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Opinión Sobre Cuba

Carta a los dirigentes de una revolución difunta

Señores, la revolución en nombre de la cual ustedes celebraron un nuevo aniversario, es difunta, no porque su principal líder haya desaparecido, sino porque ustedes mismos la mataron hace mucho tiempo. Lo que triunfó en 1959 no fue la revolución democrática y martiana por la que murieron jóvenes idealistas como Frank País, José Antonio Echeverría y Abel Santamaría. La lucha fue contra un régimen de facto nacido de un golpe militar, por restituir la Constitución del 40, terminar con la corrupción, poner fin a los latifundios y repartir la tierra a los campesinos desposeídos, y por supuesto, realizar elecciones realmente libres.

Pero una vez en el poder, se hizo evidente que ustedes no tenían intención alguna de restituir la Constitución, y fueron aplazando las urnas hasta postergarlas indefinidamente con una frase: “¿Elecciones para qué?” Aquellas grandes posesiones privadas expropiadas a capitalistas y terratenientes, nunca llegaron al control directo de los trabajadores sino a las manos de una legión de burócratas. Los latifundios no desaparecieron sino que se convirtieron en latifundios estatales. De modo que marchando en sentido opuesto a las propias intenciones de Marx, el Estado se transformó así en lo que él mismo llamara en el tomo III de El Capital, “el supremo terrateniente”, y en sus Manuscritos Filosóficos de 1844, calificaría a este modelo como “comunismo grosero”, donde ese Estado actuaría como un “capitalista universal”, y no pudo evitar cargar con la culpa de las desastrosas consecuencias en todas partes donde se impuso este modelo.

Si quedaba alguna duda de vuestras intenciones, no sólo fueron expropiados los capitalistas, sino también la clase laboriosa, no sólo no entregaron a los trabajadores los medios con que laboraban sino que desposeyeron a los pocos que los tenían, empezando por el hotel Havana Hilton, perteneciente al sindicato gastronómico, y más tarde, con la llamada “Ofensiva Revolucionaria” en 1968, a todos los trabajadores independientes, quienes tuvieron que incorporarse al ejército de asalariados del Estado. Detrás vinieron los cierres de publicaciones y las censuras y represión de los escritores, pues sólo debía acatarse la línea política del Partido. Así se completó la instauración del centralismo monopolista de Estado incubado en la Rusia sombría de Stalin, nacido más bien de una regresión a los aspectos más reaccionarios del pensamiento hegeliano, pues fue Hegel, en su Filosofía del Derecho, quien había propuesto “llevar la Sociedad Civil, la voluntad y la actividad del individuo, a la vida de la sustancia general, destruyendo así, con su libre poder, éstas subordinadas, para conservarlas en la unidad sustancial del Estado”.

¿Es preciso decir que dicha “ofensiva” fue un tiro de gracia para esa Revolución, actualmente un cadáver sin papeles de defunción ni sepultura que se presenta por doquier embalsamado para hacer creer que aún vive, como Juana la Loca, recorriendo todo el reino con los restos de su amado esposo a cuesta? Ampararse en los símbolos y memorias de un pasado glorioso es, por cierto, un recurso muy recurrente. El propio Batista había estado enarbolando, hasta su huida de Cuba, la bandera del 4 de septiembre, fecha en que la Revolución del 30, en la que él había tenido una participación accidental, llega al poder en 1933, para después, al siguiente año, ser el principal artífice de su derrumbe.

En el caso cubano menos puede apoyarse la justificación del actual modelo en el pensamiento de José Martí, quien lo había rechazado en su análisis crítico de una obra de Spencer, La Futura Esclavitud. En una sociedad semejante, el hombre, decía, “de ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios”. Y no menos importante tiene en este sentido, su defensa del libre pensamiento: “Si muero o me matan, será por eso”, expresaba, y hasta criticó al propio Generalísimo Máximo Gómez por su intolerancia: “General, un pueblo no se funda como se manda un campamento”. Pero ya sabemos que el culto a la personalidad de Martí mientras se traicionan sus ideas libertarias, ha sido también un recurso muy manido en toda la historia republicana.

La palabra revolución ha quedado sólo para designar a una dictadura totalitaria, y ustedes podrán alegar lo que quieran para seguir manteniendo, mediante parches y cosméticos, un modelo que no aguanta más, pero el desabastecimiento y el hacinamiento son más elocuentes que cien manuales de eso que los comisarios políticos del estalinismo llamaban “marxismo-leninismo”. Hoy no pocos de ustedes se sobresaltan cuando alguien, en su presencia, pronuncia otra palabra: democracia. No temen a la contrarrevolución ni al imperialismo, sino a un fantasma, un viejo sueño que quizás muchos en su juventud compartieron, pero que ya no quieren recordar: el de la revolución democrática martiana.

Escritor e historiador.

concordiaencuba@outlook.com

Esta historia fue publicada originalmente el 19 de enero de 2017, 6:32 a. m. with the headline "Carta a los dirigentes de una revolución difunta."

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