No hay salvador para el Partido Republicano
Lo siento, Sr. Presidente de la Cámara, pero a estas alturas de la campaña presidencial –sumergida ya profundamente en la práctica del odio– su llamado a limpiar la imagen del Partido Republicano suena demasiado vacuo.
Tiene usted un retraso de siete años para apelar a la cordura y el respeto.
No es posible que el Partido Republicano hable como racista, actúe como racista y apoye el racismo, y luego, temeroso de la implicaciones de los discursos de odio y de la perspectiva de perder no sólo la Casa Blanca sino también escaños del Congreso, apele a una retirada de ese rumbo con una frase preconcebida para la televisión el día conocido como Supermartes.
“Este partido no explota los prejuicios de la gente. Apelamos a sus más altos ideales. Este es el Partido de Lincoln”, dijo el Presidente de la Cámara, Paul Ryan, al tiempo que las victorias previstas en 11 primarias estatales acuñaban el título de “nominado republicano Donald Trump”, concediéndole una mayor realidad.
“Hoy quiero ser bien claro”, dijo Ryan. “Si alguien quiere ser el nominado del Partido Republicano, no puede incurrir en evasivas y en juegos. Debe rechazar cualquier grupo o causa que tenga raíces en el fanatismo racista”.
Demasiado poco, demasiado tarde.
Trump no ha hecho más que darle un rostro a la agenda discriminatoria establecida durante mucho tiempo y al creciente radicalismo desde la elección del presidente Barack Obama. Los republicanos moderados –aquellos que trabajaban con el otro partido, que procuraban acuerdos bipartidistas y respetaban libertades religiosas que datan de la época de los fundadores– son cosa del pasado.
Todos los que encabezan la campaña –incluyendo a hijos de inmigrantes como Marco Rubio, de Miami, y Ted Cruz, de Texas– han montado un exhaustivo despliegue contra los inmigrantes para congraciarse con ultraconservadores y evangélicos en cada discurso pronunciado antes de elevarse como candidatos. No hacían más que cumplir con la agenda republicana en Washington.
El muro de Trump es el muro del Partido Republicano.
El rechazo inicial de Trump de condenar al ex líder del Ku-Klux-Klan David Duke, alegando que no había realizado suficientes “investigaciones” –en su intento de mantener felices a los fanáticos con vista al Supermartes– es sólo un reflejo de hasta dónde ha llegado el liderazgo del Partido Republicano en establecer un tono nacional de insolencia e intolerancia.
El partido no ha sido capaz de dirigir, y lo que ha hecho es seguir y consentir a votantes nostálgicos de los días en que el matrimonio era una unión de orden patriarcal, cuando no existía el Derecho al Voto y cuando los afroamericanos no podían siquiera soñar con votar, mucho menos ocupar un cargo público.
Antes de la candidatura de Trump, este tipo de republicanos podía considerarse una pequeña minoría. Ya no podemos gastarnos el lujo de creerlo cuando existe tanta evidencia contraria. Trump cita a Benito Mussolini, defiende haberlo hecho y a sus seguidores les gusta. Las encuestas a la salida de los precintos de Carolina del Norte indican que Trump ganó con el apoyo de republicanos que quieren que los indocumentados sean deportados inmediatamente y que a los musulmanes que no sean ciudadanos norteamericanos se les niegue la entrada al país. Y el 20 por ciento de los que votaron por Trump creen que los esclavos nunca debieron haber sido liberados.
Los republicanos leales que no comparten estos puntos de vista se sienten dolidos por la intolerancia, pero es demasiado tarde para un rescate. El daño está hecho. Trump ha obtenido triunfos con ventajas de dos dígitos. Eso no es un voto minoritario.
Los republicanos del 2016 son lo que son. Y no existe quién los salve.
Esta historia fue publicada originalmente el 6 de marzo de 2016, 2:51 p. m. with the headline "No hay salvador para el Partido Republicano."