado en el pecho.

Ella no es “la mujer”, como Trump la ha llamado al decir que no hizo comentarios irrespetuosos a la esposa de este héroe caído cuando ella se preparaba para recibir el ataúd cubierto por la bandera norteamericana en el Aeropuerto Internacional de Miami.

No, la legisladora Frederica Wilson, demócrata por Miami quien estaba en el auto con Myeshia y escuchó parte de la llamada por el altoparlante del teléfono, no mintió cuando afirmó que Trump le dijo a la joven viuda que su esposo sabía “a lo que podía esperarle”. Como si hubiera muerto por su propia culpa. Wilson tampoco tergiversó el comentario que siguió a la falta de decencia, otro comentario torpe de Trump en el sentido de que la muerte del esposo de Myeshia debe doler.

Y mientras persiste en defender lo indefendible, Trump echa mano a la misma clase de conversación insensible que usó cuando llamó por teléfono a Myeshia, lo deshonra y deshumaniza más todavía a una familia de luto. Trump alega que todo es está “fabricado” por razones políticas, pero la familia declaró al Washington Post que se sintió ofendida por el presidente. Yo les creo.

De cualquier manera que se mire, el presidente Trump metió la pata en la llamada a Myeshia Johnson, que tiene seis meses de embarazo con el tercer hijo de la pareja.

El escándalo y sus repercusiones no son una controversia política. Son otro momento bajo que saca a relucir una vez más la falta de decencia humana básica del presidente.

Sus faltas son un impedimento suficiente a su liderazgo y el ejercicio de las responsabilidades de la presidencia. Peor aún, Trump no se molesta en aprender. Lo que ve en el espejo es perfecto. No le interesa aprender a desarrollar compasión, humildad, dignidad y tacto. Eso, en su mente torcida, es una señal de debilidad.

La familia Johnson merece algo mejor que mentiras y enredos de un presidente incapaz de ponerse en sus zapatos y sentir lo que sienten ellos.

“Él no se alistó para morir, se alistó para servir”, le dijo Wilson al Miami Herald.

Johnson merece un adiós de héroe en su comunidad.

Pero como si el espectáculo de Trump no fuera lo suficientemente degradante, sus partidarios locales se apresuran a defenderlo, como hicieron durante la campaña, cuando Trump ofendió a mujeres, mexicanos, musulmanes, y durante los últimos 10 meses, cuando ha dicho una mentira desvergonzada tras otra.

En medio de la controversia por la llamada telefónica, estas personas hicieron circular en los medios sociales citas falsas favorables a Trump que alegan son de la llamada telefónica, que no fue grabada. Se burlaron de los sombreros característicos de la legisladora e impugnaron su derecho a ponérselos. Pero no dijeron una palabra sobre el héroe caído.

Eso no es patriotismo.

Es complicidad con el Mentiroso en Jefe de la Casa Blanca.

Y pero aún en momentos que la comunidad llora la pérdida de un hombre valiente, trabajador y amoroso llamado La David Johnson, un patriota. Tampoco dijeron nada de sus hijos de 2 y 6 años. Él había prometido regresar.

Fabiola Santiago: fsantiago@miamiherald.com, @fabiolasantiago

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