Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: Más allá de Cuba

Mientras los estadounidenses mantienen su vista enfocada en Cuba, una tragedia humanitaria se desarrolla en una isla vecina con fuertes lazos con el sur de la Florida: Hispaniola. Sin embargo, apenas se percibe la indignación por el destino de los miles de dominicano-haitianos desplazados por un conflicto que tiene todas las características de una limpieza étnica.

Ni los reportajes ni las conmovedoras fotos y videos de familias haitianas separadas y expulsadas de la República Dominicana han podido mover la montaña de opinión pública en medio de la fiesta noticiosa de Cuba y Estados Unidos.

Pero debemos alzar nuestra voz a los cuatro vientos. Si no lo hacemos nosotros, ¿quiénes lo van a hacer?

Somos el hogar de una de las más grandes comunidades haitianas en este país y los haitiano-americanos juegan papeles importantes en la política, las artes y la cultura. También somos el hogar de una comunidad, más pequeña pero no menos importante, de dominicanos, y ambos países son lugares que los miamenses frecuentan en sus viajes. Algunos de nuestros residentes más adinerados tienen segundas casas en República Dominicana y Haití y nuestras voces pueden constituir una fuerza que provoque un cambio positivo.

Entonces ¿por qué nos hemos distanciado tanto de la calamidad que está ocurriendo en la frontera entre dos países que comparten una isla y andan a las greñas en torno a cuál país pertenecen los que abarcan esos dos mundos?

Las familias haitianas que han vivido y trabajado en República Dominicana todas sus vidas — en algunos casos durante generaciones — están siendo obligadas a salir del país multitudinariamente. La policía militar las están recogiendo en las calles de los pueblos fronterizos, les piden sus documentos de ciudadanía y, al menor titubeo, las colocan en autobuses y las sueltan en la frontera.

Niños dominicanos de ascendencia haitiana ven cómo se llevan a sus padres.

“Nos tratan como perros”, dijo un hombre en un reportaje reciente del Canal 10 WLPG desde la frontera.

La crisis se originó en una malintencionada y excluyente enmienda a la Constitución dominicana eliminando la ciudadanía adquirida por nacimiento, seguida de una orden del Tribunal Supremo que dicta que la nueva ley se aplique a los nacidos en la República Dominicana a partir de 1929. Esto convierte a 200,000 dominicanos de ascendencia haitiana en personas sin patria.

Aunque después de una indignación internacional de poca duración se estableció un proceso para que los haitianos obtengan su ciudadanía, la medida está llena de obstáculos y requisitos burocráticos que muchos dominicano-haitianos no pueden cumplir. Menos del 2 por ciento de los desplazados pueden cumplir con los requisitos, según los miembros de organizaciones de ayuda. Y los haitianos sin documentación alegan que todavía los tienen marcados para expulsarlos y viven con miedo de poner un pie fuera de sus casas.

Algunas voces en Miami se han alzado en su defensa, incluyendo la del alcalde de Miami, Tomás Regalado, quien escribió una carta al presidente dominicano expresando su preocupación.

A principios del mes pasado, a instancias de Jean Monestime, presidente haitiano-americano de la Comisión del condado de Miami-Dade, la comisión condenó la deportación masiva y pidió al gobierno dominicano que reconsidere sus políticas.

“La indignante conducta del gobierno dominicano hacia sus ciudadanos y migrantes de ascendencia haitiana es una afronta a los derechos humanos y trae a la memoria el genocidio auspiciado por el gobierno en 1937 de miles de haitianos en la República Dominicana”, dijo Monestime en una declaración. “Me uno a la comunidad internacional para condenar vigorosamente estas políticas racistas y hago un llamado al gobierno dominicano a que detenga las deportaciones y restaure los derechos de ciudadanos de descendencia haitiana”.

Los legisladores en Estados Unidos — incluyendo a la delegación de Miami-Dade al Congreso, que actúa con tanta rapidez sobre cada pequeño detalle del tema cubano — han permanecido taciturnos en torno a una crisis que es demasiado real y que merece la atención de Washington.

El cruel trato de la República Dominicana hacia sus ciudadanos haitiano-dominicanos no puede seguir ignorándose. Es hora de que la gente influyente del sur de la Florida que mantiene relaciones comerciales con República Dominicana ponga fin a su silencio y se disponga a ayudar a encontrar un justo cambio a esta situación.

¿Por qué?

La escritora haitiano-americana radicada en Miami, Edwidge Danticat, responde esa pregunta brillantemente en la cadena de radio NPR: “Usted seguramente recuerda aquella antigua máxima: Primero vinieron a llevarse a mi vecino y yo mantuve silencio. Luego vinieron a llevarse a mi amigo y otra vez guardé silencio. Finalmente vinieron a llevarme a mí y no hubo nadie que hablara en mi defensa”.

La voz de los miamenses puede ser una fuerza favorable a un cambio. No permitan que la fealdad de una limpieza étnica prosiga bajo nuestra vigilancia y delante de nuestras propias narices.

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