Los artículos de opinión brindan perspectivas independientes sobre temas clave de la comunidad, separados del trabajo de nuestros reporteros de redacción.

Opinión Sobre Cuba

La injusta y aburrida muerte en la cama del tirano

El ataúd que contiene las cenizas de Fidel Castro fue puesto, en su recorrido hacia Santa Ifigenia, en el mauselo dedicado a Ernesto 'Che' Guevara en Santa Clara, el 1ro de diciembre.
El ataúd que contiene las cenizas de Fidel Castro fue puesto, en su recorrido hacia Santa Ifigenia, en el mauselo dedicado a Ernesto 'Che' Guevara en Santa Clara, el 1ro de diciembre. AP

La muerte de Fidel la imaginé tantas veces y de tan diferentes maneras que ahora me resisto a creer la forma en que realmente murió. Pensaba tanto en ella que llegó a convertirse en una obsesión. Algunas veces lo veía muriendo a consecuencia de una inyección de Blackleaf 40, un poderoso veneno a base de sulfato de nicotina. Si leía que se trasladaba de La Habana a Santiago de Cuba en helicóptero, imaginaba que la nave aérea, cuando sobrevolaba el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, se estrellaba contra el Pico Turquino, la montaña más alta de la zona.

Otra veces imaginaba que moría en un atentado. En uno de ellos, una avioneta despegaba desde Cayo Hueso cargada de explosivos y aprovechando que los radares estaban fuera de servicio por falta de piezas de repuesto, se lanzaba en picada contra las ventanas de su despacho en el Palacio de la Revolución. En otro, los complotados atacaban el Punto Cero con morteros disparados desde las márgenes del río Jaimanitas. Pero estos atentados, a pesar de su espectacularidad, me parecían falsos; como sacados de una película barata de Hollywood. Es verdad que disfrutaba imaginándolos; pero yo necesitaba que fuesen más creíbles.

Por eso, mi atentado preferido era aquel en que desde el último piso del edificio Someillán, situado en la Calle O frente al Malecón, alguien le disparaba con un rifle de mirilla telescópica. Y esta vez la escena sí me parecía real. La imaginé tanta veces que puedo relatarla de memoria; como si fuese el capítulo de una novela que comenzaba así:

“El sol apareció detrás del Cristo de La Habana y en la luz dorada del amanecer vio venir los cuatro Mercedes Benz. Eran negros y avanzaban ominosos desde la Oficina de Intereses de Estados Unidos. ‘Yo sabía que hoy era el día’, se dijo. En un instante desapareció la angustia de sus últimos años y una paz diáfana se le asentó en el alma. Entonces dejó que el primero de los Mercedes llegara frente al edificio y se parara en firme, como siempre hacía, a esperar por el resto de la caravana. Fue en ese momento que se levantó y apuntó con serenidad hacia la antigua embajada americana. Todo sería fácil pensó. ¡Lo había ensayado tantas veces! La Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba, se encargaría de decirle en cuál de los carros viajaba Fidel y lo haría disparar con precisión, primero hacia la ventanilla trasera, y después hacia la del pasajero, porque nunca se sabía en que posición viajaba. Dejó pasar el segundo carro, pero cuando vio al tercero y al cuarto adelantándose para protegerlo, supo que era a ése al que debía disparar. Movió el rifle de izquierda a derecha y pronto lo tuvo en el punto de mira”.

La parte final fue la más difícil de imaginar. Yo quería que todo pareciese real. Y esto fue lo que se me ocurrió: “Cuando disparó por primera vez, el segundo Mercedes recibió un impacto directo en la ventanilla trasera. Sin embargo, no aceleró para escapar sino que giró hacia la derecha para dejar pasar al que venía por el lado del Malecón y se detuvo, con el cristal fragmentado por el balazo, justo al lado del que estaba estacionado frente al edificio. El cuarto auto se apareó al que avanzaba pegado al muro del Malecón, protegiéndolo, y juntos aceleraron hacia la curva del Parque Maceo. De repente comprendió que Fidel se escapaba en el tercer carro y le disparó dos veces antes de que pasara. Uno de los proyectiles impactó la ventanilla delantera y la bala hirió al conductor en la garganta; el auto chocó contra el borde de la acera donde, unos metros más adelante, se detuvo. El segundo disparo penetró la ventanilla trasera y la bala destrozó la cabeza de Fidel. Todo sucedió en segundos. Mientras el eco de los disparos se extendía, repetido, contra los farallones del Hotel Nacional, dentro del Mercedes, Fidel, herido de muerte, caía de lado en el asiento”.

Desde luego, nada de esto resultó ser cierto: no hubo envenenamiento; no se estrelló su helicóptero; ninguna avioneta cargada de explosivos cayó en picada en el Palacio de la Revolución y los morteros no llovieron sobre el Punto Cero. El atentado en el Malecón, donde muere con la cabeza destrozada por un disparo, solo ocurrió en mi imaginación. Fidel murió en su cama y no ajusticiado; como debió haber sido. En realidad, no importa cómo haya muerto. Lo cierto es que murió. Y es esa muerte la que el exilio ha estado celebrando. Sí, celebrando. No importa lo que piensen otros. Nada de eufemismos a la hora de describir nuestro júbilo. No nos dejemos arrebatar también ese derecho. En el mundo se han celebrado las muertes de muchos dictadores. ¿Por qué no habríamos de celebrar nosotros la de Fidel Castro, el más brutal de todos?

Esta historia fue publicada originalmente el 1 de diciembre de 2016, 7:38 p. m. with the headline "La injusta y aburrida muerte en la cama del tirano."

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA