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Fabiola Santiago

Después de la masacre de Orlando, hablemos de armas, no de identidad étnica

El senador Bill Nelson habla con la prensa después de prestar respetos a las víctimas de la masacre en el club Pulse, el jueves en el Dr. Phillips Center for the Performing Arts en Orlando.
El senador Bill Nelson habla con la prensa después de prestar respetos a las víctimas de la masacre en el club Pulse, el jueves en el Dr. Phillips Center for the Performing Arts en Orlando. TNS/Sun Sentinel

No pasó mucho tiempo para que el tiroteo masivo más mortífero en nuestra historia fuera usado por los políticos para dividirnos.

Cuando no se conocía aún el número de víctimas, y parientes y amigos trataban desesperadamente de encontrar a los que faltaban, y las autoridades investigaban pistas, los políticos de la Florida se lanzaron a los micrófonos en la macabra escena de los hechos en Orlando.

No es una sorpresa que el gobernador republicano Rick Scott sólo tuvo oraciones y menciones del amor por sus hijos y nietos, ignorando el problema de que se pusieran legalmente armas de fuego de nivel militar en las manos de un joven violento en la Florida, estado amante de las armas.

Los problemas “sociales”, dijo, se resolverían más tarde.

Era demasiado pronto para hablar sobre un estadounidense de nacimiento, con problemas mentales y en una lista de vigilancia por sospecha de terrorismo debido a sus expresas simpatías por ISIS, quien pudo comprar en una tienda local de armas de fuego un Sig Sauer MCX, un rifle de asalto desarrollado para las fuerzas de operaciones especiales de EEUU.

Era demasiado pronto para mencionar que Estados Unidos representa el 5 por ciento de la población mundial, pero es responsable por el 31 por ciento de los tiroteos masivos del mundo. La cuenta hasta este momento de los tiroteos donde cuatro o más personas resultaron muertas o heridas en este año, de acuerdo con el Gun Violence Archive (Archivo de la Violencia por Armas de Fuego): 136 tiroteos masivos en 164 días.

Demasiado pronto para recordar que senadores republicanos bloquearon la reforma más modesta de los chequeos de antecedentes en el 2013, al mismo tiempo que los padres de 20 niños muertos recorrían las salas del Congreso rogando a los legisladores que se ocuparan del uso seguro de armas de fuego. Y una vez más, en los días que siguieron a la masacre de San Bernardino el año pasado, ellos rechazaron un proyecto de ley que se proponía impedir que terroristas compraran armas de fuego por vía legal.

¿A quién culpar?

Pero no era demasiado pronto para sacar el tema de los estadounidenses con raíces en otro país como parte del problema luego que un loco atacara un club nocturno gay en la noche latina, en que alrededor de la mitad de los 49 muertos resultarían ser puertorriqueños y cubanos.

No, no fue demasiado pronto para el senador Bill Nelson que asoció –nada menos que con un terrorista– a todos los que celebramos las raíces de nuestra identidad.

Nelson dijo a la prensa que la comisión congresual de inteligencia creía que el tirador podría haber tenido vínculos con ISIS. Luego, se puso a lamentarse de la violencia.

“En dos noches sucesivas hemos tenido asesinatos [en Orlando], la cantante que actuó en vivo en la Plaza y que resultó muerta a tiros hace dos noches, y ahora este acto horrendo. ¿Qué le está pasando a nuestro país?”, dijo en una intervención transmitida a nivel nacional. “Vamos a tener que profundizar y preguntarnos a nosotros mismos quiénes somos como pueblo. Tenemos que pensar en nosotros como el común denominador de los estadounidenses, no como estadounidenses con vínculos de sangre con otros países dedicados a no sé qué causa. Eso es lo que tenemos que explorar en lo profundo de nosotros”.

Escuchar a Nelson –demócrata, astronauta admirado– hizo que esta cubanoamericana se sintiera de pronto desarraigada, desnacionalizada, privada de mis derechos.

Cuando un senador me dice que el problema es que yo no puedo ser quien soy, entonces la esencia misma de lo que significa ser estadounidense está siendo cuestionada. Hemos olvidado los principios democráticos básicos sobre los que se construyó esta nación de inmigrantes. Estamos cambiando la libertad de expresión por cualquier cosa que aplaque nuestros temores. Estamos practicando el rechazo automático, y, lo peor de todo, estamos ordenando a las personas qué deben sentir.

Ese día de dolor y tragedia, la crítica más severa fue dirigida, y muy merecidamente, al posible candidato republicano Donald Trump, quien hizo una marcha triunfal sobre las víctimas de Orlando en Twitter, elevando su intolerancia a alturas narcisistas nunca alcanzadas al aceptar felicitaciones por tener la razón sobre los musulmanes.

Pero culpar al por mayor es contagioso, y ya no es sólo el territorio de los racistas. Nelson hizo lo mismo, culpando a los estadounidenses con raíces en otros países de la violencia, no sólo por el tiroteo masivo sino por mezclar en el asunto, sin pensarlo dos veces, el asesinato de una cantante por un floridano, nacido en Estados Unidos, blanco y sin vínculos de sangre o culturales com otro país.

¿Qué le está pasando a nuestro país?

Sí, hablemos de eso.

Honrar la herencia

Es ridículo igualar la radicalización de un asesino con un historial de frustración y comportamiento violento con el acto cultural de identificarnos con nuestras raíces y nuestra herencia. No hay que decir que hasta el Censo de EEUU se preocupa por identificar la raza y el origen étnico de la población, y que nuestros pasaportes estadounidenses señalan que hemos nacido en otra parte.

Nosotros –estadounidenses que no negamos nuestro origen, sino que atesoramos esos lazos, estadounidenses que honramos a nuestros padres y nuestra herencia cultural– somos puentes entre pueblos, idiomas y culturas. Pero en estos tiempos estamos erosionando, poco a poco, los avances de la era de la inclusión que nos alentó a ser quienes somos.

¿Qué le está pasando a nuestro país?

Cobardía política y culpabilización antes de conocer los hechos, y, no sé si me atreva a decirlo, tal vez el principio del fin de una sociedad abierta y tolerante. Es reconfortante pensar que las amenazas vienen de afuera y culpar de lo impensable a las personas que son diferentes. Pero los hechos no se avienen con esa teoría. La mayoría de los tiroteos masivos en Estados Unidos han sido obra de estadounidenses blancos, nacidos en el país. Bajo las renovadas amenazas terroristas, el fácil acceso a armamento bélico no hará más que incrementar la lista de las pérdidas y la devastación.

Nos estamos dedicando a la labor infructuosa, y vergonzosa, de cuestionar las alianzas de las personas porque hemos fracasado en lo más importante: el Congreso permitió que una prohibición de armamentos de asalto expirara en el 2005, y ahora ellas son la expresión favorita de los jóvenes iracundos de todas las clases sociales estadounidenses.

Hemos convertido los lugares más sagrados y libres de preocupación –un recinto universitario, un teatro, una iglesia, una escuela primaria, una pista de baile– en campos de batalla porque la polarización política ha puesta en las manos erróneas rifles y municiones de asalto estilo militar para destruir, no a un invasor de nuestros hogares, sino nuestro modo de vida.

En cuanto a los estadounidenses nacionalizados, ¿cómo podremos considerarnos completos cuando algunos nunca se cansan de recordarnos que no somos estadounidenses en pleno?

Eso, senador, es lo que le está pasando a nuestro país.

Esta historia fue publicada originalmente el 17 de junio de 2016, 5:08 p. m. with the headline "Después de la masacre de Orlando, hablemos de armas, no de identidad étnica."

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