Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: Sin azúcar

Una cubanoamericana que visita a su familia y amigos en la isla todos los años — y me cuenta sus experiencias — me dijo poco después del extraordinario giro de 180 grados en la política de Estados Unidos hacia Cuba que lo que ella apreciaba más de mis columnas era que “no están marcadas por la sacarina sino por la realidad”.

“Es que ya no me queda azúcar para el tema de Cuba”, me salió responderle.

Seis meses después del histórico anuncio, esa verdad crece por día. Los cambios rápidos requieren más hechos y menos emoción, y aunque las emociones abundan en ambos lados de este nuevo día en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, lo que la gente necesita es menos retórica y más información real acerca del rumbo que estos cambios van a tomar. La clave debe ser la verdad y no la manipulación emocional.

Es por eso que veo la apertura de embajadas en La Habana y en Washington con pragmatismo.

Es por lo que continúo tomando notas de las violaciones de derechos humanos que el gobierno cubano comete con horror a la vez que puedo continuar abrigando la esperanza (noten que no usé la palabra “convicción”) de que la apertura entre ambos países — bajo la deslumbrante luz de los principios democráticos — sigue siendo el camino hacia el futuro.

Dicho esto, hay que tener un estómago fuerte para digerir las noticias de lo que ocurre en Cuba.

Un día diplomáticos de Estados Unidos y Cuba intercambian cartas comprometiéndose a reanudar relaciones diplomáticas, abrir sus respectivas embajadas, y el líder cubano Raúl Castro acepta cumplir con la Carta Magna de Naciones Unidas y la Convención de Viena y, según dice textualmente su carta, “promover y alentar el respeto por los derechos humanos y libertad fundamental para todos”.

Y tres días más tarde sus esbirros golpean y arrestan a disidentes en La Habana.

Bajo las narices de comunes visitantes estadounidenses que disfrutan su recién bendecido estatus legal en La Habana y a la luz de un mundo conectado a la modernidad, Antonio Rodiles, uno de los líderes disidentes pacíficos de Cuba — un hombre de elocuencia intelectual en el campo de los derechos civiles — fue esposado y metido a empujones en un vehículo de la Seguridad del Estado en el que le rompieron la nariz de un puñetazo, manchándole la camisa de sangre.

Fue uno de los casi 100 disidentes arrestados y golpeados por la policía cubana en La Habana por haberse sumado a las Damas de Blanco en su marcha semanal a la salida de la iglesia para pedir la liberación de los cubanos encarcelados por ejercer los derechos universales que el gobierno cubano les niega.

Este domingo volvieron a la tarea, arrestando violentamente a unas 80 integrantes de las Damas de Blanco, a unos 30 activistas de varias organizaciones de resistencia, incluyendo a Jorge Luís García Pérez “Antúnez,” y a la artista Tania Bruguera. Después de asistir a misa, el grupo se había congregado en el Parque Gandhi para efectuar una protesta pacífica.

El abuso, sin embargo, no debe sorprendernos. El 25 de junio, mientras negociaban el histórico paso hacia la restauración de relaciones diplomáticas, el Departamento de Estado de Estados Unidos, en su informe anual mundial, señaló a Cuba como un país violador consuetudinario de los derechos humanos .

“Negociar no es lo mismo que apoyar”, dijo Tom Malinowski, secretario adjunto de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo, explicando cómo la administración de Obama podía condenar y negociar al mismo tiempo. “Nuestra apertura hacia Cuba ... fue diseñada porque sentimos que nuestra nueva política se ajustaba mejor a la promoción de los derechos humanos en Cuba que la política anterior. Creemos firmemente que a la larga ... esto nos colocará en una posición mucho más fuerte para promover los derechos humanos y alinearnos con la sociedad civil en la isla”.

¿Acaso fue ese informe — que también denunciaba a Irán — circulado y comentado en los medios sociales por las facciones en pugna en torno a la política de Estados Unidos hacia Cuba?

Nada de eso. Simplemente no encajó en la agenda de nadie en un mundo al parecer más transparente que nunca, aunque sin matices, ni verificaciones de la realidad ni de los hechos mismos.

En la cacofonía de opiniones y exabruptos transmitidos mediante el ingenioso hashtag conceptual — puro ruido — Castro puede salirse de una promesa vacía expresada en papel y cometer su violenta opresión.

Todo lo que el Departamento de Estado diría sobre la represión el martes pasado es que la administración está “preocupada” y permanecería expresándose “verbalmente y con toda candidez” acerca de la violación de los derechos humanos, pero que no atrasaría el proceso de normalización de relaciones.

Operar bajo el velo de la diplomacia ha sido el sello distintivo de este proceso.

El Departamento de Estado está dispuesto a discutir un cronograma y detalles de procedimiento con la prensa, pero no se ha revelado ninguna información significativa sobre lo que se ha negociado con el gobierno cubano. Ni siquiera los periodistas que cubren esta historia tienen acceso a la información, y eso es parte del problema. No hay información, pero cada cual opina lo que se le antoja.

Y es difícil no hacerlo cuando, si fuéramos a comparar los beneficios que Estados Unidos ha otorgado al gobierno cubano con las libertades logradas por el pueblo cubano, Castro aparecería en el lado ganador de la estrategia.

¿De qué otra manera pudieran los golpes y arrestos venir seguidos de la noticia de que la compañía de cruceros más grande del mundo — Carnival, con sede en el sur de la Florida — ha recibido una licencia del gobierno de Estados Unidos para transportar multitudes de turistas a Cuba para 2016?

No importa el matiz que quiera dársele, los cruceros son la manera más frívola de viajar, y las cláusulas escritas en letra pequeña de este acuerdo están llenas de restricciones turísticas que sólo pueden beneficiar al gobierno cubano.

Pero no, no me siento traicionada por el presidente Obama. Y tampoco me siento jubilosa sobre el nuevo estado de las relaciones. No hay suficiente información para aprobar o condenar y, como en la época del detente, no existe una bola de cristal.

Lo único que sí sé es ... que se me acabó el azúcar.

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