Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: Nuevo capítulo del drama cubano

No es todos los días que uno visita la playa y se convierte en testigo de un pedacito de la historia del sur de la Florida en el momento en que ocurre.

Pero ahí estaba el fotógrafo aficionado William Forshee, de 26 años, esperando mejor iluminación para fotografiar a su esposa en Hollywood Beach, cuando oyó a uno de los salvavidas gritando en el agua.

Forshee pensó que alguien podría estar ahogándose y necesitaba ayuda. Enfocó hacia el horizonte y vio lo que le parecía ser una balsa inmóvil. Cambió el lente de la cámara e hizo un zoom con su Nikon D5300 y fue entonces que vio un botecito de madera lleno de personas meciéndose en el océano y acercándose más y más.

Tomó su primera foto y, en una imagen tras otra, Forshee captó esa tarde el drama completo de la convergencia entre la desesperada necesidad humana y la política de pies-mojados-pies-secos de Estados Unidos.

Si un cubano llega y toca tierra firme, es libre y, bajo la Ley de Ajuste Cubano de 1966, tiene derecho a recibir un permiso de trabajo y un estatus de residencia permanente después de un año y un día en el país.

“La situación se puso más dramática según se acercaban más, hasta que llegaron a la costa y saltaron del bote”, me dijo Forshee. “Yo seguía disparando mi cámara porque resultaba increíble ver cómo todo se iba desarrollando”.

Los hombres saltaron del barco “en un estado de pánico”, dijo Forshee. “Actuaban como si estuvieran a punto de salir corriendo, pero entonces [cuando tocaron tierra] alzaron los brazos como diciendo: ‘Todo está bien’”.

Un salvavidas tranquilizó a los hombres deshidratados y los sentó en la arena mientras pedía “¡agua, agua!”.

Los bañistas que estaban en la playa corrieron a ayudar, trayéndoles papitas fritas, refrescos de naranja, agua y dulces. Les ofrecieron de lo que tenían.

“Poquito a poco”, se escucha al salvavidas dándole instrucciones a los cubanos en español en un video que tomó con su celular la esposa de Forshee, Camrée.

Cuando los cubanos se refrescaron con agua fresca, comieron y bebieron, los bañistas los aplaudieron llenos de emoción.

Los ocho hombres, dos de ellos padre e hijo, estaban quemados por el sol y olían a gasolina y aceite. El motor de un automóvil ruso que utilizaron para impulsar su bote hecho a mano a través del Estrecho de la Florida se les rompió en el trayecto de 200 millas desde el pueblo de Caibarién, en la región norte del centro de la isla, hasta donde lograron llegar a tierra en Hollywood, frente a la cámara de Forshee.

Forshee es “un hombre bendecido”, con dos años de casado con la novia de su infancia, padre de William, su hijo de 9 meses de edad, y un fotógrafo en ciernes cuyo trabajo principal es administrar una clínica dental en Carol City, donde nació y creció.

Durante sus estudios de secundaria fue un quarterback estrella en el equipo de football de Barbara Goleman High School, que linda con Hialeah Gardens y donde muchos de los alumnos eran hijos de inmigrantes cubanos o habían sido ellos mismos refugiados que habían enfrentado la jornada hacia la libertad por la vía del mar.

Forshee es hijo de un obispo que lo crió con la costumbre de “orar antes de salir de la casa” y no es ajeno a la tragedia. Si su apellido le resulta familiar, es porque su sobrina era Tequila Forshee, la dulce niña de 12 años que hombres despiadados mataron cuando pasaban por la casa de su abuela hace más de un año, un asesinato todavía sin resolverse.

“La hija de mi hermano”, dice simplemente, sin poder decir una palabra más.

Haber sido testigo del drama cubano lo ha emocionado, al igual que los abrumadores mensajes de apoyo que ha recibido en los medios sociales por sus conmovedoras fotos.

“Fue un momento muy emocionante”, dijo Forshee. “Había una señora allí [en la playa] llorando. Estaba contando la historia de su hermano que había pasado por lo mismo cinco años atrás”.

Los de la playa que hablaban español le traducían la odisea de los hombres a los demás. Los cubanos sobrevivieron una espantosa tormenta — olas enormes, fuertes lluvias y vientos — y los ocho se apiñaron en un bote de 10 pies demasiado asustados para hablar.

Algunos pensarán en estos hombres como una simple adición a las estadísticas: 4,832 cubanos han llegado en la primera mitad del año fiscal que comenzó el primero de octubre, lo cual supera ya el total del año anterior de 4,702.

Will, como llaman los amigos a Forshee, los ve como seres humanos en necesidad.

Estando presente durante su llegada, dijo, es “una experiencia capaz de cambiarle a uno la vida”.

“Pueda que uno no esté donde uno quisiera estar en la vida y entonces ve esto y se da cuenta de que con lo que uno tiene que lidiar en la vida es nada”, dijo. “Estoy en un lugar seguro. No estoy en crisis financiera. Según uno lucha a través de la vida, uno piensa que está atravesando un tiempo difícil con las cosas que le llegan a uno a derecha e izquierda. Entonces uno ve gente como estos hombres pasar por todo esto y lograr su objetivo; y eso lo hace a uno sentir más humilde”.

No es todos los días que se ven momentos históricos tan de cerca.

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