Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: ¡Por favor!

Otro pueblo pequeño en Estados Unidos — esta vez la comunidad de Bell en la “Vieja Florida” — sufre la secuela de un horrible acto de violencia con armas de fuego: la insoportable aflicción del duelo, vigilias con velas encendidas, y la pregunta sin respuesta, ¿por qué?

Cuatro niños de escuela primaria regresan en el autobús escolar a sus hogares donde un abuelo asesino los mata a tiros.

En la matanza, el criminal convicto Don Spirit, de 51 años, asesinó a tiros a siete: su hija de 28 años y los seis hijos de ella, incluyendo a un recién nacido. Luego se suicidó con una pistola calibre .45 que había obtenido ilegalmente.

El superintendente de la escuela describió a los niños como seres “sin mayores preocupaciones”.

Por favor.

Los niños vivían en opresiva pobreza, hacinados en un tráiler con adultos drogadictos.

El sheriff del Condado de Gilchrist, que hasta varios días después de la matanza se negó a revelar el tipo de arma que Spirit había utilizado, dijo que tal vez nunca logremos saber qué ocurrió y cómo.

Por favor.

La familia extremadamente disfuncional de Spirit era bien conocida por las autoridades locales y estatales, quienes habían acudido a la casa para intervenir en peleas entre el padre y la hija y para investigar negligencia, amenazas y violencia de parte de Spirit.

El gobernador Rick Scott, que visitó la escena el viernes, dijo que lo único que podíamos hacer era rezar.

Por favor.

Esta fue una matanza anunciada.

Según van surgiendo lentamente los detalles — a pesar del escudo de protección de las autoridades y el hermetismo creado por la comunidad en torno a la familia — aumenta la evidencia de que las autoridades locales y estatales no fueron capaces de proteger a estos vulnerables niños. En primer lugar, existía la larga historia de consumo de drogas del padre y la hija, el abuso doméstico y la conducta fuera de la ley, incluyendo posesión ilegal de armas de fuego.

El Departamento de Niños y Familias de la Florida (DCF por sus siglas en inglés), alertado de los problemas de Sarah Spirit como madre desde 2007, había recibido el 1 de septiembre un informe de que los hijos de Sarah — Kaleb Kuhlmann, de 11 años; Kylie Kuhlmann, de 9; Johnathan Kuhlmann, de 8; Destiny Stewart, de 5; Brandon Stewart, de 4; y Alanna Stewart, de dos meses de nacida — vivían con una madre y abuelo negligentes y drogadictos.

¿Por qué no fueron esos niños rápidamente retirados del hogar de estos rabiosos violadores de la ley con una larga historia de negligencia infantil y violencia doméstica? ¿Por qué las autoridades locales no investigaron más intensivamente a un criminal convicto con antecedentes de posesión ilegal de armas de fuego que amenazaba realizar actos de violencia, según muestran los récords policiales del Condado de Gilchrist, fechados en 2002 y otra vez en 2008?

Este hombre había matado a su hijo más pequeño, Kyle, a los ocho años de edad — un balazo que le atravesó el cerebro — cuando limpiaba su escopeta el último día de un viaje de cacería en 2001. La muerte fue declarada un accidente, pero Spirit, que ya era un criminal convicto, estuvo en prisión durante tres años por estar en posesión de un arma de fuego. Y eso no era más que un solo renglón de sus antecedentes penales que abarcan tres condados e incluyen 13 arrestos por asalto a mano armada, posesión de marihuana y latrocinio, además de haber golpeado y herido a una persona con un vehículo y haber abandonado el lugar del accidente.

Y así y todo, la televisión y los periódicos citan a policías entrevistados que se lamentan diciendo: “¿Cómo podría alguien haber previsto esto?”

¿Qué más delitos tiene que cometer un hombre para que se le trate como lo que es – un criminal – en un pueblo que sólo tiene un código postal y una población que, según estimados de el ayuntamiento, es 98 por ciento blanca y una comunidad agrícola donde todos sus residentes se conocen?

¿Por qué el DCF no intervino exhaustivamente en el caso de una joven de 17 años con una madre ausente y una historia de abuso de drogas, quien una y otra vez comienza a tener hijos que no puede albergar ni alimentar, con novios que son unos tipejos sin futuro?

Puede que Bell sea un pueblo de hermosas granjas con grandes robles que gotean musgo y filas de árboles de nueces, pero como ya se sabe demasiado bien, no es inmune a los fracasos del país o del estado.

Pagamos un alto precio para vivir en una cultura que venera sus armas de fuego y el derecho de los hombres a tenerlas, en grandes cantidades y expuestas orgullosamente ante sus vulnerables hijitos. Una cultura que estereotipa a los criminales y con demasiada frecuencia y se hace de la vista gorda cuando se trata de uno de los de ellos. Pagamos un alto precio por ignorar los heredados ciclos de pobreza, la falta de servicios de salud mental y la necesidad de contraceptivos, no importa lo que se predique en las iglesias.

Las autoridades pueden tratar de protegerse y optar por actuar ingenuamente, pero la razón por la que seis inocentes criaturas murieron a tiros está frente a nuestras propias narices.

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