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Opinión Sobre Cuba

La revolución, el mejor camino para que los nuevos líderes se conviertan en los viejos tiranos

Un mural presenta la imagen de Fidel Castro y del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega. Tanto el castrismo como la fórmula de gobierno de Ortega buscan eternizarse en el poder.
Un mural presenta la imagen de Fidel Castro y del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega. Tanto el castrismo como la fórmula de gobierno de Ortega buscan eternizarse en el poder. NYT

Como la misma palabra indica, en dos de sus acepciones, una revolución es una vuelta completa, un regreso al punto de partida, o bien el giro de un cuerpo sobre su eje. Y aunque en la vida social la revolución se entiende como una ruptura brusca del orden y un cambio radical, a la larga la historia demuestra que esa revolución, esa promesa de cambio y redención, al poco tiempo se convierte en más de lo mismo, y a veces el cambio es para peor, para mucho peor.

De eso los cubanos tenemos una larga experiencia, aunque otros países de América Latina han visto también en carne propia cómo los paladines de la justicia obrera y campesina se convierten en reyezuelos déspotas que pretenden y logran eternizarse en el poder.

Muchos dicen que eso va en la esencia latina, que es la herencia maldita del caciquismo, del caudillismo. Es posible, el entronque cultural en la América Latina no parece haber sido saludable. Ha sido un poco más feliz en el mundo angloamericano, donde una revolución independizó a las colonias británicas de su metrópoli originando lo que habría de ser Estados Unidos. Sin duda ese país estableció un sistema que ofrece mayor protección al individuo que la que ofrecen los países hispanos.

Suele decirse que la revolución como Cronos, devora a sus propios hijos, aludiendo a un episodio de la mitología griega. Y así parece ser. Para no remontarnos demasiado, la Edad Moderna comienza con la revolución francesa que llevó a los reyes y nobles a la guillotina, y poco después sus líderes también fueron guillotinados, Danton, Robespierre, Saint-Just y otros sufrieron las consecuencias del fanatismo revolucionario que ellos mismos desataron. Lo irónico del caso es que el proceso culminaría con el ascenso de Napoleón que convirtió a la república en un imperio.

Algo similar podemos ver en décadas más recientes en la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini o en la Cuba de Castro que del socialismo nacional (siglas de nazi en alemán) pasaron a las ambiciones imperiales en África y otros continentes.

Pocas revoluciones han sido tan maravillosas y tan sangrientas como la mexicana. Grandes figuras surgidas del ejército, del pueblo y hasta del clero, van quemando etapas al frente de ejércitos de alzados o del gobierno de turno. De Pancho Villa a Maximiliano, de Madero a Juárez, de Carranza a Zapata, de Hidalgo a Morelos, la historia de la revolución mexicana es una verdadera epopeya que ha dado lugar a obras maestras del cine y la literatura, y su ciclo no ha terminado.

Quizá sea ese el aspecto más positivo de las revoluciones, el legado artístico y literario que genera. El naufragio de la revolución bolchevique, en la que un zar inepto fue sustituido por tiranos muy efectivos como Lenin o Stalin, quedó plasmado en obras imperecederas del cine y la literatura. Eisenstein, Pudovkin, Dovzhenko llevaron a la pantalla la épica revolucionaria con todo y horrores, mientras que en literatura Babel, Bulgakov, Pasternak o Solzhenitsin contaban las monstruosidades y absurdos de los nuevos zares.

Retrataron los rusos uno de los fenómenos revolucionarios que más me llaman la atención: el fanatismo de las masas y hasta de los intelectuales. En la ortodoxia marxista, se llama período del “culto a la personalidad” a ese delirio colectivo en el que pueblos enteros adoran al opresor con el mismo fervor que un sádico sexual adora al que lo tortura. Me hace pensar si no será que la psiquis humana está organizada de esa manera.

Me asombra ver cómo los fanáticos de las revoluciones encuentran justo el que los caudillos se apoderen de las propiedades de los ricos y se enriquezcan a costa del pueblo. No logro entender cómo les parece justo que alguien disfrute por la fuerza del fruto del trabajo de otros. ¿Por qué le dan más mérito al que se apodera de una mansión o hacienda con un rifle en la mano y no al que lo hace a través de su esfuerzo personal o mediante negocios, por dudosos que estos pudieran ser?

La paradoja se manifiesta en todo su esplendor con el pasar el tiempo y los líderes impolutos del pueblo se vuelven iguales o peores que los poderosos que derrocaron, cuando los Ortega se vuelven los Somoza. Se les descubren tropelías de todo tipo, desde narcotráfico y nepotismo hasta malversación y asesinato de rivales, para no entrar en el destrozo de la Constitución y un total desprecio por los Derechos Humanos. Lo vemos todos los días en Cuba y Venezuela con gobiernos totalmente arbitrarios y de profunda humillación al pueblo.

En Nicaragua, Daniel Ortega ha cambiado el marxismo por el cristianismo en su lema de campaña y también pretende eternizarse en el poder. En Bolivia, Evo Morales busca cambio constitucional para seguir montado en el trono, mientras que en Brasil, la presidente ha sido destituida por corrupción.

Tampoco las recientes revoluciones de la “primavera árabe” ofrecen un panorama esperanzador, pero prefiero no apartarme de los ejemplos más cercanos.

Hasta ahora, la única revolución bella y positiva es la de las flores, que aparecieron en el planeta hace unos 130 millones de años, y desde entonces han revolucionado al mundo con olores, colores, y sabores al convertirse en frutas y vegetales.

En cambio, las revoluciones humanas tienen un desagradable olor a sangre, el espantoso color de la injusticia y el amargo sabor de la muerte. Tanto padecer para llegar a lo mismo, y a veces a peor, sobre todo en América Latina que en los años de 1950 iba hacia un progreso que se ha visto frustrado por guerrillas, populismos, corrupción y tiranías.

El deterioro físico y moral de Cuba y Venezuela son dos ejemplos brutales de cómo ese afán de liberación se ve castrado por el egoísmo y la egolatría que convierte al guerrillero en un tirano.

Es posible que los historiadores, desde sus cómodos despachos, especulen y encuentren algo positivo al final de los períodos revolucionarios, pero una opinión muy distinta tendrían los 20 millones de rusos que murieron durante el gobierno de Stalin, los cientos de miles de víctimas de la guerrilla colombiana o peruana, o los millones de cubanos que durante más de medio siglo han sufrido un gobierno sin escrúpulos que ha robado, asesinado y mentido sin piedad, separando las familias y destruyendo el país física y moralmente.

Quizá de las revoluciones lo más valioso, repito, sea su reflejo en las artes y la literatura. Antes que anochezca, Enamorada, El acorazado Potemkin, El maestro y Margarita, El primer círculo… son obras maestras terribles y fascinantes.

La revolución, como tantos mitos que guían al hombre en su paso por la historia, sigue atrayendo a los jóvenes que creen que es posible arreglar el mundo, que “sí se puede”. Lo vemos en España con tanto apoyo al partido Podemos, a pesar de que sus dirigentes participaron en el descalabro venezolano. Pero también lo vemos en Cuba, donde algunos creen que hay que hacer “otra” revolución…

Esos nuevos revolucionarios que pregonan la “igualdad” y creen que todo se resuelve con quitarle el dinero a los ricos, me recuerdan una escena de Los de abajo, de Mariano Azuela: Un campesino llega agitado a otro que está trabajando la tierra para comunicarle que ha estallado la revolución. El otro campesino, para quien las circunstancias materiales no han cambiado mucho desde que comenzó la escabechina, se quita el sombrero, se rasca la cabeza y pregunta: “¿Pos no dicen que ya la hicimos?”

Periodista y crítico musical

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de octubre de 2016, 5:24 p. m. with the headline "La revolución, el mejor camino para que los nuevos líderes se conviertan en los viejos tiranos."

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