Mala Habana
Suelo aprovechar las vacaciones de fin de año para darme un baño de cine. Lo mismo voy a la cita habitual del Teatro Tower, del Miami Dade College, que me prendo en algunas de las plataformas de streaming donde sigo prefiriendo a Netflix por su excelente catálogo, calidad y servicio en general, así como por el subtitulaje en numerosos idiomas que ya figura en casi todas sus ofertas. ¿Qué más se puede pedir para un cinéfilo empedernido? Es como un sueño hecho realidad.
No puedo dejar de recordar, sin embargo, las jornadas en el apartamento 304 del edificio 29 de La Habana del Este, donde tuvimos disponible el primer VCR, tratando de repasar la filmografía que nos prohibían, en copias que dejaban mucho que desear pero satisfacían el ansia de conocer.
Pues no solo vedaron a Los Beatles o Los Rolling Stones, como insisten en machacar numerosos relatos nostálgicos de la isla, cual camuflaje de otros desmanes más profundos. Fueron libros, clásicos y modernos; otras músicas, fotos, teatro, bailes, artes, comidas, deportes, en fin, cuantiosas de las manifestaciones de la cultura que hacen la vida tolerable.
Durante esta avalancha cinematográfica he visto, en Netflix, la serie Cuatro estaciones en La Habana, dirigida por el español Félix Viscarret, basada en novelas de Leonardo Padura, protagonizadas por su policía con vocación literaria Mario Conde, que interpreta –sin ímpetu– Jorge Perugorría.
Más allá de la truculencia patibularia y erótica de cada historia, así como del hastío que provoca el leitmotiv de la porno miseria, consustancial al modo que los directores extranjeros suelen observar la realidad cubana, sentí la tranquilidad del que ve una película de catástrofe desde la comodidad del hogar.
Haber podido salvar a mis hijos y nietos de esa barahúnda de frustraciones, desesperanza y adicciones al alcohol y otras drogas –para escapar de la ignominia– que, sin embargo, sigue contando con el beneplácito de sus víctimas, me hace creer, con orgullo, que pude enrumbarles el destino por una vida de provecho.
El piloto o primer capítulo de la serie se estrenó con bombos y platillos durante el pasado mes de diciembre en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana.
Caprichos insospechados de la censura en las dictaduras si pensamos que en el 2015, otro director ibérico trató, en vano, de presentar su adaptación literaria de la novela El rey de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez en el mismo escenario. Por entonces, Agustín Villaronga ni recibió el permiso para filmar en la capital de la isla.
Ambos contextos parten del llamado período especial de los años noventa, cuando, supuestamente, la economía cubana tocó fondo. El realismo sucio que cultiva Pedro Juan Gutiérrez tiene que ver con el marginalismo más atroz de la sociedad cubana contemporánea. Sus personajes no encuentran salida en una espiral de indigencia y violencia, de tal modo quedan registrados en el filme de marras.
Los argumentos de Padura, llevados al cine en esta oportunidad, tampoco son una postal para alentar el turismo, sino todo lo contrario. Capítulos de una existencia denigrante constan en la pantalla como no figuran casi nunca en la prensa oficial, a lo cual habría que agregar la más rampante corrupción en casi todos los estamentos sociales, de donde no se salvan, por supuesto, ni las fuerzas represivas de la policía, a las cuales pertenece Conde.
No creo que la serie encuentre cabida en la televisión castrista. El público tendrá que esperar por la oportunidad que brinda el llamado “paquete”, ese pequeño cuadrante de libertad audiovisual donde el cubano encuentra alivio a la absurda cerrazón y control enfermizos del régimen.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de enero de 2017, 1:44 p. m. with the headline "Mala Habana."