Israel, un país maravilloso que me dejó una mezcla de asombro y tristeza
Si este fuera un cuento corto, me dije a mí misma mientras lidiaba con una maleta grande, una mochila y un paraguas abierto bajo la llovizna del mediodía de Tel Aviv, el título podría ser “Págale al hombre sus 50 shekels”.
Oh, terca que soy.
En lugar de que me estafaran los taxis que pasaban y pitaban para indicar su disponibilidad y luego rechazaban mi oferta de 30 shekels, recorrí las supuestas 3.7 millas del mapa de Google entre mi pintoresco hotel de vecindario de época cerca a Gordon Beach hasta el gigantesco hotel Dan Panorama, donde comenzaría una gira de dos semanas por Israel y su país vecino, Jordania.
El esfuerzo, sin embargo, dio sus frutos.
Mientras caminaba sentí que estaba haciendo mía la ciudad más moderna de Israel, y nada fue más maravilloso que descubrir el tayelet, el espléndido malecón que bordea la playa de Tel Aviv a lo largo del Mar Mediterráneo, que comienza en el extremo norte de una orilla cerca del puerto de Tel Aviv y continúa hacia el sur hasta la ciudad vieja de Jaffa.
La víspera de Año Nuevo pasé todo el día explorando los paseos marítimos enlazados en compañía de lugareños y visitantes hasta la puesta del sol, un espectáculo glorioso. Todo el tiempo maldije en voz baja: ¿por qué no podemos tener esto en Miami? ¿Por qué nos estafaron de este estilo de vida comunal junto al mar?
Las dos ciudades tienen mucho en común, incluido un auge inmobiliario que ha convertido a Tel Aviv en una de las ciudades más caras del mundo. Y este paseo, que también sirve para proteger a la ciudad de los mares crecientes, se construyó en etapas, las partes más modernas durante los años 80 y 90, cuando nosotros también definíamos lo que serían Miami y Miami Beach.
Los israelíes optaron por proteger sus vistas al mar.
Nosotros bloqueamos nuestro océano con concreto. Entregamos nuestra bahía al desarrollo privado de rascacielos y a monstruos de concreto como el American Airlines Arena, ¡y estamos planeando agregar más! Sacrilegio.
En este proceso, es posible que hayamos perdido para siempre lo que Tel Aviv creó: una comunidad.
La gente se congrega para observar a los surfistas, para admirar las esculturas y las pinturas murales, para comer algo en los pequeños restaurantes que no bloquean las vistas. Montan en bicicleta, trotan, pasean. Descansan en bancas y piedras mientras escuchan el eco de la llamada melancólica a la oración.
La visita a Israel también inevitablemente invita a reflexionar sobre los muros que nos separan.
Días más tarde, mientras observo desde lejos las noticias sobre el cierre del gobierno de Estados Unidos debido a la demanda del presidente Donald Trump de más de $5,000 millones para construir un muro fronterizo, el viaje a Jerusalén me muestra varios muros.
Antiguos y nuevos muros levantados para separar los territorios controlados por israelíes y palestinos, muros como el que vende Trump, también construidos bajo la premisa de que brindan seguridad y protegen a Israel de actos de terrorismo.
Pero cuando cruzo un puesto de control en Cisjordania para visitar Belén, donde nacieron Jesús y David, escucho una historia diferente de parte de los palestinos.
El nuevo muro más controvertido en Cisjordania recorre la Ruta 4370, recientemente construida, que conecta a Jerusalén con los asentamientos, y divide físicamente la carretera: un lado para los conductores israelíes y otro para los conductores palestinos. Los israelíes dicen que la vía amurallada fortalece la conexión con los asentamientos y ayuda a facilitar el tráfico. Pero los palestinos la llaman “el camino del apartheid”.
Los palestinos me dicen que están siendo “sofocados” económica y emocionalmente por lo que llaman “el muro de la separación”, y siento que ellos se refieren a más que una barrera física. Los muros y los puestos de control les dificultan el desplazamiento a los sitios de trabajo en Israel, que tiene una tasa de desempleo envidiable del 2.9 por ciento.
Se sienten, sobre todo, aislados.
“Antes del muro, tenía amigos judíos. Después del muro, ya no tanto”, se lamenta Issa Badawi, nuestro guía del lado palestino, quien se describe a sí mismo como cristiano árabe y griego ortodoxo practicante.
Nuestra conversación y las súplicas de un vendedor cuando nos vamos, “¡por favor estadounidenses, apoyen a Palestina!”, me dejan más convencida que nunca: no queremos vivir bajo la reglamentación de muros y puestos de control en Estados Unidos.
Al haber vivido la mayor parte de mi vida en el capullo multicultural de Miami, y muy a menudo en compañía de amigos, colegas y lectores judíos, vine predispuesta a amar a Israel.
Y lo hice, en toda su complejidad.
Israel es un país asombroso cuya historia se remonta a la antigüedad. No tengo credenciales para opinar sobre los conflictos que separan estas tierras, pero me fui con una mezcla indescriptible de asombro y tristeza.
Caminar por las mismas tierras de los profetas y reyes y del creador de milagros llamado hijo de Dios es abrumador, incluso cuando la comercialización de los sitios bíblicos y la multitud que los visitan hacen que la contemplación espiritual y la meditación sean casi imposibles.
Las lecciones de hoy en día, en cambio, abundan en la Tierra Santa.
Siga a Fabiola Santiago en Twitter: @fabiolasantiago.