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Fabiola Santiago

Cuba no se abre a los viajes de los cubanoamericanos

El canciller cubano Bruno Rodríguez se dirige a la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, el 22 de septiembre de 2017.
El canciller cubano Bruno Rodríguez se dirige a la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, el 22 de septiembre de 2017. TNS

Cuando el anuncio del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba me llegó por Twitter, estaba yo lo más lejos de Miami que se puede estar culturalmente, lo que significa que andaba relajada y desconectada de temas políticos.

“El gobierno de Estados Unidos cierra y Cuba abre”, decía el anuncio en palabras del canciller Bruno Rodríguez sobre nuevas reglas de viaje para facilitar el regreso a su patria a los nacidos en Cuba que viven en otros países, los cubanoamericanos y sus hijos nacidos fuera de la isla.

El corazón me saltó en el pecho.

¿Significa eso que ya no necesito permiso del gobierno cubano para visitar el país donde nací?

¿O significa que ahora, como cualquier ciudadano estadounidense con pasaporte, puedo contar con que cuando una aerolínea o línea de crucero me dé una visa para visitar Cuba me van a permitir entrar? ¿Y no me nieguen la entrada, como le ha pasado a algunos cubanoamericanos que han perdido miles de dólares al pagar por viajes a aerolíneas y líneas de crucero que no llegan a realizar y por los cuales las tarjetas de crédito no les reembolsan? Todo porque, aun con la visa en la mano, Cuba les ha negado a estos cubanoamericanos la entrada al llegar a sus puertos y aeropuertos.

Si fuera el caso que Cuba realmente se abre, entonces la decisión de Cuba de liberalizar los viajes sería algo brillante en esta era de Trump, y ciertamente algo que debió suceder hace muchos años. El acercamiento de Obama en el 2014, no importa lo histórico que fuese, parecía beneficiar más a los intereses de Estados Unidos, dejando fuera del juego lo que debería ser una parte importante de la ecuación: la restauración de los derechos de los cubanoamericanos de regresar a su patria.

Pero, oh, qué esperanza absurda late en el corazón de nosotros los cubanoamericanos que esperamos el día en que una política de sentido común y el respeto a los derechos humanos básicos reemplace esta pesadilla de 59 años que es el gobierno represivo de los hermanos Castro.

Al momento que Cuba comenzó a detallar las nuevas reglas, me di cuenta que es mejor que controlemos nuestro entusiasmo. Como dijo un colega, estas medidas son “del lobo, un pelo”.

No logro ver cómo las nuevas reglas tienen por fin alentar los viajes de los cubanoamericanos a la isla. Nada ha cambiado para los cubanos como yo que nos fuimos antes de 1971. Yo puedo viajar con mi pasaporte estadounidense, pero todavía necesito un permiso especial del gobierno cubano, que se reserva el derecho de negarme la entrada. Para un estadounidense, una visa significa garantía de entrada. Pero como mi pasaporte estadounidense dice que nací en Cuba, quedo sujeta a un trato arbitrario. Es aún peor para los que salieron después de 1971 y a estas alturas todavía tiene que viajar con un costosísimo pasaporte cubano aunque son ciudadanos norteamericanos.

La mayoría de las nuevas reglas están dirigidas a otra clase de cubano, los emigrados más recientes, que ahora se pueden ahorrar el sello de “habilitación” de su pasaporte, que cuesta $25, pero que todavía tiene que pagar la friolera de $160 para mantener su pasaporte cubano actualizado cada dos años, y que puede solicitar la ciudadanía cubana para sus hijos nacidos en otros países. El asunto de la habilitación es un beneficio burocrático menor resultado de la reducción del personal de las embajadas en Cuba y Estados Unidos después de los ataques sónicos a diplomáticos estadounidenses en La Habana. En lo relativo a la eliminación del período de espera de ocho años para los que se marcharon ilegalmente de la isla, eso no significa mucho en la práctica. La gran mayoría de los cubanos que llegaron a Estados Unidos por mar, después de recorrer medio mundo a pie o se quedaron tras vencer sus visas —y quieren visitar— regresan a Cuba después que han estado en Estados Unidos el año y un día que exige la Ley de Ajuste Cubano. Los que no pueden —médicos, diplomáticos y atletas que abandonaron sus misiones en el extranjero— siguen exentos de ese beneficio.

Quizás el cambio más significativo es que Cuba define finalmente por escrito lo que ha permitido calladamente desde hace años antes de la llegada de Trump a la presidencia: embarcaciones norteamericanas de recreación que hacen escala en la Marina Hemingway de La Habana y la Marina Gaviota de Varadero, Matanzas. Dueños acaudalados de embarcaciones en el sur de la Florida, entre ellos varios cubanoamericanos republicanos, me han dicho que han llegado a la Marina Hemingway y han sido bien recibidos. La revista Southern Boating, en su edición del Miami Boat Show en febrero, publicó el artículo Cuba’s Unspoiled Wilderness [La naturaleza virgen de Cuba] sobre viajar a Cuba por mar.

Todo esto hace que de cierta manera, las nuevas reglas del gobierno cubano se parecen mucho a la confusa política de Trump sobre Cuba: mucho ruido y poca acción.

Trump hizo una exención en su ofensiva a líneas de crucero y aerolíneas, la forma de viajar más frívola, que siguen llevando turistas estadounidenses a Cuba. Que sigan disfrutando del ron y los tabacos cubanos mientras que los viajes sean “educativos”, a la vez que dificulta los viajes independientes que realmente tienen más impacto en las relaciones de pueblo a pueblo.

Rodríguez exagera cuando dice que Cuba defiende ante Trump el derecho de los cubanos “a visitar este país, a visitar a sus familiares y a la reunificación familiar”, cuando en realidad es el gobierno cubano el que nos ha mantenido separados todos estos años.

A pesar de este danzón bilateral en las políticas de viaje, Trump no ha cerrado completamente el acceso a Cuba, y Cuba no se ha abierto completamente a los cubanoamericanos.

Las cosas no han cambiado mucho entre estos archienemigos, y a ninguno de los dos gobiernos les importa un pepino el pueblo cubano, ni en la isla ni en la diáspora.

Esta historia fue publicada originalmente el 6 de noviembre de 2017, 3:52 p. m. with the headline "Cuba no se abre a los viajes de los cubanoamericanos."

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