Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: Rubio contra la corriente

Podría haber sido, debería haber sido y habría sido un momento de orgullo para todos los cubanoamericanos ver a un hijo de Miami postularse a la presidencia de Estados Unidos.

Al fin y al cabo, el senador republicano Marco Rubio ciertamente recurrió a todos los recursos emocionales al escoger la histórica Torre de la Libertad, el sitio donde los refugiados cubanos fueron procesados durante los Vuelos de la Libertad, como estrado para su noticioso anuncio.

Sin embargo, en su ambiciosa búsqueda de ganarse el voto conservador anglo del centro de Estados Unidos, Rubio escogió — y trazó nuevamente en su discurso de campaña presidencial — un camino político que lo colocó en contra de la singularidad y el carácter progresista del sur de la Florida contemporánea.

No se trata de que Rubio sea republicano. Es que Rubio es un republicano ultra conservador que llegó a una posición de poder tras aceptar la ideología derechista del Tea Party con una avidez evangélica. Como decimos en inglés y español, es más papista que el papa. Sólo su colega de Texas y rival para la nominación republicana, el senador Ted Cruz, es más extremista en sus puntos de vista. Ambos son malas opciones para el Partido Republicano si lo que buscan es alcanzar la presidencia en un país que atraviesa un cambio demográfico.

A la edad de 43 años, Rubio tal vez sea el candidato más joven en cuanto a la edad, pero su plataforma política y sus ideas son anticuadas y reaccionarias.

Este joven político, que niega la existencia de cambios climáticos y que aspira a ser un líder mundial, ni siquiera mencionó uno de los temas más importantes que enfrentan las comunidades a través del planeta y que ya afecta a la comunidad de quienes comparten sus propias raíces. En cambio, no vaciló en mencionar el tema paternalista que lo descalifica entre las mujeres votantes como un buen candidato para cualquier cargo, mucho menos la presidencia: el derecho de las mujeres de tomar sus propias decisiones sobre su salud reproductiva.

No hemos librado batallas contra el sexismo durante toda nuestra vida para venir a apoyar a trogloditas republicanos como Rubio, quien insiste en seguir atacando la decisión histórica de Roe vs. Wade y quien, si resulta electo presidente, tendrá la oportunidad de nombrar a jueces federales con mentalidades similares.

Rubio alega que es la alternativa joven y que, en el caso de los demás candidatos, “muchas de sus ideas están estancadas en el siglo 20”. Pero es él quien está aferrado al pasado.

En política exterior, él es un regreso a los años militaristas de Bush y Cheney que, en vez de fomentar la paz en el Oriente Medio, nos trajeron una guerra interminable que casi llevó a este país a la bancarrota, ha costado miles de vidas de jóvenes estadounidenses y ha engendrado un nuevo grupo terrorista, ISIS.

Es también un regreso a la época en que las mujeres y los afro-americanos tuvieron que luchar por sus derechos, su dignidad y la “oportunidad” que, según Rubio, todos han vivido en este país excepcional durante los dos últimos siglos. A él se le olvidó que los negros tuvieron que librar una lucha frontal en los años sesenta para ganarse el derecho de que se les trate como seres humanos. Que triste y vergonzoso es que su única mención de los afro-americanos fue por la contribución que hicieron como “ex esclavos” a la edificación de la nación.

Rubio puede haber estado tratando de conjurar el espíritu del venerado republicano Abraham Lincoln, de cuyo asesinato se cumplieron 150 años recientemente, pero su mensaje no produjo el efecto esperado.

Una candidatura presidencial debe estar hecha de mucho más que clichés alentadores que explotan las inseguridades y la nostalgia de orgullosos estadounidenses. Ha de requerir mucho más que ser simplemente una versión republicana conservadora de su peor enemigo, el presidente Barack Obama, quien se elevó de un tercer año en su escaño senatorial a la presidencia y cuyos pasos hacia la Casa Blanca Rubio está irónicamente tratando de seguir. Los votantes entonces estuvieron dispuestos a arriesgarse con el joven senador de Illinois porque ofrecía ideas progresistas y un cambio del estatus quo en Washington.

Obama ganó con el apoyo abrumador de los afro-americanos que salieron a votar en cifras sin precedentes, algo que Rubio no logrará replicar con los latinos, quienes se sienten traicionados en los temas de inmigración.

Cuando cedió ante los votantes conservadores anglos y abandonó la reforma migratoria, Rubio perdió el futuro.

Él podía haber tenido una posibilidad si hubiera usado su influencia para apoyar la reforma migratoria, convirtiéndose en el “Salvador republicano” que la revista Time demasiado prematuramente le atribuyó ser. En cambio, lo que optó por hacer fue atacar y amenazar con torpedear los esfuerzos del presidente de otorgarle algún alivio mediante una orden ejecutiva a los meritorios jóvenes DREAMers y sus familiares negándoles cualquier tipo de fondos federales.

Obama ganó la presidencia precisamente mediante la consolidación de la coalición de personas que no votarían por Rubio. Su candidatura es tóxica para el medio ambiente, dañina para las mujeres y los gays, y nada tiene que ofrecer a los afro-americanos y latinos.

A juzgar por su récord y su discurso, no hay nada fresco o nuevo que Rubio pueda traer a una plataforma del siglo 21, excepto su anticuada retórica y sus valores republicanos machistas.

Acaso la mayor prueba de lo desacertada que es la candidatura de Rubio es haber equivocado tan flagrantemente el significado que tiene la Torre de la Libertad para los cubanoamericanos.

No es, como dijo él en su discurso, “un símbolo de oportunidad”.

Para aquellos de nosotros que caminamos sus pasillos como exiliados políticos, la torre es un faro de refugio, un hito de una época en que Estados Unidos nos recibió con brazos abiertos y estatus legal.

No es nuestro Wall Street. Es nuestra Ellis Island.

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