El aire de familia entre cubanos, ¿el final de los malentendidos?
“Mi país es ese instante único que ahora mismo ocurre en todas partes”.
Albis Torres
Atravesé el cristal que divide el Gastro Bar de Neme en la 1252 de Coral Way. Aparecí como por arte de magia en Cuba, era como si la condición de bilocalidad de la que hablara Carl Gustav Jung se cumpliera al pie de la letra.
El olor a madera y hierba buena, el aroma a queso fresco, pan recién horneado, guiso criollo, perfume francés y vino tinto, me regresó a la realidad.
Abrazos, risas, bromas en cubano, un brindis por el reencuentro –y en breve– la cena preparada por el cantautor cubano y excelente cocinero Kelvis Ochoa quien, como postre, nos ofreció un hermoso concierto a modo de descarga.
Las mayoría de mis amigos de infancia y adolescencia viven hoy en esa ciudad. Allí logro reconocer mi otra geografía sentimental, y en aquel bar fundado por Nemesio González al que luego se le uniera su socio Ernesto Riadigos, encontré una dilatación de mis afectos dispersos, la sensación de poder reconstruir lo que un día, en Cuba, dejamos inconcluso.
La amistad con Neme es un ejemplo de lo que pueden hacer dos cubanos crecidos a distancia. Estábamos condenados a no conocernos, pero más allá del exilio o el in-xilio, nos reconocimos en la oscuridad y creamos un puente indestructible.
Teníamos un pasado anterior a nuestro encuentro que hoy restauramos sin contemplaciones. A Neme le debo entender la otra parte de esta dura trama que transitó mi generación del otro lado del mar. Si no fuera por él hoy no conocería a Víctor, a Pedrito o a Yisel, si no fuera por él Miami no sería hoy “ese lugar donde tan bien se está”.
Mientras coreaba las letras de Kelvis con la naturalidad de cualquier verano en la isla me preguntaba, qué hubiese sido de mí si viviera en Miami. ¿A qué me dedicaría? ¿Y mis padres… estarían conmigo? ¿Quién sería mi pareja?¿Estará acaso ese hombre caminando solitario entre estas sombras que se estremecen al contacto? ¿Tendría hijos que me hablaran en otra lengua? ¿Sería la autora que soy? ¿Volvería a Cuba todos los inviernos?
Achino los ojos, enfoco los hermosos ladrillos refractarios del lugar. Me recuerdan a El Cocinero, mi restaurante preferido en La Habana, donde a veces, casi de madrugada, coreamos canciones, versos robados y emociones semejantes.
Desde los amplios cristales miro la avenida iluminada, el piano y el cajón reproducen un ritmo catártico que es parte de mi tono interior. Tengo tantas ganas de bailar. Recordé entonces el proyecto Vedado Social Club, ese sitio itinerante donde Juan E. Shamizo proyecta encuentros entre orquestas, solistas, compositores y creadores cubanos con su público de Miami.
Me acerco a la barra a pedir un vino blanco. Desde la televisión que hay en el bar varios actores cubanos saludaban en un ritual inequívoco, el de la Navidad que nunca he visto. Con muchos de estos rostros trabajé en mi adolescencia, y días después, en el canal 41 de la televisión local los reencontré. Mientras me maquillaban o entrevistaban, comprendí que era yo la que me había quedado profundamente sola en mi ciudad.
Entré y salí a las galerías de arte para ver las obras de varios amigos artistas visuales. Me reencontré con mi peluquero de siempre y probé los sabores de la cocina criolla que solo el reservorio de la comida en Miami conserva.
La última noche en esa ciudad, después de mi lanzamiento en la Feria del Libro, volví al Neme Gastro Bar. Cené delicioso acompañada por los amigos, escuché buena música y me despedí temprano porque mi vuelo salía al amanecer.
Cerré la enorme puerta con nostalgia, la noche olía a sal y mariscos, el aire de la noche sabía a Cuba. El único modo de apropiarnos de nuestra nación, pensé, es intervenirla desde la sensibilidad. La invasión deberá ser una ocupación pasional de Oriente a Occidente. Reconstruir y fundar poco a poco sobre las ruinas de la patria.
¿Qué está pasando con la frontera, con la delgada línea de separación entre Miami y la isla? ¿Acaso se extingue poco a poco la idea de que somos enemigos?
Quienes desde Cuba o desde Miami aun piensan en el derramamiento de sangre como una solución para el conflicto cubano no tienen mejores argumentos para ganar que una bala en el directo. Apuntarse entre cubanos hoy significa liquidar tu propia sangre, porque al final, aquí y allá, quienes nacimos después de 1959, quienes no tuvimos vela en este largo entierro y solo sufrimos o aceptamos el destino de este gran mal entendido, los que nos quedamos o zarpamos, tenemos, sin duda alguna, un entrañable aire de familia.
Esta historia fue publicada originalmente el 26 de noviembre de 2016, 3:00 p. m. with the headline "El aire de familia entre cubanos, ¿el final de los malentendidos?."