Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: El mar que nos separa

Todos pertenecemos al mar que nos separa” .

— El poeta cubanoamericano Richard Blanco, leyendo su obra conmemorativa Cosas del mar en la ceremonia de apertura de la embajada de Estados Unidos en La Habana.

La bandera de estrellas y franjas ondea otra vez en La Habana y nos trae a la mente a otro poeta cubano, Heberto Padilla.

“Los poetas cubanos ya no sueñan”, escribió Padilla en Fuera del Juego, el libro de poemas más valiente que se ha escrito en la isla, un rechazo desgarrador de la complicidad de intelectuales con lo que se había convertido en una dictadura despótica firmemente arraigada, en 1968, el año en que el poeta Richard Blanco nació en Madrid de padres cubanos exiliados.

La galardonada poesía de Padilla le costó ser encarcelado, torturado y finalmente obligado a refugiarse en la seguridad (aunque no precisamente el consuelo) del exilio, gracias a la intervención de un Kennedy. También amaba el mar, una especie de requisito para ser cubano, pero murió del corazón lejos del mar en un pueblo sureño de Estados Unidos, desencantado no solo por su distanciamiento de la tierra que amaba, sino también por la política divisoria del exilio.

Pienso que Padilla se habría emocionado hoy, como muchos de nosotros, por la poderosas imágenes de este histórico momento y por la cadencia del llamado de Blanco a “contemplar los lúcidos azules del horizonte que compartimos y respirar juntos, sanar juntos”. Pero Padilla, un hombre “envejecido de claridad,” habría tal vez alertado a Blanco de los peligros y limitaciones de ser un poeta de la oficialidad, con el pie en la línea, demasiado cerca de lo cursi, demasiado lejos de la verdad.

Padilla también señalaría las fisuras de una acertada estrategia de acercamiento, lamentablemente acompañada de acciones incongruentes.

Este momento de apertura no habría sido posible sin la infatigable presión que los disidentes cubanos han ejercido sobre el gobierno cubano, arriesgando sus vidas, recibiendo palizas, cumpliendo tiempo en la cárcel por exponer las violaciones de los más básicos derechos humanos.

Sin embargo, ni un solo disidente fue invitado a la ceremonia, y la excusa de falta de espacio ha quedado negada por las fotos que muestran que había lugar de sobra.

El gobierno cubano se aseguró de que los disidentes no se acercaran. A pesar de que se le permitió al público observar la ceremonia desde fuera de la embajada, la policía cubana se encargó de mantener a los disidentes lo más lejos posible. Damas de Blanco que todos los domingos marchan pacíficamente fueron arrestadas, según los informes, para evitar que se acercaran a la embajada.

La gloriosa bandera de estrellas y franjas ondea otra vez en La Habana, un formidable símbolo de libertad y democracia con un sereno mar azul de fondo, aunque encerrada dentro de altas rejas que rodean la embajada reabierta, una isla dentro de otra isla. Ya no es la bandera del enemigo, sino del “vecino”, como describió la nueva frágil relación entre ambos países el secretario de Estado John Kerry en su discurso.

En cambio, el gobierno cubano considera enemigos a sus propios ciudadanos (incluyendo a periodistas cubanoaméricanos con conocimiento interno y afinidad con la poesía de Padilla). ¿Por qué? Por pensar diferente y abogar por las mismas reformas que mencionó Kerry en su discurso.

Fue un memorable discurso el de Kerry, con referencias calculadas pero fértiles, incluyendo las contribuciones que han hecho los cubanoaméricanos en Estados Unidos, una mención más importante aún por haberse transmitido el discurso por la televisión cubana, no editado y censurado como es costumbre allí, sino completo.

“Seguimos convencidos de que el pueblo de Cuba estaría mejor servido por una democracia genuina, con libertad para escoger a sus líderes, expresar sus ideas” dijo Kerry, “…donde las instituciones respondan a aquellos a quienes sirve y la sociedad civil sea independiente y se le permitiera florecer”.

Esas palabras, igual que la bandera, constituyen un faro de esperanza en medio de una dictadura que ha durado demasiado tiempo, los 56 años de mi propia vida.

En uno de sus poemas Padilla dijo:

Di la verdad.

Di, al menos, tu verdad.

Y después

deja que cualquier cosa ocurra:

que te rompan la página querida,

que te tumben a pedradas la puerta,

que la gente

se amontone delante de tu cuerpo

como si fueras

un prodigio o un muerto.

Él era un hombre de su tiempo. Y del nuestro.

Sí, la bandera de estrellas y franjas ondea otra vez en La Habana. Los poetas vuelven a soñar. Pero la libertad sigue siendo el rehén más fuertemente custodiado de la dictadura.

Es ancho el mar que nos separa.

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