Opinión Sobre Cuba

Cuando la fiesta pasa para los cubanos

Una obra del artista urbano Yulier P. en una columna de La Habana, el 12 de febrero.
Una obra del artista urbano Yulier P. en una columna de La Habana, el 12 de febrero. AP

Pasa el Día de los Enamorados, recojo los vasos, los platos con restos de comida, los ceniceros abarrotados de colillas, las copas con restos de vino y me pregunto en silencio: ¿Si no hubiese ocurrido esta diáspora, si el disparo de los años 1980 no hubiese sonado en plena adolescencia, dónde, en qué parte de la ciudad viviría yo? ¿Hubiese tenido hijos? ¿Con quién? ¿Qué edades y rasgos tendrían?

Si aquí todo fuera distinto tal vez dirigiría una revista de moda, tendría un pequeño auto lleno de abolladuras y regresaría a casa al atardecer a pensar en la portada del próximo número. Subiría las piernas, tomaría vino blanco y leería cualquier noticia irrelevante en el periódico local.

¿Qué libros, de qué autores, qué librería sin censura de esta ciudad elegiría yo si todo fuera distinto? No escribiría con furia las páginas del deseo, las páginas de un diario que necesita contarlo todo para ser entendida desde un universo complejo e intraducible. ¿Seguiría mandándole palomas mensajeras a quien un día me abandonó?

Tampoco sentiría este ojo vigilante sobre mis espaldas.

La vida, en ese caso, volaría ligera, menos cargada de símbolos y miedos.

Pasó el Día de los Enamorados y me escribe Gabriela desde Miami:

“ (…) La casa quedó patas arriba. Regreso de dejar a los niños en la escuela, ellos hablan solo inglés pero yo sigo respondiéndoles en español. Extraño Cuba. Extraño baldear la casa al final de las fiestas y acostarme a escuchar Radio Progreso.

¿Con quién crees me hubiese casado allí? ¿ Quién fuera hoy el padre de mis hijos? ¿A quién de mis conocidos, de mis ex, se parecerían Gabriel y Mariana? Mi madre los conocería, los llevaría al colegio, los regañaría desde la cocina, los llamaría a comer al caer la noche durante las vacaciones de verano en Camagüey (…)

Nunca estamos conformes con lo que somos, jamás pensamos que nuestras decisiones son íntegramente nuestras, muchos de nosotros las hemos tomado en situaciones complejas… una vida, una construcción en desarrollo, la intervención social y política en tu mundo sentimental te hace dudar siempre de tu protagonismo frente a las grandes decisiones que has tomado.

¿Dónde están todos? Digo una y otra vez mirando las fotos de estos años.

Detecto como poco a poco Gabriela y los demás amigos y amores van desapareciendo del grupo, un espacio que se vacía y llena con otros que parten también, en breves intervalos del “Hola y adiós”, sin darnos cuenta.

Reviso las parejas que conozco y muchas de ellas surgieron al calor de este “jugar a los escondidos” en el que nos encontramos.

Descubrir un nido, aparear, convivir con alguien que no tiene tu mirada o tu modo de ver el mundo, ni tu acento, ni tus recuerdos infantiles o simplemente no comprende tu humor… hacer largos silencios en los restaurantes, revisar el teléfono o hablar sobre lo viejo que se ha puesto un conocido.

El vacío es parte de la ausencia, una ausencia personal e intransferible. Nos vamos quedando solos y quien nos abandona primero es nuestro “yo”. Aceptas tantas cosas ajenas, que tú misma ya te desconoces. Te empiezas a ausentar de tus rituales y luego desaparece todo lo demás.

A veces sucede lo contrario y este viaje de exilio o inxilio valió la pena solo para reconocernos y amar a quien nos ama.

Pasa la fiesta. La vida continúa subtitulada o en el idioma original.

Lo importante es no mentirse, mirar a quien duerme a nuestro lado y preguntarnos: ¿Es realmente nuestro compañero de viaje la persona que nos disfruta o conoce… o es él, simplemente, un amor en emergencia?

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