Fabiola Santiago

Regulaciones paradójicas

El Congreso, a punto de comenzar a tomar en cuenta un proyecto de ley bipartidista sobre la libertad de viajar a Cuba, tal vez debiera considerar las risibles circunstancias que se derivan de la actual política estadounidense sobre el tema.

Actualmente, los estadounidenses que viajan a Cuba no pueden legalmente siquiera meter un dedo del pie en las cálidas aguas cubanas, no pueden pasear por la arena blanca y suave, ni tener una conversación improvisada con ciudadanos locales si tuvieran la oportunidad.

Pero los visitantes estadounidenses sí pueden, por ejemplo, comer y beber en el cabaret del gobierno Le Parisien del histórico Hotel Nacional y mirar embobados a bailarinas eróticas moviéndose como ramas al viento.

El gobierno de Estados Unidos considera el ir a la playa como una actividad puramente turística, y está prohibido incluso bajo las condiciones más flexibles que presentó recientemente la administración de Obama.

En cambio, ver un espectáculo al estilo de Las Vegas de mujeres y hombres semi-desnudos cae bajo el ámbito de actividad cultural y está permitido como una experiencia educacional.

Un poco paradójico, ¿verdad?

Esas son las idiosincrasias de las regulaciones de viaje de Estados Unidos a Cuba, que a menudo terminan teniendo un impacto contrario de lo que el gobierno se proponía: montones de estadounidenses entablando conversaciones con cubanos comunes, echando abajo barreras que el gobierno cubano ha erigido sobre la información y contradiciendo la imagen negativa de cinco décadas de propaganda antiyanqui.

“Pienso que es importante que más personas vayan y capten la enormidad del problema”, dice un académico de la Florida que ha hecho dos viajes y pronto viajará otra vez a la isla. “No es algo simple, como decir: ‘Oh, vamos a crear una apertura’. Hay mucho que desenredar todavía y nadie tiene las respuestas”.

Pero, tal como él y muchos otros estadounidenses que han viajado a Cuba me han confirmado, nada puede remplazar la perspectiva que se adquiere yendo en este momento histórico, aun bajo las restricciones de viajes estrictamente organizados.

En una semana en que un desafiante Raúl Castro vertió una jarra de agua fría sobre el cauteloso optimismo generado por las conversaciones entre Estados Unidos y Cuba, planteando una letanía de demandas — la mayoría de ellas bastante ridículas, considerando que él es el dictador en esta ecuación diplomática — que indican que desde la perspectiva cubana es casi inexistente la probabilidad de cambios positivos.

Pero el proyecto de ley de 2015 sobre la libertad de viajar (cuyo nombre en inglés es Freedom to Travel Act of 2015 ) podría ser un camino hacia adelante.

La realidad es que la libertad de viajar dependerá de las conversaciones bilaterales con Cuba donde habrá que resolver cuestiones como la de acuerdos de servicio aéreo para que las aerolíneas puedan ofrecer un servicio rutinario confiable. Pero no hace falta llegar a acuerdos con los guardianes del feudo cubano para que el gobierno de Estados Unidos actúe y elimine una prohibición injustificada impuesta sobre su propio pueblo.

Unos 100,000 estadounidenses viajan a Cuba en vuelos fletados administrados por agencias de viaje que en los últimos años han incluido a Cuba como uno de los destinos. Añadan a esta cifra 400,000 cubanos y cubano-americanos que viven en Estados Unidos y viajan a Cuba todos los años, y la cifra asciende significativamente.

Permitirles a estadounidenses el derecho a viajar a Cuba libremente colocaría la pelota en la cancha donde corresponde: en la del gobierno cubano.

Sin embargo, los que se oponen a que se viaje libremente no se percatan de todo lo que abarca este tema: no es sólo que un gobierno democrático no tiene por qué estar prohibiéndole a sus ciudadanos que viajen, sino existen incontables beneficios en estos contactos.

“Vimos lo bien que viven los funcionarios cubanos en el oeste de La Habana, en repartos residenciales que, según me dijo otro viajero, podrían ser parte de Coral Gables”, me dijo otro viajero norteamericano. “Y vimos a cubanos pobres viviendo junto a basureros en las calles de La Habana Vieja. También comimos en algunos restaurantes privados muy elegantes. Vimos los autobuses en que viajan los cubanos comunes, un enorme contraste con los cómodos autobuses de primera clase para los visitantes extranjeros. Etc. etc. Estoy agradecido de haber podido ver un poco de Cuba y no me hago ilusiones sobre la naturaleza del gobierno cubano”.

Para mi amigo académico estadounidense, la experiencia de viajar a Cuba comenzó bajo una premisa: “Se trata de Cuba, así que es difícil saber cuánto es pura propaganda y cuánto es realidad”.

Pero a pesar de los vanos intentos del guía turístico de elogiar a la Revolución (“todos arqueábamos las cejas incrédulos”, dijo) el desastre estaba a simple vista: La Habana majestuosa de otros tiempos, ahora en ruinas; un puerto sin barcos, una represión palpable.

En un museo donde se exhibían valiosísimas obras maestras el aire-acondicionado estaba roto. Aún así el “tozudo y orgulloso guía”, en su almidonada guayabera, caminaba “como si estuvieran viviendo en París”.

“No hubo una sola noche que nos sentáramos a comer sin que alguien se echara a llorar cuando discutíamos nuestras experiencias”, dijo. “Toda la destrucción no es más que el resultado del ego de un solo hombre [Fidel Castro]. ¿Cómo puede uno ir de un lado a otro y observar a su país desplomándose a su alrededor y no hacer algo para, al menos, frenar un poco la catástrofe?”

La gran recompensa de viajar — más aún cuando se viaja libremente — es que nadie tiene que contarle a uno lo que uno vive y siente. Muy a pesar de los apologistas del régimen, los que tienen los ojos bien abiertos lo ven todo.

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