Después del funeral
Cuando por primera vez hubo un jolgorio multitudinario en las calles de Miami por creerse realidad el más esperado y deseado deceso de la historia –júbilo no tanto por la muerte de un hombre en sí misma sino por las esperanzas de libertad que aquello podía representar–, publiqué en este periódico una columna, Aquel que debe morir, donde básicamente expresaba que no era un hombre el que debía dormirse para siempre sino un pueblo el que debía despertar, que la sola desaparición de un ser humano no cambiaba la esencia de un sistema social, que la muerte no es fuente de vida.
Sin embargo, el simbolismo que representaba esa figura en aquello que aún muchos llaman revolución, ha sido tan vital, que su ausencia no puede dejar de tener repercusiones de importancia. Sí, es cierto que en Rusia las desapariciones de Lenin, Stalin, Nikita y Brezhnev, cada uno en su momento, no significaron el fin inmediato de aquel régimen, pero como dijera desde el archipiélago cubano José Daniel Ferrer, líder de UNPACU, la agrupación disidente actualmente más importante, su muerte es tan impactante para Cuba como la que habría sido la de todos esos líderes juntos en lo que fue la Unión Soviética. Fidel Castro era, para la unidad del régimen cubano, como el eje central, hasta el punto de que aun sin cargo alguno y con su notable deterioro físico, su palabra seguía teniendo un peso significativo. El que su hermano, el actual jefe de Estado, diera la noticia después de la medianoche, cuando la mayoría de la población ya dormía, probablemente no fue porque el deceso se produjera dos horas antes. Cuándo fue el hecho, es algo que no sabemos ni probablemente sabremos jamás, teniendo en cuenta que ni siquiera una autopsia es ya posible tras la cremación, ¿Se intentaba evitar los efectos desagradables de un cuerpo demasiado deteriorado? La hora en que se dio la noticia tenía una clara razón: el impacto en las calles iba a ser menor que en horas de vigilia y la oposición no tendría tiempo de organizar acciones, si no peligrosas, al menos molestas para las autoridades. Se montaron vigilancias frente a los domicilios de los opositores más conocidos y se ordenó a la juventud comunista tomar el Malecón, la calle donde años atrás se produjo la más célebre protesta popular contra el régimen.
Todo esto indica el temor por la inestabilidad en que el régimen queda tras la desaparición del líder, y ésta es la primera consecuencia de la etapa que se inicia: el recrudecimiento de la represión y no sólo contra los grupos identificados abiertamente como disidentes, sino además contra toda manifestación independiente dentro de los marcos del propio oficialismo.
Hay quienes consideran que el hecho abre una oportunidad al actual presidente cubano para desarrollar libremente las reformas no realizadas por el freno que significaba la sombra de su hermano. Pero hay que tener en cuenta que, independientemente de los deseos del general presidente, el que acaba de marcharse hablaba también en nombre del ala más inmovilista de esa dirigencia histórica y que ese grupo, aunque ya octogenario, que a la vez representa a la clase social burocrática actualmente dominante, aún no ha muerto. Por lo tanto, la oportunidad no es tanto para el actual mandatario como para el sector más consciente de ese pueblo: intelectuales, estudiantes, periodistas, profesores, para ejercitar la libertad de pensamiento y de palabra e ir formando, dentro de las instituciones de la sociedad civil, una voluntad de cambio.
La libertad no se pide, se ejerce. Si un día hubo alguien que fue a la cárcel por decir lo que pensaba, y luego lo siguieron diez, luego cien, más tarde mil, y finalmente decenas de miles, no habrá cárceles para aherrojar a cientos de miles. La conciencia no es sólo el entendimiento de que el modelo vigente no funciona, sino además, la comprensión de que puede ser cambiado por otro humanista, democrático y participativo, sin necesidad de violencia, pues si los gobernados dejan de ser representados por quienes gobiernan, como nadie gobierna sin alguien que obedezca, tendrán los de arriba que realizar las transformaciones necesarias. La percepción crea la realidad. Una ciudadanía que se cree por naturaleza libre y en consecuencia actúa como libre, será inexorablemente libre.
Escritor e historiador.
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Esta historia fue publicada originalmente el 1 de diciembre de 2016, 6:31 a. m. with the headline "Después del funeral."