Fabiola Santiago

Plan de inmigración de Trump suena a asimilación al estilo Cuba

La característica más asombrosa de la reforma de inmigración recientemente presentada por el presidente Donald Trump es la manera moderada como describió el plan en el Jardín de Rosas de la Casa Blanca el jueves.

No hubo quejas con palabrotas feas sobre criminales, solo insinuaciones.

No hubo palabras ofensivas, solo aquellas de un simplón: “plan grande, hermoso y audaz”, entretejidas para dar al discurso preparado un poco de pátina de Trump.

Era como si los encargados del Jefe Supremo del Quejumbre le hubieran deslizado un tranquilizante, Xanax2020, en su Coca-Cola Dietética. Como presidente de turno, Trump necesita desesperadamente lucir más presidencial y menos burdo de lo que es la norma para él, al menos mientras se presenta frente a la Casa Blanca.

Pero la lavada de imagen fue solo disimulo.

Hay partes de su reingeniería del sistema de inmigración de Estados Unidos que deberían atemorizar no solo a los inmigrantes potenciales sino a todos los estadounidenses.

Un sistema de puntaje basado en méritos suena benigno. Pero algunos aspectos de lo que Trump espera que el Congreso convierta en política amenazan la noción misma de lo que significa ser un estadounidense libre.

El presidente desea trabajadores altamente calificados que hablen inglés y tengan ofertas de trabajo ya establecidas, y, antes de obtener una tarjeta de residencia, deben demostrar su “asimilación patriótica” a Estados Unidos.

El requisito del idioma tiene pinta de la xenofobia habitual que se congracia con el grupo de gente que solo habla inglés, a pesar de la necesidad que tiene el país de contar con personas multilingües. La seguridad nacional, de hecho, depende de ello.

Hay una cierta ironía con respecto a la modificación con respecto a trabajadores calificados y al requisito de oferta de trabajo, que ya existe en el sistema actual, proveniente de un hombre con un historial documentado de contratación de mano de obra extranjera barata en sus hoteles y campos de golf, incluyendo inmigrantes indocumentados.

“Discriminamos a los genios”, dijo Trump, defendiendo un mayor porcentaje de visas que se adjudiquen a profesionales y creadores de empleos. “¡Discriminamos contra las personas brillantes!”.

Eso puede explicar cómo lo elegimos presidente.

Trump y sus partidarios del Partido Republicano son quienes discriminan, o estarían rogándoles a todos esos jóvenes Soñadores (Dreamers) que ya están aquí y que se gradúan con los máximos honores de la escuela secundaria y de la universidad, para que se quedaran en este país, la única patria que conocen. Pero en cambio, los mantiene en el limbo y vulnerables a la deportación. No los aborda en absoluto en este plan, que afortunadamente tiene pocas posibilidades de ser aprobado en la Cámara de Representantes este año.

Esta reforma es lo suficientemente defectuosa en su esencia; pero es el requisito “patriótico” lo que me da verdaderos escalofríos.

Trump quiere saquear los mejores cerebros de los demás países, y en el proceso, embutir a las malas nuestra “esencia estadounidense” antes de que lleguen aquí.

Esta exigencia de “asimilación patriótica” no es algo que el yerno y asesor principal de Trump, Jared Kushner, a quien Trump acredita con esta política, haya sacado de su mente brillante.

El término, y toda la jerga nacionalista que lo acompaña, es el invento de los grupos de reflexión de la derecha, los “think tanks” que abominan el multiculturalismo.

“La asimilación patriótica es el vínculo que permite a Estados Unidos ser una nación de inmigrantes”, argumenta Mike González, miembro principal de The Heritage Foundation, en un ensayo. “Sin ello, Estados Unidos o deja de ser una nación, convirtiéndose más bien en una gran cantidad de grupos mezclados, o se convierte en una nación que ya no puede recibir a los inmigrantes. No puede ser ambas cosas: una nación unificada y un lugar que reciba a inmigrantes sin asimilación patriótica”.

Es un eufemismo para un objetivo mayor que va más allá del tema de inmigración: el deseo de lograr un control conservador de la academia, la cultura y el gobierno, que los conservadores como González creen que son los responsables de crear “grupos” en lugar de una nación bajo Dios (solo el Dios suyo, por supuesto).

Esta gente estaría encantada de vivir en una América fascista donde el estado dicta, y exige su lealtad indivisible al programa oficial y su devoción inquebrantable a una nación uniforme.

Estamos hablando del fin de la noción romántica de que somos personas libres, que podemos hablar como queramos, sentir como sentimos, ser lo que somos, sin temor a represalias del gobierno.

¿En qué se diferencia este requisito de Trump para un inmigrante potencial de rendirle pleitesía al gobierno del que los regímenes totalitarios como Cuba y Corea del Norte exigen a sus ciudadanos? ¿Se ha perdido también la libertad individual como valor fundamental en este país? Todos tendremos que rendirle culto al gobierno, o si no...

Lo que Trump propone tiene las particularidades del tipo de dominio contra el cual luchamos en la Segunda Guerra Mundial: el fascismo.

Tristemente también el objetivo de Trump de crear un modelo elitista de inmigración acaba con la orgullosa historia de inmigración de nuestros padres y abuelos, quienes fueron personas modestas y trabajadoras que construyeron ciudades como Miami, Nueva York y Los Ángeles.

Es un mal plan, no solo para inmigrantes potenciales que no son ni ricos ni blancos, sino para todos los estadounidenses.

Olvidémonos de las pobres, cansadas y acorraladas masas que anhelan respirar libremente, que llaman a nuestra puerta, dicta Trump.

La Estatua de la Libertad es solo una atracción turística, una reliquia de otra América del pasado.

Siga a Fabiola Santiago en Twitter: @fabiolasantiago. Correo: fsantiago@miamiherald.com.

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