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Opinión Sobre Cuba

Mi suegra

El pasado 7 de diciembre cumplió 81 años y nos hacía mucha gracia que su nacimiento en San Cristóbal, Pinar del Río, coincidiera con la efemérides histórica que marca la muerte de Antonio Maceo.

Ese día en Cuba la radio pasa música luctuosa –léase de la Nueva Trova– y se instala el luto en memoria de todos los mártires. Aquí en Miami, junto a la familia, desde hace 16 años, nunca le dejamos de celebrar su cumpleaños.

La semana pasada, sin embargo, el corazón de mi suegra Esther Ramona Llanes dejó de latir. Había terminado de almorzar y departir con su cuñado, el conocido actor José Coro, en el apartamento de la Torre Camacol, de la calle Flagler y la avenida 14, que ocupó con su esposo desde el 2010.

Fue una de las últimas personas en despedirse de mí cuando escapé a México. Había vivido “agregado” en aquel pequeño apartamento del edificio Lens en El Vedado, cuando me casé con su hija.

En aquella experiencia algo aciaga por su estrechez y desesperanza, siempre fue un rayo de luz. Allí reinaba como la ama de casa perfecta, repartiendo equitativamente la escasez, velando por la decencia y el orden.

Años después, cuando mis suegros también cruzaron la frontera mexicana en una aventura de disfraces e identidades transfiguradas, los recibí en mi casa de Westchester en un acto de reciprocidad y cariño.

No demoraron mucho en encontrar hogar propio. Fue admirable como esa pareja, de personas ya mayores, que nunca había salido de Cuba, supo insertarse en la compleja pero siempre hospitalaria sociedad americana, de modo ejemplar.

Era hija única y perdió a su padre temprano, quien se quitó la vida en un acto de vergüenza. Estuvo cierta temporada en un convento de monjas de donde emergió con una notable fe, de la cual nunca hizo ostentación.

No era una persona de muchas palabras pero se volvía locuaz cuando regresaba a la niñez de la finca de los abuelos –suerte de paraíso en su imaginario–, y al referir su aventura como maestra en una escuela de la campiña pinareña donde llegaba a caballo.

A pesar de ser muy discreta y hasta tímida, me parece que disfrutaba, a su manera, participar, junto a mi suegro, en las grabaciones del show de Don Francisco y de Caso Cerrado de la Dra. Polo, junto a otras personas de la tercera edad.

Durante estos años en los Estados Unidos había borrado las desdichas de la maldita revolución. Jamás se le escuchó decir que quería regresar, ni de visita.

Era tan presumida y elegante que durante una amenaza de terremoto en México le dijo a su cuñado que no podía bajar a la calle en piyama y sin peinarse y así lo hizo en medio del nerviosismo general. Ya en Miami, a veces figuraba en anuncios de centros médicos en televisión, que todos disfrutábamos.

El fallecimiento de su esposo, hace dos años, fue un golpe demoledor. Por primera vez sola, lidiando con sus asuntos diarios sin el guía de toda una vida. No se explicaba cómo algo así podía haber ocurrido y la memoria comenzó a traicionarla.

Ni mi esposa ni yo estuvimos entre sus olvidos. Le confesó a su hija que todas las noches le pedía a Dios, no padecer en un hospital, enferma o accidentada. Cuando le hice el desayuno en mi casa, recientemente, donde convalecía de una visita al dentista, no podía imaginarme que era el último adiós, pero se fue como quiso. Ahora recuerdo que en momentos difíciles, le gustaba repetirme: “La vida, Alejandro, la vida…”

Crítico y periodista cultural.

Esta historia fue publicada originalmente el 25 de enero de 2017, 2:39 p. m. with the headline "Mi suegra."

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