Fabiola Santiago

Para esta refugiada cubana, el amor por Estados Unidos comenzó con la noticia del alunizaje del Apollo 11

Esta imagen del 20 de julio de 1969 cedida por la NASA muestra al astronauta Neil Armstrong en la superficie lunasr.
Esta imagen del 20 de julio de 1969 cedida por la NASA muestra al astronauta Neil Armstrong en la superficie lunasr. AP

Lo único que tengo en mente mientras manejo una reciente mañana hacia el Kennedy Space Center de la NASA, mientras recorro milla tras milla de paisaje salvaje floridano, es que quiero llegar antes que las multitudes de turistas.

Este centro, homenaje a la ingeniería aeronáutica, es un festín de cohetes, transbordadores y héroes del espacio.

Pero en este día especial no estoy pensando en el Apollo 11 y su alunizaje hace 50 años. Ni tampoco en mi propio viaje histórico en 1969, que me cambió la vida.

Estoy empezando un recorrido por la Florida con mi nieto de 10 años, Devereaux, y todo lo que tengo en mente es su educación y construir nuevas memorias. Los planetas, las estrellas —viajes y exploración— han sido temas que nos unen a mi primer nieto y a mí desde que le regalé su primer telescopio a los 5 años.

“El cielo nos llama”, escribió Carl Sagan.

No me imaginaba lo cierto y profundo que podía ser ese llamado.

Las palabras del escritor nos dan la bienvenida en la exhibición del transbordador espacial Atlantis. A un costo de $100 millones, es la experiencia más emocionante del complejo para visitantes. Empezamos nuestro recorrido en este punto, el más lejos del parque, y pasamos el día en contra de la marea de turistas.

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Un grupo de turistas pasa frente al mural de la Estación Espacial Internacional en el centro de visitantes del Centro Espacial Kennedy en la Florida. Fabiola Santiago Fabiola Santiago

Que inteligente, pensaba, pero no estaba preparada para el impacto emocional de la manera dramática que presenta el gigantesco Atlantis, que ha viajado de aquí al espacio y de vuelta 33 veces. Esto no es una réplica, sino el verdadero aparato, desplazado horizontalmente en toda su grandeza con la puerta del compartimiento de carga abierto, que revela todo su interior.

En cualquier día normal, me dice un trabajador del Centro Espacial Kennedy, la gente derrama lágrimas frente a esta vista tan íntima del histórico ícono de los vuelos espaciales.

Pero yo lo que siento es más profundo que el asombro.

No estoy preparada para el banquete de emociones que me traerá la experiencia de visitar el Centro Espacial Kennedy en momentos que el país celebra del 50 aniversario del alunizaje del Apollo 11.

La vista dominante del Atlantis evoca emociones, pero fue la nave Apollo la que encendió mi imaginación de niña, cuando tenía la misma edad que mi nieto tiene ahora y mi vida estaba por cambiar para siempre.

Mientras Dev corre de un simulador de vuelo a otro, me sorprendo yo misma al empezar a contarle a un extraño: “Cuando era niña…”

Es como si hubiera esperado toda una vida para contar esta historia.

Verano del 69

En el verano de 1969, la conversación en mi familia —a puertas cerradas— era nuestra inminente partida hacia Miami en los Vuelos de la Libertad.

Habíamos esperado cuatro años por una visa de hermano a hermano de reunificación familiar y el permiso para salir de Cuba. Mi padre pagaba el precio de elegir el exilio en vez de sumisión al régimen comunista con trabajo forzado. Trabajaba el día entero sin pago en la agricultura, lejos de la familia. Muchas veces, de noche, escuchaba a mi mamá llorar.

Yo no quería irme de Cuba y dejar a mis amiguitos, mis primos, mis tíos y tías, y a mi querida abuela. Por fuera lucía la cara sonriente de siempre, por dentro estaba triste y asustada, hasta que ocurrieron dos cosas: mi mamá prometió comprarme un par de botas blancas altas estilo gogó cuando llegáramos a Estados Unidos. Y los americanos llegaron a la Luna.

Caminaron en la Luna.

¡Plantaron la bandera americana en la Luna!

A pesar de la censura en la televisión y radio cubana, toda la isla estaba pegada a La Voz de América en radio de onda corta y seguían el aterrizaje. Y así por un buen rato cambió el tema de conversación en mi familia.

Lo que mejor recuerdo es que mi abuela Ramona me dijo que eso no era cierto. Era imposible llegar a la Luna. ¡Los americanos lo habían filmado todo en Hollywood!

Pero mi madre, que había sido maestra y solo renunció para salir del país, me aseguró que sí era cierto. Y yo ya sabía algo sobre el espacio.

Tenía una perra pastor alemán que se llamaba Laika en honor al primer perro en el espacio, la perrita que los rusos pusieron en órbita en el Sputnik-2 en 1957 para estudiar los efectos del espacio en los seres vivos. Fue una muerte cruel para Laika. Murió cuando la nave espacial se sobrecalentó, pero ese final no lo sabía.

La noticia de los americanos caminando sobre la luna desató mi imaginación.

Vivir en un país capaz de explorar los cielos nutrió mi mente de niña de todo tipo de posibilidades. Empecé a acariciar la idea de venir a Estados Unidos y le abrí mi corazón a este país sin verlo.

Para esta refugiada cubana, el amor por Estados Unidos empezó con la noticia de la llegada a la Luna. Pensé que no podía ser tan malo vivir en el lugar, La Florida, desde donde se lanzó la misión espacial, ¿verdad?

Este es un doble aniversario para mi.

Los americanos llegaron a la Luna el 20 de julio.

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Refugiados cubanos bajan del primer Vuelo de la Libertad en el Aeropuerto de Miami el 1 de diciembre de 1965, ante un mar de familiares y reporteros que los esperaban. The Historical Museum of Southern Florida

Yo me fui de Cuba en un vuelo de Pan American World Airways desde Varadero el 7 de octubre, mi primer vuelo en avión, mi primer asiento con ventanilla, mi primer encuentro con el cielo de Sagan.

En Cuba no vimos el aterrizaje en la Luna. Cuba era un satélite ruso y eran tiempos de la Guerra Fría. Reinaba la censura.

“Yo seguí el aterrizaje por la Voz de América en un radio de onda corta escondido en un ropero toda la noche”, me dijo un amigo periodista que tenía entonces 34 años. “Al próximo día aparecieron dos líneas en un sumario de noticias en la última página del Granma. El tipo de letra era tan pequeño que casi necesitabas una lupa para leerlo”.

Las imágenes que recuerdo —y atesoro— de ver el alunizaje en un televisor blanco y negro deben de ser ya del exilio y la repetición del momento histórico en los noticieros.

Ya después de adulta, en una visita a Washington DC con mi esposo, padres e hijos, me encontraría con Columbia, el módulo de la nave Apollo 11 —donde vieron y volvieron a la tierra los astronautas Neil Armstrong, Edwin “Buzz” Aldrin y Michael Collins— en una exposición en el Museo Nacional Smithsonian de Aeronáutica y el Espacio.

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Los astronautas Neil Armstrong (izq), Michael Collins (centro) y Edwin A. Aldrin, en este retraro de la tripulación del Apollo 11 en 1969. NASA AP

Ese módulo fue la única parte de la nave que volvió a la Tierra.

Las otras dos —el módulo de servicio, donde estaba el sistema de propulsión y otros, y el módulo lunar, llamado “Eagle” (Águila), en el que Armstrong y Aldrin descendieron a la superficie de la luna y volvieron a la nave— fueron abandonados para que se estrellaran contra la Luna o se quemaran en el espacio.

Pero nunca olvidaremos las palabras de Armstrong al Control de Misión de la NASA en Houston: “El Águila ha alunizado”.

Ni tampoco la imagen de su huella en la superficie de la Luna y su pronunciamiento: “Este es un pequeño paso para [un] hombre, un gran salto para la humanidad”.

Recuerdos inolvidables

Mi nieto, tan entusiasmado como yo, me da las gracias por traerlo aquí cada vez que salimos de una nueva exposición: Viajes a Marte. Héroes y Leyendas. Es dulce y me saca de mis recuerdos. Necesito estar en el presente para explicarle el sentido homenaje al Challenger, en que murió una maestra, y otros tributos a astronautas que murieron y que la nación apenas recuerda.

Pero poco después de nuestra visita al Centro Espacial Kennedy, estamos en el Museo Frost de Ciencias de Miami cuando nos encontramos con una exposición también de la NASA “Apollo 50: El Próximo Gran Salto”.

A diferencia del amplio Centro Espacial Kennedy en Merritt Island —donde un autobús nos llevó a la exposición en el recinto Apollo/Saturn V Center sobre todas las misiones Apollo— este recordatorio es compacto. Pero toca los puntos necesarios, en particular el despliegue de obras literarias de los siglos XIX y XX que ilustran la fascinación con la Luna, como la novela La mujer en la Luna, de Thea Von Harbou, publicada en 1928.

¡Cuánto hubiera dado por leerme ese libro cuando era niña!

El mensaje es claro: la imaginación despierta la innovación. La ciencia y la resolución del espíritu humano llevaron la nave Apollo a la Luna, pero la cultura popular —libros, películas, juguetes— lo imaginaron mucho antes que fuera realidad.

¿Podríamos aterrizar mucho más allá otra vez?

Sin duda.

Yo tengo fijación con la Luna, pero a mi nieto lo que le fascina es Marte, y el descubrimiento de otros planetas.

Vuelvo a tomar demasiadas fotos de recuerdos del Apollo y leo los textos como si estuviera buscando algo querido que sigue eludiéndome.

Una mujer tan cautivada como yo por las minucias lunares me pone en el camino a lo que busco —significado, sentido— cuando le dice a otra: “Mis padres nunca se cansaron de decirme que nunca pudieron olvidar el día que di mi primer paso. Fue el día que Neil Armstrong caminó en la Luna. Un salto gigante para la humanidad, ¡y para mi!”

Y así fue para mí y para mi familia también, quería decirle.

Para nosotros, 1969 es punto que marca un antes y un después en nuestras vidas, el antes y el después del gigantesco paso al exilio que todos pensaban era temporal y se convirtió en un estado permanente de ser, una nueva piel, una segunda casa, y con el tiempo, la única piel, la única casa.

La llegada de los americanos a la luna representó lo que se logra cuando las posibilidades son infinitas, cuando la fuerza viene de la búsqueda de conocimientos, del trabajo duro y persistente, y cuando hay una abundancia de esperanza.

Para los inmigrantes como yo, estos atributos eran –y siguen siendo hoy– la esencia del Estados Unidos que amamos.

En estos tiempos, a veces es difícil recordarlo.

Pero el Apollo 11 me devuelve a ese país en un momento de fraternidad universal.

En cuanto a las botas blancas gogó, mami demoró años en cumplir su promesa, pero al fin las pude lucir con gusto.

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