ALEJANDRO RÍOS: La obra del siglo y otras libertades
Dos de los más reveladores directores cubanos de la última hornada han elegido rotundos fracasos económicos y sociales del régimen como escenarios de controversiales filmes.
En Melaza, Carlos Lechuga coloca al espectador en un central azucarero inactivo, clausurado, y la miseria material y espiritual que tal eventualidad genera en el poblado que vivía, históricamente, de su funcionamiento.
La obra del siglo, de Carlos M. Quintela, se traslada a la fantasmagórica ciudad nuclear de Cienfuegos, construida para acoger la empleomanía de la central electronuclear de Juraguá, iniciada en 1982 y detenida, afortunadamente, diez años después cuando la Unión Soviética se desplomó.
En un apartamento prefabricado “realista socialista” del insólito lugar, mal viven tres generaciones de cubanos: un abuelo contestatario y procaz; su hijo, malogrado ingeniero graduado en Rusia, y el hijo/nieto, joven sin rumbo y despechado por un amor, que no lo piensa dos veces para poncharle un ojo al padre de un puñetazo.
Estos son como los zombis con los cuales se divirtió la película Juan de los Muertos solo que subsistiendo realmente en un vendaval sin rumbo. Los ríspidos diálogos que intercambian vienen dictados por la frustración de proyectos fallidos y vidas incompletas, como cuando el abuelo, interpretado memorablemente por un envejecido Mario Balmaseda, le dice al nieto, en referencia a cómo el sistema cambió paulatinamente la mentalidad de los cubanos: “Así creció tu padre, con toda esa mierda en la cabeza… el pobre, le dieron más piñazos de los que se merecía”.
A diferencia de su anterior largometraje La piscina, preciosista y cifrado, La obra del siglo se expresa con una limpidez apabullante: la utopía se desarticuló y lo que resta es la rémora de un país en blanco y negro, antiestético e indigente, que Quintela contrasta con el absurdo material de archivo colorido, grabado por la televisión de la época, donde una clase obrera llamada a construir el paraíso comunista ya daba cuenta, sin embargo, de que importantes piezas de la central electronuclear llegaban peligrosamente dañadas o incompletas.
La obra del siglo se estrenó internacionalmente en el Festival de Rotterdam, donde fue galardonada y ahora llega al sur de la Florida antes que a La Habana, como pieza central del tributo que el Festival Internacional de Cine de Miami, del MDC, rinde al cineasta independiente cubano, el 8 de marzo a las 7:00 p.m. en el legendario Teatro Gusman del downtown de la ciudad.
Hay un preámbulo a este homenaje, único en su clase, cuando el Teatro Tower de la Pequeña Habana presente a otros dos cineastas –Marcel Beltrán y Jéssica Rodríguez, además de Quintela, así como la productora Claudia Calviño, en una serie que comienza el 28 de febrero y se extiende hasta el miércoles 4 del propio mes, en jornadas que comienzan a las 7:00 p.m.
Entre otros, estos realizadores están sacando al cine cubano del atolladero donde –con raras excepciones– lo hundió la indolencia y arrogancia oficiales durante los últimos años. Se han apropiado de las nuevas tecnologías y de las complejas destrezas requeridas para buscar fondos de producción y van fabulando una filmografía respetable más allá del aburrido triunfalismo militante.
Carlos M. Quintela ha declarado que su nueva película requería de cierta urgencia porque aunque tuviera el beneplácito del régimen para filmar en un lugar de acceso limitado, generalmente prohibido, sabía que en cualquier momento esa autorización podía ser revocada.
El talento y la astucia de esta generación han ido ganándole terreno al inmovilismo del sistema. En lo que se tramitan los cambios necesarios, el país cuenta ya con un imaginario valiente y honesto.
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de febrero de 2015, 2:35 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: La obra del siglo y otras libertades."