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Opinión Sobre Cuba

Escenas costumbristas

En la larga fila de personas que han sido transportadas desde sus centros laborales para despedir al tirano, se manifiesta una subrepticia indiferencia cuando cruzan de modo apresurado delante de anodinos arreglos de rosas blancas medio mustias, pegadas al suelo, y tres muebles de mal gusto con sus agobiantes medallas.

Al fondo del altar revolucionario, custodiado por guardias vestidos de gala, la foto de Castro en la Sierra Maestra con mochila y fusil en ristre. A los lados, burócratas de caras compungidas se van turnando en la escolta de honor.

No se nota mucho llantén entre los jóvenes, sino paseantes entretenidos con sus teléfonos celulares, unos tomando constancia de su paso por la ceremonia y otros respondiendo llamadas. Es curioso como una encargada del funeral detiene el paso a cuatro de los concurrentes para que aminoren la velocidad delante del grotesco santuario y presenten sus respetos.

Un “loquito” militarista, vestido de civil, pasa frente al retablo, hace un giro inesperado sobre sus talones y saluda como si estuviera delante del propio comandante.

Las cenizas del occiso, que viajarán hasta Santiago de Cuba, en una suerte de recorrido-despedida, contrario al presentado en el filme Guantanamera, de Gutiérrez Alea, y que tanto molestara a Castro, están reservadas para la nomenclatura en el Ministerio de las Fuerzas Armadas.

Qué raro, cuando alguna vez quisieron exhibir las manos cercenadas del Che Guevara en el mismo escenario del monumento a Martí, donde hoy se le rinde un tributo tan kitsch a su mentor.

Cenizas eligió volverse el propio déspota conocedor de la historia, para evitar las tribulaciones de otros congéneres que han sido arrastrados, colgados y vejados por el hartazgo de sus propios pueblos.

El reggaetón ha enmudecido su sonsonete insoportable en la isla y ninguno de sus reconocidos cultivadores le dedica siquiera un piropo al exterminador. Ni Baby Lores, tan locuaz, que lo tiene tatuado sobre la piel. Ni los que ahora hacen dinero en la orilla de Miami y se mantienen tan silenciosos como los de La Habana, alejados de las celebraciones callejeras a donde no pueden concurrir para mantener la neutralidad que impone el billete.

Lo de ellos no es la política sino “cultura de la buena”, como dice un personaje socarrón en la película Alicia en el pueblo de Maravillas, otra parte de la filmografía odiada por el difunto.

Estos días de luto obligatorio recuerdan las horas del discursear castrista que antecedían el inicio de los carnavales habaneros cada 26 de julio. Todos esperando que el tribuno terminara su catilinaria con el consabido “Patria o muerte”, para meterle al ron y la cerveza de “pipas”.

Las viudas de la cultura, cual plañideras, han comenzado el elogio del hombre voluntarioso e iracundo, quien requería fidelidad total a cambio de magras prebendas.

Miguel Barnet ha dicho que Fidel era un “iluminado” y que la isla no se puede concebir sin su impronta. El dúo Buena Fé, que pasa el cepillo en Miami cada vez que se les presenta la oportunidad, escribe con desparpajo para que no quede duda de su militancia: “¡Gloria eterna a Fidel! ¡Historia, abre los portones! No pudieron detenerlo cuando era de carne y hueso. Ahora es invencible. Renacerá una y otra vez”.

Dice la poeta Nancy Morejón que Fidel era un “príncipe de lo cotidiano”, que le enseñó el mejor de los caminos. La cineasta Rebeca Chávez lo recuerda tierno y cercano, mientras el trovador Vicente Feliú tiene deseos de llorar a ratos porque no se cree la noticia de su muerte. Para el actor Jorge Perugorría se trata de “una pérdida que nos conmueve a todos”.

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de noviembre de 2016, 2:00 p. m. with the headline "Escenas costumbristas."

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