Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: La necesidad de la reforma migratoria

Y ahí estaba, el presidente en quien el joven Julio Calderón había depositado sus esperanzas, anunciando en televisión a todo el país su decisión histórica de sacar de las sombras y proteger a millones de inmigrantes indocumentados.

Pero a Calderón las palabras del presidente Barack Obama le resultaron un poco amargas.

“No, a mí no me beneficia”, me dijo sin mucho entusiasmo el joven de 27 años que estudia en la Universidad Internacional de la Florida. “Me dejaron fuera”.

Una vez más este meritorio joven que ha estado trabajando como voluntario en grupos que abogan por los derechos de los inmigrantes, participando en demostraciones para elevar la conciencia sobre el tema y reuniéndose con funcionarios electos para persuadirlos a que cambien su actitud ante temas como el de aplicarles cuotas de matrículas de residentes del estado a los Dreamers (Soñadores), no clasificó para ninguno de los beneficios que el presidente está ofreciendo a través de su orden ejecutiva.

Como tampoco clasificó su hermano gemelo Jesús, un joven religioso tan asustado de tener que regresar a Honduras que se mantiene oculto en esas sombras proverbiales que evocó el presidente.

Para los cinco millones de inmigrantes indocumentados que se calcula estarán protegidos de ser deportados por la orden presidencial — y para los que creemos que la energía y la contribución económica de los inmigrantes beneficia a todos los estadounidenses — el anuncio de la noche del jueves fue uno de los mejores momentos de la presidencia de Obama.

El presidente no solamente desafió a un Congreso que no hace nada — y que ahora es más conservador, más combativo y más indispuesto que nunca a aprobar reformas que beneficien a inmigrantes — pidiéndoles a los legisladores que aprobaran un proyecto de ley de reforma migratoria, sino que echó abajo su propia política de deportación que había alcanzado una cifra récord.

Mediante la decisión de utilizar sus poderes ejecutivos para suavizar el criterio sobre quiénes deben ser deportados — “delincuentes, no familias”, dijo — Obama puso fin a la desesperación de millones de familias en las que uno de los padres enfrentaba ser deportado.

Así y todo, la acción limitada del presidente para proteger a inmigrantes deja fuera a personas como Calderón, uno de otros seis millones de inmigrantes indocumentados que por una u otra razón no cumplen los requisitos del estricto criterio de las directrices.

Una vez más, no importa cuán duro haya trabajado, ni cuán duro haya estudiado o cuánto haya servido a los demás conscientemente, Calderón simplemente no clasificó debido a una diferencia de días en el calendario.

La noticia deja el estatus migratorio de la familia de Calderón intacto — un rompecabezas: Sus padres están aquí bajo un estatus de protección temporal concedido a refugiados de países con problemas como Honduras.

La hija Sonia, de 12 años, nació en Estados Unidos y es por tanto ciudadana. El hijo más joven Franklin, de 19 años, fue uno de los beneficiados por el estatus de acción diferida concedida por el presidente a los Dreamers en 2012 y recibió la cuota de matrícula que se aplica a los residentes del estado de la Florida por la que su hermano luchó.

Pero los dos hermanos mayores, los gemelos Julio y Jesús, no clasifican para nada debido a su fecha de nacimiento.

Los gemelos llegaron a Estados Unidos 25 días después de cumplir 16 años — por lo cual sobrepasaron en menos de un mes la edad establecida para los llamados Dreamers. Ellos viven como hijos americanos de indocumentados que son, se sienten americanos, pero no están protegidos por el programa de Acción Diferida que los podría proteger de ser deportados.

La nueva orden de Obama protege a los padres, pero no a los hermanos.

La orden ejecutiva del presidente Obama es ciertamente algo digno de celebrar, pero tal como lo ilustra el caso de esta familia, está lejos de todo lo que los 11 millones de indocumentados que se calcula viven en el país necesitan de una reforma migratoria.

En una noche en que la nación se dividía entre los que veían programas melodramáticos acerca de hospitales y vampiros y los que sintonizaron al canal público de PBS o los canales nacionales en español para escuchar al presidente en una mezcla de alegría y lágrimas, el hashtag de MundoFox en Twitter lo resumía todo: #algoesalgo.

O, como dice el refrán, “Del lobo un pelo”.

Con ese algo, el presidente no solamente anunció una decisión histórica, sino que le devolvió al debate sobre inmigración el sentido de humanidad que le ha faltado en los últimos años de discursos cargados de odio y discusiones fallidas secuestradas por el Congreso.

“Somos y siempre seremos una nación de inmigrantes”, dijo el presidente. “Fuimos también extranjeros una vez. Y aunque nuestros antepasados hayan cruzado como extranjeros el Atlántico, el Pacífico o el Río Grande, estamos aquí porque este país les dio la bienvenida y les enseñó que ser estadounidenses es algo más que nuestra apariencia o nuestros apellidos o nuestras religiones. Lo que nos hace estadounidenses es nuestra compartida dedicación a un ideal: que todos hemos sido creados iguales y todos tenemos la oportunidad de hacer de nuestras vidas lo que nos propongamos”.

Palabras esas que fueron conmovedoras y reconfortantes para gente realmente cansada.

Sin embargo, Julio Calderón, que transita entre un empleo humilde en un hotel y una matrícula a sobreprecio pagada de su propio bolsillo en FIU, merecía algo más que palabras que él considera fueron cuidadosamente escritas en otro esfuerzo vano por aplacar a la oposición política.

Pero hubo una mínima señal de esperanza en el desafío que el presidente le presentó al Congreso.

“Y para aquellos miembros del Congreso que cuestionan mi autoridad para hacer que el sistema de inmigración funcione mejor, o cuestionan mi acierto de actuar cuando el Congreso no lo haga, tengo una sola respuesta: Aprueben un proyecto de ley”.

Sobre ese punto, Calderón, uno de los rostros de la reforma migratoria, no podría estar más de acuerdo.

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