Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: Cuba y Miami en el alma

Portada del Miami Herald el 8 de octubre de 1969, que incluía una historia sobre los intentos de los cubanos de salir escondidos en los compartimentos del tren de aterrizaje de los aviones.
Portada del Miami Herald el 8 de octubre de 1969, que incluía una historia sobre los intentos de los cubanos de salir escondidos en los compartimentos del tren de aterrizaje de los aviones. Archivo

He estado revisitando paisajes favoritos del Gran Miami donde formé mi vida; o dicho mejor, donde esta metrópolis me formó a mí. Recorridos que comenzaron con una pregunta que surgió en una animada conversación de sobremesa y que se me quedó grabada en la mente.

Todos éramos cubanoamericanos discutiendo llegadas y salidas, segundas casas y momentos vividos. Yo hablaba de alternativas a Miami, deseando otra geografía y buscando casa en voz alta. Este es un ejercicio que siempre comienza en un sitio cercano, con la tonada de “Where the Boys Are” de Fort Lauderdale de mi adolescencia, subiendo por la costa del este de la Florida hasta que, descontenta con las opciones, termina inevitablemente en algún sitio del otro lado del Atlántico.

“Pero”, me dice uno de los invitados a la cena tomando demasiado en serio mis fantasías, ¿puedes realmente irte de Miami?”

“Claro que sí”, respondo alardosamente para sobrevivir al momento y escapar del peso de la historia y la herida original.

El pasado martes se cumplió el 45 aniversario del trascendental Vuelo de la Libertad que me trajo a estas costas: un avión fletado de Varadero a Miami, un asiento junto a la ventana al lado de mi padre, el océano azul turquí debajo de nosotros, y mi madre y hermano menor al otro lado del pasillo. Traíamos tres mudas de ropa cada uno en una sola maleta. Me dolía el brazo por la vacuna que una enfermera, maldiciéndonos en voz baja por irnos del país, me había inyectado en el brazo izquierdo.

Yo tenía 10 años.

Todavía llevo la marca de su patriotismo.

Yo estaba triste, asustada – y entusiasmada.

Ese día adquirí el gen de viajar, y probablemente la adicción a las noticias también.

El día que me fui de Cuba, cuando esperaba para embarcar, vi unos jóvenes salir de un bosque cercano para tratar de montarse en el tren de aterrizaje del avión del vuelo anterior al nuestro. Y también ocurrió en el nuestro, como supe muchos años después como periodista cuando encontré la edición del Miami Herald del 8 de octubre de 1969, el día después de nuestra salida.

En este aniversario, una fecha que los exiliados cubanos marcan como un cumpleaños, una madre y sus dos hijas adolescentes aparecieron en la costa de Miami Beach.

Cinco décadas de un éxodo tras otro, y lo único que no cambia es que los cubanos continúan escapando de la isla hacia Miami.

Somos buenos en esto de irnos, pero yo soy mejor aún en llevarme conmigo los sitios que amo. Por eso entiendo lo que el escritor francés Patrick Modiano, que el jueves se ganó el Premio Nobel de 2014, quiso decir cuando comentó: “Para mí, París ha sido siempre algo interno”.

Para mí, la cubanidad es un estado mental. Para mí, Miami es un estado mental. Para mí, escapar es un estado de existir.

Cuba y Miami están vinculadas para siempre y ningún otro lugar encarna esto mejor que la Torre de la Libertad, el antiguo edificio del Miami News que se convirtió en un centro de procesar refugiados y que ha sido restaurado y convertido en un museo y un sitio de reunión, y donde actualmente se muestra una exhibición sobre los Vuelos de la Libertad y el Éxodo de Pedro Pan.

La torre, el refugio, fue el primer lugar que visité en Estados Unidos.

¿Puedo realmente irme de Miami?

¿Me he ido realmente de Cuba?

Mis muertos están enterrados en ambos lados del Estrecho de la Florida, una mezcla de historia, raíces y del sentido de pertenecer.

Puedo irme de Miami. Muchos de mis seres queridos lo han hecho. Pero esa partida sin duda la sentiría como un segundo exilio.

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