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Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: La pena y la esperanza hicieron de mi padre un verdadero exiliado

Mi padre era un verdadero exiliado.

Aunque amó este país profundamente y en su opinión Estados Unidos no era capaz de hacer nada malo, se aferró a su ciudadanía cubana, sin esperanza ya de regresar pero todo el tiempo y para siempre, hasta su último suspiro, llevó muy dentro la antorcha de la isla donde nació.

“Nací en Cuba y seguiré siendo cubano no importa dónde esté”, solía decir. “Eso nadie me lo puede quitar”.

El domingo enterramos a mi padre, Aniceto Teodoro Santiago, 88, en un cementerio de Miami donde banderas de Estados Unidos ondean con la brisa, en el mismo barrio donde hemos vivido desde 1973. En su último viaje, cumpliendo sus deseos, vistió el traje que usó cuando salió de Cuba en un Vuelo de la Libertad en 1969 hacia un exilio que él pensó sería temporal.

“Sastrería M. Reyes, Matanzas”, decía la etiqueta de su traje marrón hecho a la medida.

Hecho en Matanzas igual que él, que nació de padres inmigrantes de Islas Canarias el 17 de abril de 1923, una fecha que resultaría aciaga. El pudo haber sido arrestado y encarcelado por ayudar a los invasores de Bahía de Cochinos el 17 de abril de 1961, me dijo, si no hubiera estado celebrando su cumpleaños y no supo de la invasión hasta que había terminado.

Huérfano de padre a la edad de 5 años cuando su padre murió de neumonía, mi padre comenzó un negocio de distribución de alimentos cuando era aún un niño, buscándole víveres a los vecinos en su bicicleta por 10 centavos a la semana para ayudar a su madre María a mantener cinco hermanos y hermanas. Abandonó la escuela a los 12 años para trabajar a tiempo completo, y él y su pequeña empresa crecieron juntos. Su graduación fue obtener una motocicleta con un asiento al lado, después automóviles (que compraba y vendía para obtener ganancias), y finalmente un camión que cargaba con pan acabado de hornear y galletas que repartía por la madrugada a bodegas y cafeterías en toda Matanzas y sus pueblos adyacentes.

Todo eso le fue arrebatado en un instante un día de 1965 cuando el gobierno cubano confiscó su pequeño próspero negocio. Los oficiales con uniformes verde olivo que le quitaron el camión y sus contratos le pidieron que se quedara como empleado del estado, pero mi padre les dijo que prefería irse del país. Como castigo, lo mandaron a trabajar en siembras agrícolas en el campo, recogiendo tubérculos, hojas de tabaco y cortando caña de azúcar hasta que recibió el permiso para emigrar.

Mi padre sufrió en lo más profundo de su corazón la pérdida de Cuba, todo lo que la patria representaba en la historia y los seres queridos que dejó atrás. La tristeza siempre lo acompañó en los pequeños y grandes momentos de la vida cotidiana.

Una vez lo invité a pasar un fin de semana en Naples por el Día de los Padres. Yo había reservado una habitación con vista al mar, con arena blanca y suave y agua clara junto a la puerta, y mi madre y él la pasaron muy bien ... hasta que su mente se remontó al pasado.

“Si sólo pudiéramos estar en Varadero”, dijo mi padre con voz trémula y ojos húmedos de sólo pensar en su adorada playa tan cerca de su Matanzas natal. “No hay nada en el mundo como Varadero”.

En momentos como este me ponía yo a enumerar todo lo que logró aquí: Compró una buena casa y la pagó completa; sobrevivió un montón de sustos relacionados con su salud, incluyendo una operación de corazón abierto; nos crió a mi hermano Jorge y a mí, y ambos nos convertimos en profesionales casados con buenas personas, Kim y Wayne, con quienes le dimos cinco nietos — Tanya, Marissa, Erica, Sean y Nicole — y un bisnieto, Devereaux.

Pero más que todo, tuvo a su lado a mi madre, Olga Ruiz, quien fue su compañera inseparable durante 62 años, seis de noviazgo y 56 de matrimonio.

Ahora que se ha marchado después de padecer la fase final de insuficiencia cardíaca durante más de un año y he podido yo conocer de cerca como adulta el dolor por una gran pérdida, comprendo mejor su nostalgia. Le echaré de menos a él como él echó de menos a Cuba.

Los expertos políticos calificarían a mi padre como una persona de línea dura. Y lo era. Cuando una vez fui a Washington, D.C. en un viaje de trabajo en los años de Clinton, le pregunté qué quería que le trajera.

“Una foto de Ronald Reagan,” me dijo.

Le compré un retrato de Reagan. Lo enmarcó y lo mantuvo encima de su aparador todos estos años.

“Mi presidente,” mi padre lo llamaba, como si Reagan hubiera sido presidente para él solo.

Era efectivamente un hombre de línea dura, a la derecha de Reagan. Yo solía bromear que tenía en casa mi propio dictador. Pero también fui capaz de ver a mi padre en toda su plenitud, con todos los matices que hacen que un hombre sea mucho más que sus ideas políticas, y era un hombre admirable.

El recuerdo que siempre llevaré conmigo es el del enérgico hombre corpulento que se levantaba por la madrugada al sonido de las voces de los locutores de noticias de la radio cubana de Miami. Salía de la casa con su almuerzo en un recipiente negro y un termo, y conducía rumbo sur por la Avenida 27 del noroeste hasta llegar a Liberty City a trabajar en una factoría de pintar ventanas.

Cada vez que tenía que hablar con su jefe me llevaba a mí para que le tradujera. Yo no sería la periodista que soy hoy si no hubiera sido por la experiencia de ver a este hombre orgulloso — que había levantado su negocio en Cuba de la nada sólo para que se lo arrebataran bajo el siniestro plan de un tirano — negociar unos pocos centavos más por hora para mejorar nuestras vidas aunque fuera un poco.

“Su padre es el mejor trabajador que yo he conocido”, su jefe, un americano-griego llamado George, me decía.

Mi padre nunca pudo ganar suficiente en la factoría, pero en los fines de semana, elegante con sus pantalones negros, una camisa blanca y una corbata de lacito, trabajaba para ganar dinero extra sirviendo en bodas y fiestas de quince, algunas veces de personas ricas, otras veces de exiliados luchadores como él que gastaban sus ahorros en el día especial de un ser querido.

Gracias a él, no recuerdo haber pensado nunca que éramos pobres.

No era un hombre de gran educación y le fue muy difícil aprender inglés más allá de los colores de pintura, pero seguía de cerca las noticias en la televisión y radio en español como si él también fuera periodista, y a menudo con la atención a los detalles de un comandante en jefe. Yo solía decirle a todo el mundo que él dirigía la guerra en Irak desde su sillón reclinable.

Hacía observaciones simples pero conmovedoras.

Recientemente, había estado tan enfermo que no había salido a su adorado patio durante meses, pero una nueva medicina pareció devolverle fuerzas y me pidió que lo sacara. Caminamos junto a las arecas, los hibiscos y las matas de mango y aguacate que él sembró, y fuimos más allá de “la casita” (de herramientas de jardín) y la casa de su querido perro Gator en su propiedad al borde del canal.

Miró el agua sucia y la basura que flotaba con ojos tristes y enojados, y en breves palabras dijo mucho acerca del estado de cosas.

“Antes venían a limpiar hasta cuatro personas en un bote, cuando el trabajo sólo necesitaba dos personas”, dijo. “Ahora, mira este desastre; ya ni vienen”.

Pero lo que más interesaba a mi padre era la familia.

Con sus relatos sobre Cuba y su insistencia de que nuestros hijos, y ahora el bisnieto, fueran bilingües, nos dio — como dijo famosamente José Martí que todo padre debe hacer — raíces y alas (aunque no reparó en recortar estas últimas cuando lo consideró necesario).

Los cuentos de su amada y bella Matanzas junto al mar a menudo terminaban con esta línea: “Si nos hubiéramos quedado en Cuba, si Fidel no lo hubiera arruinado todo, tú serías ‘la hija de Teodorito’, pero aquí, yo soy ‘el padre de Fabiola Santiago’ ”.

Mi reacción era voltear los ojos y fingir un suspiro.

Pero en eso se equivocó. Yo siempre seré la hija de Teodorito. Y él siempre estará aquí entre nosotros, en casa, en nuestro eterno exilio.

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de marzo de 2012, 4:14 p. m. with the headline "FABIOLA SANTIAGO: La pena y la esperanza hicieron de mi padre un verdadero exiliado."

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