Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: La visita de Francisco El Bueno

Lo confieso: Soy una mala católica. Soy además una mala cubana, demasiado americanizada después de cuatro décadas de ciudadanía. En los términos de Trump, soy una mala americana por sentirme cubana cuando oigo repiquetear los tambores.

Entonces llega el Papa Francisco, un líder espiritual para tiempos de fatiga, a tratar de entregarnos el milagro de reconciliar la tiranía con la democracia, tendiendo un puente sobre los amplios espacios que separan a los dos países a los que pertenece mi alma dividida.

Después de su visita de tres días a La Habana, Holguín, El Cobre, y Santiago, el pacificador entre el férreo Raúl Castro y el presidente Barack Obama se convertirá en el primer Papa que hable frente al Congreso de Estados Unidos. Y es así que los fuegos artificiales políticos se ajustan al calendario de este Papa reformador (“¡Dios no le teme a lo nuevo!”), un “Papa del pueblo” y moderno, quien gustosamente se tomar selfies con adolescentes que visitan la Basílica de San Pedro, y quien todavía no ha encontrado un tema al que no se acerque con compasión.

“¿Quién soy yo para juzgar?”, fue su famoso comentario sobre el tema de los católicos gay.

Esta tercera visita papal a Cuba bajo el largo régimen de los hermanos Castro es trascendental, no sólo por el momento crucial en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba que el Papa Francisco ayudó a crear, sino porque es recibido en este hemisferio como “uno de nosotros”.

Francisco es un hombre del mundo, pero con raíces en la cultura latina. Habla nuestro idioma. Conoce íntimamente nuestra historia. Su nombre es Jorge Mario Bergoglio, un argentino humilde y encantador. Seguramente a Francisco no se le escapa el irónico contraste que existe entre su “misión de misericordia” y el papel destructivo del otro argentino que hizo historia en Cuba: la silueta gigante de Che Guevara estuvo junto a la extraordinaria e imponente figura del Papa Francisco cuando celebró misa en la Plaza de la Revolución el domingo, una visión surrealista de verdugo y santo.

Las emociones y expectativas suben y bajan. Pero, a regañadientes, y a pesar de toda la evidencia de que no debería hacerlo, sucumbo ante el encanto de Francisco y deposito mis esperanzas en su jornada apostólica.

El Papa Juan Pablo II recobró en 1998 las libertades religiosas que el tipo de comunismo de Fidel Castro había proscrito. Fue aquel Papa quien hizo regresar a Cuba la Navidad y el sentido de comunidad, cuyo impacto movió a otras religiones a experimentar también un resurgimiento. En su presencia, la odiosa imagen del Che se desdibujó en el fondo.

“No tengan miedo”, le dijo Juan Pablo al pueblo cubano.

Muchos le tomaron la palabra y se manifestaron haciendo renacer el pluralista movimiento disidente que hoy se conoce en todo el mundo. Es por eso que el gobierno cubano, temeroso de la verdad y la luz, ha arremetido contra los disidentes y las pacíficas Damas de Blanco, arrestándolas al salir de la iglesia en los últimos 22 domingos anteriores a la visita. El Papa Francisco debe interceder y demandar que se ponga en libertad a los presos políticos, especialmente al joven artista Danilo Maldonado, conocido como El Sexto.

¿Puede el pueblo cubano, con sus libertades básicas restringidas, depositar su fe en un pontífice mientras los represores mantienen casi todo el poder?

No se puede cambiar en una visita papal — o en tres — lo que ha tomado más de cinco décadas destruir.

Sospecho, sin embargo, que en la presencia de Francisco El Bueno, hasta los malos católicos anclados en la estruendosa realidad de Miami han prendido velas y una vez más abrigan la esperanza de que Dios los está escuchando.

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