Despistado y condescendiente, Tom Brokaw no conoce a los latinos
No creo que Tom Brokaw sea racista, como algunos lo acusan a raíz de sus comentarios ignorantes sobre los hispanos hechos en televisión nacional durante un segmento sobre el muro fronterizo del presidente Donald Trump. Como muchos estadounidenses, él simplemente no nos conoce, no nos ve en toda nuestra complejidad.
Por mi parte yo quiero agradecerle por servirnos en bandeja de plata la oportunidad de abordar el sentimiento antihispánico que siempre ha estado allí de alguna forma, pero que bajo esta administración, se ha filtrado dentro del tejido de este país como el agua en la roca porosa.
La perorata del veterano periodista fue inexacta, dolorosa y ajena a la realidad del segmento de la población estadounidense que él pintaba confiadamente con el amplio pincel de los apresurados comentario en Meet the Press el 24 de enero.
Despistado y condescendiente, Brokaw alimentó a su audiencia con el estereotipo desmentido por la investigación de que los hispanos no están dispuestos a aprender inglés, y al llevarlo a niveles aún más indignantes, agregó que evitamos que nuestros hijos lo aprendan. Como si el sueño de una buena educación para nuestros hijos no existiera para los padres latinos.
“Los hispanos deberían esforzarse más en cuanto a la asimilación”, dijo Brokaw. “Esa es una de las cosas que he dicho durante mucho tiempo. No solo deben estar simplemente codificados en sus comunidades, sino deben asegurarse de que todos sus hijos aprendan a hablar inglés y que se sientan cómodos en las comunidades, y eso va a requerir acercamientos de ambos lados, francamente”.
Si uno de los periodistas más famosos de Estados Unidos se apropió de esta afirmación ridícula en algún momento como si fuera verdad, es porque este es el estereotipo de los grupos anti-inmigrantes que impactan a la ansiosamente monolingüe psiquis estadounidense.
Sus fuentes deben haberse esforzado fuertemente en convencer a Brokaw de que nosotros, el grupo minoritario más grande de Estados Unidos, somos el problema, porque lanzó la diatriba de la asimilación junto con la afirmación de que todo “matrimonio mixto” que ocurre hace que las culturas creen conflictos entre sí.
¿Estamos reviviendo las décadas de 1940, 1950, 1960, o qué?
Dado el contexto de sus palabras, el muro fronterizo, supongo que Brokaw expuso todos estos conceptos dolorosos, surrealistas y pavorosamente erróneos en un esfuerzo por lograr que entendiéramos a la “América” de Trump, donde según la gente que susurra al oído de Brokaw, los estadounidenses no quieren acabar teniendo “nietos morenos”.
“No queremos hablar mucho acerca de esto”, dijo. “Pero el hecho es que, en el lado republicano muchas personas ven el surgimiento de un nuevo constituyente extraordinario e importante en la política estadounidense: los hispanos, que llegarán acá y todos serán demócratas. Y cuando presiono a la gente un poco más, escucho: ‘No sé si quiero tener nietos morenos’. Quiero decir, eso también hace parte de esto. Se trata del matrimonio mixto que está ocurriendo y de las culturas que están en conflicto entre sí”.
¿Qué podría contribuir este comentario abiertamente racista y despectivo de parte de los supremacistas blancos a la conversación nacional sobre la seguridad de la frontera?
Como el congresista de Texas, Joaquín Castro, dijo tan acertadamente en Twitter: “Es desafortunado que la xenofobia se haga pasar como comentario político altisonante”.
Yo solo quiero decir en voz bien alta: ¿Quieres saber cómo es tener nietos marrones, América? Pura alegría: con valor agregado, cuando el amor con el que fueron concebidos también rompió las barreras de odio y los tabúes fabricados por el hombre.
Como si no se hubiera hundido en un hueco lo suficientemente profundo para él y para NBC, que calificó sus comentarios de “inexactos e inapropiados”, la subsiguiente disculpa de Brokaw, expresada en una serie de tuits torpes, también se vio teñida por su sorprendente falta de comprensión.
“Me siento muy mal de que parte de mis comentarios sobre los hispanos ofendieran a algunos miembros de esa cultura orgullosa”, dijo.
Todos sus comentarios ofendieron. Este también. Nuestro orgullo como su carga. Nuestra supuesta falta de asimilación como un peso para Estados Unidos. Nuestros bebés marrones como el fin de la comodidad de la raza blanca.
No es suficiente que, para facilitar las cosas, la sociedad y las instituciones estadounidenses nos agrupen en una sola categoría —los hispanos— descartando con ello los matices de nuestras nacionalidades de origen, nuestra historia y nuestras culturas ricamente diversas. Ahora también nos toca calmar los temores de la “América” blanca.
Tenemos que deshacernos de nuestras almas, esconder avergonzados nuestra lengua materna, y comportarnos según el estereotipo ideal de “Leave it to Beaver” que se adapte a los estadounidenses que se sienten agobiados por la demografía y por las personas de quienes sospechan que serán demócratas potenciales.
Durante mi vida me han preguntado un sinnúmero de variaciones de “¿por qué no quieren hablar inglés?”, más veces de las que puedo recordar.
A menudo siento la tentación de plantear estas preguntas a mi inquisidor: ¿Por qué pasa usted tanto tiempo vigilando / rumiando / y rabiando por el idioma que hablan sus compatriotas estadounidenses? ¿No se da cuenta de que esta obsesión es anormal en un país desarrollado construido sobre el principio de la libertad de expresión? En ninguna parte de la Constitución dice: solo hablarás inglés en esta tierra.
Pero me trago la lengua y cedo a mi método preferido de lidiar con el tormento totalmente estadounidense del lenguaje: cuento nuestra historia de inmigración.
La única persona que no aprendió inglés en mi familia fue mi padre. Solo estudió hasta sexto grado porque abandonó la escuela para ayudar a su madre viuda. Gozaba de suficiente inteligencia y emprendimiento para construir un negocio de distribución de alimentos en Cuba que lo colocó sólidamente en la clase media.
Fidel Castro se lo quitó todo. Eligió el exilio, donde rechazó la asistencia del gobierno para mudarse a Oklahoma, y se quedó trabajando en Miami, a menudo con turnos de 12 horas, en una fábrica de pintura de ventanas. Para obtener dinero adicional los fines de semana, trabajó como camarero en fiestas de quinceañeras y bodas. En dos años, él y mi madre, ex maestra que iba a la escuela nocturna para aprender inglés y contabilidad mientras trabajaba en una fábrica, ahorraron la cuota inicial de una casa de $21,000.
Aunque sospechábamos que entendía más de lo que decía, las únicas palabras que mi padre dominaba en inglés eran “brown paint”. Le serví de traductora cuando su jefe, que solo hablaba inglés, dejó pasar demasiado tiempo sin darle un aumento.
¿En qué momento, quiero preguntarle a Brokaw y a todos los demás estadounidenses tan ansiosos por juzgar, debería haberse esforzado más en su asimilación? ¿Mientras dormía?
Porque la familia que él crió en este país es la definición misma de la ensaladera estadounidense —y el retrato del futuro.
Mi hermano y yo nos casamos con personas no hispanas de diversos orígenes que mis padres acogieron. Ambos luchamos por criar niños bilingües, no porque no pudieran hablar inglés, sino porque la cultura estadounidense es tan abrumadora que de otra manera no hubieran podido aprender a hablar español lo suficientemente bien o sin acento. Esto, a pesar de pasar sus primeros años y sus horas extraescolares con un abuelo y una abuela que hablaban solo español, y de vivir en Miami-Dade, donde casi el 70 por ciento de la población es hispana.
Ahora, con pasantías y cargos en su haber en los que hablar incluso un mal español constituye una gran ventaja, están enormemente agradecidos por tener la habilidad adicional del idioma. Mis hijas también se casaron con personas no hispanas, y su lucha y la mía por enseñarles español a sus hijos es casi una causa perdida.
Estamos lejos de ser la excepción. De hecho, el Pew Research Center dirá que el 99 por ciento de los latinos que son nietos de inmigrantes hablan inglés como primera lengua y menos de una cuarta parte sabe suficiente español para ser considerados bilingües.
Esta desaparición de la habilidad lingüística, elogiada como asimilación, es una pérdida para Estados Unidos, no una ventaja.
Como muchos estadounidenses que viven recluidos en su versión de la realidad y solo se lanzan en paracaídas para echar un vistazo a las comunidades minoritarias cuando irrumpen las noticias, Tom Brokaw no nos conoce, no nos entiende, no nos ve en toda nuestra complejidad.
Y no; haber entrevistado al líder sindical mexicano César Chávez hace eternidades no compensa la falta de comprensión en 2019.
Escuchar lo que decimos, oír la gran cantidad de nuestras voces e historias, e incluirnos y aceptarnos como somos en la corriente convencional de la vida estadounidense a la que pertenecemos, podría comenzar a mitigar la ignorancia.
En cuanto a la asimilación, seamos sinceros: nuestras raíces en esta tierra se remontan a siglos atrás. El español fue el primer idioma europeo que se habló en el continente, pero para los Tom Brokaws de “América”, los hispanos nunca podrán asimilarse lo suficiente.
Siga a Fabiola Santiago en Twitter: @fabiolasantiago.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de febrero de 2019, 7:24 a. m..