Fabiola Santiago

Una llamada de auxilio

Una frase atrajo inmediatamente mi atención en su biografía como figura que ha desbrozado caminos para otros: Marta Weeks-Wulf fue la primera mujer que encabezó la Junta Fiduciaria de la Universidad de Miami, a la cual ha pertenecido y apoyado desde 1983.

Cuando mencionó esto, la filantrópa y conservacionista de 84 años –sentada a la mesa frente a mí–, vistiendo una alegre blusa anaranjada, me dice que no ha estado activa en la junta hace varios años.

Tal vez esto explica, en parte, lo inexplicable: la controversial venta de la universidad de un terreno donde crece el pino roca (rock pine), que está en peligro de extinción, a un urbanizador del Condado Palm Beach que planea añadir a un tramo al sur de Miami-Dade que está ya más que urbanizado — no lejos de donde estamos ahora en un área frondosa de Palmetto Bay — 900 apartamentos, una tienda Walmart y otros comercios más.

La universidad recibió $22.1 millones pero perdió una dosis considerable de respeto de indignados ex alumnos, ambientalistas y simples ciudadanos que se preocupan por el uso de los terrenos. El trato está aún bajo escrutinio y bajo nuevas investigaciones del Servicio Federal de Pesca y Vida Silvestre enfocadas en flores en peligro de extinción que podrían existir allí.

“Leí algo acerca de eso”, me dice Weeks-Wulf, “pero no recuerdo los detalles”.

Capto la señal diplomática de apartarme de este amargo tema. Después de todo estoy aquí para conocer a esta extraordinaria mujer y celebrar su más reciente acto de filantropía: uno de tantos regalos que ella le ha hecho a las artes, la educación y la causa de la conservación ambiental.

En estos tiempos de bonanza, Weeks-Wulf podría haber ganado millones de dólares en la venta de su hacienda de Old Cutler Road, una innovadora y robusta casa de eficiencia energética construida en 1982 en 8.7 acres de terreno, en peligro de extinción ambiental, que su difunto esposo, el geólogo de petróleo L. Austin Weeks, y ella mantuvieron con tanto amor durante décadas.

Sin embargo, en lugar de venderla, la mecenas retirada y vuelta a casar tomó una decisión rara.

Regaló la casa de 10,500-pies-cuadrados y todo los terrenos colindantes a uno de sus vecinos — la Fundación de la Herencia Deering, administradores de la Herencia Deering en Cutler, una preservación ambiental, arqueológica e histórica que reúne siete hábitats nativos de la Florida.

El terreno de Weeks-Wulf al cruzar la calle de Deering es un tesoro geológico: un impoluto bosque de árboles de nativa madera en peligro de extinción. La idea es establecer allí una estación de estudios ecológicos y de cultivos y, tal vez, utilizar la casa para recibir a científicos reconocidos globalmente.

Tomó “tiempo y talento” preservar el terreno de Weeks-Wulf, dice la directora de Deering, Jennifer Tisthammer, y agrega que cuando ella era una estudiante en la Universidad Internacional de la Florida estudió los esfuerzos de conservación de los Weeks como ejemplo de “una manera mejor” de tener éxito en ese campo.

Para Weeks-Wulf, cuya decisión de donar su hogar fue tan orgánica que no tiene palabras para explicar cómo evolucionó, el gesto es algo natural en ella. Es un renglón más en el currículum de logros de esta mujer graduada de Stanford, nacida en Buenos Aires de una familia de geólogos estadounidenses, viajera del mundo, ordenada como sacerdotisa episcopal de 62 años y autora de “Nuestro Señor fue bautizado: Reflexiones de una aventura espiritual”, una autobiografía humorística e inspiradora sobre cómo vivir una vida singular y aventurada.

Con su regalo, ella eleva el nivel de la filantropía a la vez que envía un fuerte mensaje — un ruego, en realidad — a una región que venera las ganancias monetarias de bienes raíces: Amad la tierra.

Salven lo poco que queda de ella en estado natural.

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