Opinión Sobre Cuba

Por él fui refugiado

Fotografía de archivo del 14 de mayo de 2004, del líder cubano Fidel Castro, durante un evento en La Habana (Cuba).
Fotografía de archivo del 14 de mayo de 2004, del líder cubano Fidel Castro, durante un evento en La Habana (Cuba). EFE

Es amanecer de sábado, 26 de noviembre de 2016, el día que mis queridos padres se murieron esperando.

Ha muerto Fidel Castro, proclama la CNN.

Me despierto a las 6.30, cuando una amiga de mis años de secundaria en Miami Senior High School, también refugiada, me llama.

Lloramos los dos, no por la muerte del tirano que cambió nuestras vidas para siempre, sino porque sí, porque en momentos así las lágrimas son el refugio, el osito que nos lleva de la mano. Porque esto es un ramillete de emociones que nos arrastra a nuestra niñez. En mi caso, a ese 28 de febrero de 1962, el día en que mis padres me pusieron en un avión de Pan American Airlines para enviarme a vivir en Miami, con mis tíos.

“Son sólo unos 28 días y estaremos juntos”, me dijo mi madre, tratando de ser valiente (no lo era) y traicionada por lágrimas que se acumulaban en sus ojos.

Mi padre, silente junto a ella, evitaba mirarme, como el que sabe lo que viene, pero prefiere no decirlo.

Yo fui uno de esos llamados Pedro Pans, 14 mil niños cubanos que fueron enviados a Estados Unidos por sus padres para escapar del régimen comunista que un joven barbudo de nombre Fidel Castro imponía con mano fuerte en la bellísima isla que me vio nacer.

Me vi en un nuevo país, sin saber una palabra de inglés y sumergido en un mundo totalmente desconocido en Miami, asistiendo ocho horas al día al colegio y trabajando en un restaurante después de clase.

A los 14 años, este Mario tuvo que hacerse hombre. Como niño que era, lloraba por ratos, siempre en privado. Como el adulto al que la situación me empujaba, me secaba las lágrimas con el delantal blanco que me ponían en el restaurante y cargaba otra bandeja llena de platos sucios.

Pero avanzaba, aprendía inglés, reunía las propinas que me daban en el restaurante y trataba de adaptarme a mi nuevo país, a la nueva cultura.

Cuando los 28 días de mi visa se vencieron, y sin esperanzas de regreso, decidí que tenía que norteamericanizarme, aprender rápidamente el inglés y adoptar los Estados Unidos como mi país.

Del resto, se ocupó la historia: la crisis de octubre y los misiles rusos, y la introducción de un embargo por parte del presidente John Kennedy con que se rompían todo tipo de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, incluyendo los viajes.

Mis padres quedaron en La Habana y les tomó dos años poder salir, vía México. Y era yo quien les enviaba dinero para ayudarlos en la capital mexicana. Al fin nos reunimos en Miami y la familia García comenzó una nueva aventura en un nuevo país.

Personalmente, yo estudié, avancé y, como a muchos cubanos refugiados de mi generación, el sueño americano vino a abrazarme.

Mis padres murieron en Miami añorando este día en que se anunció la muerte de uno de los tiranos más longevos de todo el mundo. Y, por eso, en esta mañana mis emociones están a flor de piel. Cuánto quisiera tener aquí a mis padres, que lo dieron y lo perdieron todo para darnos a nosotros la oportunidad de crecer en un país libre.

Imagino la cara de mi padre cuando se enterara de la muerte de Castro; hubiera sido una mañana de al menos 15 de esos robustos cafecitos cubanos.

Fidel siempre dijo: “La historia me absolverá”, pero no creo que así sea. La historia ha de contar que Castro fue un dictador implacable, que comenzó enemistándose con Estados Unidos y buscó el apoyo de la Unión Soviética para mantenerse en el poder.

Que puso al mundo al precipicio de una guerra nuclear con la crisis de los misiles en 1962; que envió miles de soldados cubanos a librar contiendas en lugares lejanos, como Angola y Etiopía, y que fomentó guerrillas y movimientos subversivos en América latina, especialmente en Venezuela, con su alumno Hugo Chávez.

Hoy no podemos controlar las lágrimas.

Por qué lloramos

Hay lágrimas por aquellos miles de cubanos que murieron ahogados haciendo la trayectoria de escape de Cuba a las costas de la Florida.

Hay lágrimas por nuestros seres queridos que murieron esperando este momento.

Hay lágrimas por ese abrazo que quisieras darles a tus padres y abuelos.

Hay lágrimas que surgen por tu propia niñez, por el impacto que Castro y su revolución trajeron a tu vida, marcándola para siempre.

Y hay lágrimas por Cuba, por ese lindo país que me vio nacer y que ha vivido por más de cinco décadas bajo el puño fuerte de un dictador que robó a su pueblo las libertades más básicas, arruinando una economía que en su momento era una de las más prósperas en el hemisferio.

Hay veces que es bueno que se destapen las lágrimas. En eso estamos esta mañana de noviembre.

En lo más íntimo de mi ser, Fidel Castro reside como un indeseable dictador que me otorgó un título al que nunca aspiré: el de refugiado.

Esta es una ocasión en que no decimos “descanse en paz”.

CEO y fundador de Garcia Media, una consultoría global. Profesor de periodismo en la Universidad Columbia, Nueva York.

Este artículo se publicó originalmente en La Voz, de Argentina.

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