Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: La política del tocino frito

Los tiempos son exasperantes.

Está una en el salón de belleza de su vecindario, con los pies en agua tibia burbujeante después de una semana sobrecargada de trabajo y su pedicura arreglándole los pies, cuando la mujer sentada al lado, una farmacéutica, comienza a hablar de ... campos de tiro.

Y así, como si estuviera discutiendo un cambio de color en el esmalte de uñas, le cuenta a su pedicura, en alta voz para que todos la oyéramos, que tuvo que dejar de ir al estresante campo de tiro en Hialeah pero ha encontrado uno sin tanta gente y con aire acondicionado en Pembroke Pines.

“No podía soportar más el de Hialeah”, dice. “Había niños corriendo de un lado a otro todo el tiempo”.

Con la espalda rígida y la mente fija en la imagen de niños corriendo de un lado a otro en un sitio donde la gente está disparando sus armas de fuego, una hace una nota mental de recordar traer la próxima vez tapones para los oídos. Pero no hay manera de alejarse de la loca obsesión que este país tiene con las armas de fuego ... y sus consecuencias.

Se va una la cama el domingo después de salir del salón no sin antes oír la noticia de última hora de que un padre en Davie le ha disparado a su hija de 12 años cuando le estaba mostrando cómo manejar una pistola de manera “segura”.

El martes el día empieza con la noticia de que un niño de 3 años en Miami se subió a una silla, abrió la gaveta de la cómoda y según su madre agarró la pistola cargada de su padre y se dio un tiro en la cabeza.

Cada uno de esos incidentes es de por sí suficientemente horrible. Pero no es más que el número de incidentes de un ciclo noticioso de 24 horas que le sigue a un tiroteo fatal en Cooper City, donde un niño de 14 años que jugaba en el garaje con el arma de su padrastro le dio un tiro en la cabeza a su amiguito delante de su hermano. Dos familias cambiadas para siempre, para siempre de luto.

Los tiempos son exasperantes. No son sólo “gente loca” los que disparan sus armas de fuego en teatros, iglesias, escuelas y centros comerciales. También lo hacen niños y padres.

¿Quién está a salvo de todo esto? Nadie.

En una cultura que venera la posesión de armas de fuego y expone a los niños a ellas como si fuera algo de qué sentir orgullo, una niña no puede estar segura ni en su propia casa. Ni siquiera está segura de su padre, quien puede tener buenas intenciones, pero que, al igual que otros dueños de armas de fuego que conozco, actuó tan seguro de que no ocurriría nada y tan convencido de que la única opción en este mundo es aprender a manejar una maldita pistola.

En una cultura que expone constantemente a niños a la violencia, ni siquiera un niño pequeño está protegido de sus propios impulsos, de su inocente curiosidad.

La culpa la tenemos todos nosotros, los adultos.

Algo anda mal cuando un chiflado senador republicano, Ted Cruz de Texas, se divierte mostrándonos en un video en YouTube cómo se come su tocino frito con el calor de una ametralladora.

Es tan admirador este señor de la Asociación Nacional de Armas de Fuego (NRA por sus siglas en inglés) que le gusta su tocino con residuos de pólvora.

Los tiempos son exasperantes.

“Estos tiroteos tienen que terminar”, ruega la comediante Amy Schumer, reaccionando al tiroteo de Louisiana en un teatro repleto en el que murieron dos mujeres y otras nueve personas resultaron heridas durante la película Trainwreck, en la que ella tiene el papel principal.

Schumer le pide a la gente que respalde soluciones sensatas que mejoren el sistema de revisar los antecedentes que con frecuencia falla, y pide además que se adjudiquen fondos para iniciativas sobre el cuidado de los enfermos mentales.

“No sé qué más decir”, dice con voz quebrada.

Nosotros tampoco sabemos.

La niña de 12 años que recibió un disparo de su padre en el antebrazo ha tenido suerte y se recupera en un hospital local. El niño de 3 años lucha por su vida en Centro Ryder de Traumas del Hospital Jackson Memorial. El chico de 14 años enfrenta cargos de homicidio involuntario mientras su amigo recibe sepultura.

Y una mujer cuya profesión es administrar medicinas practica su puntería con un arma de fuego, en el total confort de aire acondicionado con sus uñas de los pies bien arregladas.

¿Y el senador chiflado? Es un candidato a la presidencia.

Los tiempos son exasperantes.

  Comentarios