Opinión Sobre Cuba

Ser joven en Cuba es elegir lo difícil

Un grupo de jóvenes se reúne en un parque del Vedado, en La Habana.
Un grupo de jóvenes se reúne en un parque del Vedado, en La Habana. AFP/Getty Images

Toda mi adolescencia supe que el gobierno de mi país no soportaba ver la calle llena de jóvenes. Debido a eso mi generación pasó sus tres años de preuniversitario en una intrincada beca en el campo.

Las capitales de provincia no tuvieron la opción del preuniversitario en la calle. Si queríamos ser profesionales, había que becarse.

¿Alguien contó con nuestros padres?

¿Alguien preguntó si era esto beneficioso para una sociedad tan fragmentada y azotada por la diáspora y las carestías?

¿Ya no bastaba tener a los abuelos o tíos en Miami, a las madres y padres en misiones internacionalistas y a tus hermanos movilizados?

Reconcentrar los jóvenes a internados, alejarlos de sus casas y sus familias, hacernos pasar por vicisitudes y estados de hacinamiento fue un perfecto modo de control que hoy, como sociedad, estamos pagando muy caro.

Envías un adolescente a una beca y te regresan a otra persona a casa, sobre todo en los años del Período Especial, en los que los pases o permisos demoraban 15 largos días y los padres perdieron el liderazgo y el control de sus hijos. Tuvieron que ser muy fuertes las familias para no extraviar el nexo sentimental o ético con sus miembros más jóvenes. A ellos, sobrevivir en esas escuelas les costó un cambio brusco de hábitos y costumbres; o eras como los demás y te alistabas en el combate cotidiano o quedabas en el camino. Comer, bañarse, estudiar y dormir se convirtió en un ejercicio colectivo. Así crecimos, así nos hicimos hombres y mujeres, en un estado de absoluto gregarismo.

Una lata de conserva era para todos, un colchón nuevo rotaba en el albergue, el jabón se prestaba, las medicinas se compartían, las almohadillas sanitarias eran oro molido, la pasta de dientes y hasta los novios y los exámenes finales fueron para nosotros, un bien común.

¿Cuántos suicidios de adolescentes ocurrían anualmente en esas escuelas?

Han pasado dos largas décadas y los hijos de estos “hombres nuevos” son hoy los jóvenes que atraviesan las calles de la ciudad. La mayoría de ellos no se compromete sentimentalmente porque están en la búsqueda de una salida al mar, invierten sus días en crear una estrategia para irse del país, las relaciones son fugaces y ocasionales, sin compromisos, porque así crecieron, lejos del apego y la responsabilidad filial.

Sus gustos musicales y estéticos están relacionados con nuestra etapa de formación colectiva, que es, sin duda alguna, su mayor herencia.

Son nuestros hijos –en su mayoría– porque siempre hay excepciones, una generación en fuga hecha de indiferencia y reggaetón, que no sabe o no les interesa saber quiénes fueron los héroes o mártires de la patria y no está interesada en enrolarse en proyectos que impulsen esta sociedad. ¿Por qué? Pues porque saben por nosotros, por nuestra experiencia, que aquí todo está hecho y no somos los destinados a ventilar absolutamente nada.

Ellos quieren irse para decidir cómo y dónde estudian sus hijos. Determinar e influir sobre los asuntos cardinales de una familia, para no quedarse esperando que alguien les mande una remesa y poder vestirse o comer correctamente, para no seguir esperando una foto desde el mundo y vivir virtualmente la vida de sus seres queridos.

Los jóvenes en Cuba ya no quieren pensar que todo es ilegal u ofensivo, desde tener internet para renovar su información profesional hasta comprar papas en el mercado negro.

Ellos no quieren ser extras de la película, necesitan ser protagonistas de su única vida y saben perfectamente que aquí serán eternamente actores secundarios.

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