Fabiola Santiago

Donald Trump o la coronación de un payaso

El candidato presidencial republicano Donald Trump habla durante el cierre de la convención nacional de su partido en Cleveland.
El candidato presidencial republicano Donald Trump habla durante el cierre de la convención nacional de su partido en Cleveland. Bloomberg

La primera vez que imaginé la posibilidad de tener a Donald Trump en la presidencia, después de que ganó su primer debate a base de tácticas de intimidación y crasas payasadas, bromeé: ¡él podría ser nuestro primer Chusma en Jefe!

“Chusma” es lo que llamamos en Miami a una persona vulgar sin modales, sin reservas, sin control de sí mismo.


Pero ya no es un chiste. La coronación de una gruñona estrella de reality TV de comportamiento que fluctúa entre el payaso y el bully es ahora parte de la historia de Estados Unidos.

El temerario neoyorquino — quien lanzó su candidatura con tal descuido y con diatribas tan ofensivas que los expertos políticos pensaron que eso había sido idea de Hillary Clinton — es, oficial e irrevocablemente, el candidato nominado por el Partido Republicano a la presidencia de los Estados Unidos de América.


El simple acto de pronunciar esas palabras se siente como una ofensa a un país que ha sido durante más de un siglo un respetado líder mundial.

De sólo pensar que lo que hizo famoso al candidato presidencial es ladrar “¡Estas despedido!” en un programa de televisión parece que estuviéramos en medio de una farsa. ¿Es esta la nación a la que otros acuden en busca de sabiduría y de refugio en sus momentos difíciles? Escuchar al triunfante Trump jactarse de que él trae un espectáculo unipersonal de “la ley y el orden” al modelo de proceso debido, justicia y libertad que ha caracterizado a EEUU es aterrador.


El tono de su campaña sirvió de advertencia de que él estaba sacando provecho de una fuerza siniestra y poderosa. Pero ¿cómo podría nadie haber previsto que los estándares caerían lo suficientemente bajo como para hacer a Trump elegible para el partido de Lincoln?


Pero este ya no es siquiera el Partido Republicano de Ronald Reagan. Este partido pertenece a gente como el senador Ted Cruz, el segundo candidato en popularidad en las primarias republicanas. Lo sacaron con abucheos del escenario de la convención, pero no lloren por Cruz, instigador del pensamiento de extrema derecha que nos trajo la candidatura de Trump.


El no apoyará a Trump, pero Cruz y la mayoría de los miembros republicanos del Congreso echaron los cimientos para su nominación y apoyan su plataforma. Ellos sembraron las semillas de la supremacía blanca y el odio al otro que Trump cosechó. Ellos llevaron demasiado lejos su desacato a una histórica presidencia demócrata. Y ahora no sólo hay un candidato como Trump, sino también un Partido Republicano que es un reflejo de él.

Para todo el que tuviera dudas, la Convención Nacional Republicana ofreció una verdadera mesa sueca de oportunidades.

La retórica racista del legendario entrenador de football de Notre Dame Lou Holtz describió a los inmigrantes como una “invasión”. El repitió la falacia de que no quieren hablar inglés.

“¡Yo no quiero convertirme en ustedes!”, arremetió Holtz en un almuerzo de la Coalición Nacional Republicana Por Vida. “Yo no quiero hablar el idioma de ustedes. Yo no quiero celebrar las festividades de ustedes. ¡Y pueden dar por seguro que no quiero aplaudir a su equipo de fútbol!”

Así de fuerte es el odio: a un héroe de los deportes no le importa mancillar su propio legado. Su público recompensó su intolerancia con vivas y aplausos.

El representante Steve King de Iowa recurrió a las más remotas profundidades del pozo de la ignorancia para dar su contribución al desfile nacional de prejuicios.

Al preguntársele durante una comparecencia en MSNBC si no podría ser esta la última vez que personas de raza blanca controlan la plataforma y el rostro público del Partido Republicano, King aprovechó ese momento para cuestionar las contribuciones históricas de las personas que no son de raza blanca, a quienes denominó como “subgrupo”.

“Vuelva atrás a lo largo de la historia y piense dónde están las contribuciones que han hecho esas otras categorías de personas de las que usted está hablando? ¿Dónde cualquier otro subgrupo de personas contribuyó más a la civilización?”

Estupefacto, el comentarista Chris Hayes preguntó: “¿que las personas de raza blanca?” Y King se echó más tierra encima: “Que la civilización occidental misma, que está arraigada en Europa Occidental, Europa Oriental, y los Estados Unidos de América, y cada lugar en que la huella del cristianismo se asentó en el mundo. Eso es toda la civilización occidental”.

Evidentemente él nunca ha recibido clases de historia mundial, leído un libro o prestado atención en la atracción de Spaceship Earth en el parque Epcot de Disney. O por lo menos él habría visto imágenes de la historia de la humanidad, y habría aprendido, para empezar, que fueron los egipcios los que inventaron el papiro y que fueron los pueblos semitas los que adaptaron los jeroglíficos egipcios para representar los sonidos de su propio idioma.

Un Trump recién renovado — limpiado para el consumo del público en general y presentado la semana pasada como duro pero comprensivo (él no despidió a la plagiadora que escribió el discurso de Melania), lleno de camaradería (dejó hablar a Cruz, aun cuando el malo no le dio su apoyo) — con menos brillo anaranjado.

Pero ya esto no me parece cómico.

Después de noviembre, es posible que los miamenses tengamos que bajar la cabeza y murmurar: que viva el Chusma en Jefe.

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