Opinión Sobre Cuba

La Habana 2017

En 1980, acabado de llegar de Cuba a Estados Unidos, la preguntaron al poeta Heberto Padilla durante una comparecencia en la Universidad Internacional de la Florida, cuál era su deseo para el futuro de Cuba. Cuando contestó “Un restorán que funcione bien”, me enojé. No entendí entonces que se trataba de una metáfora. El autor de Fuera de juego aspiraba a un país normal, donde las cosas cotidianas no fueran tan difíciles y complicadas.

En parte, su anhelo se ha convertido en realidad. En La Habana, y sospecho que en muchas otras partes de la Isla, existen hoy muchas paladares y restoranes que ofrecen excelente servicio y sabrosos platos, cosa que no sucedía cuando mi primer viaje a Cuba en 1999. La cultura del servicio se había perdido hacía rato pero el incremento en el turismo ha hecho que regrese con vigor. El turismo ha traído también más tráfico, que se escuche el inglés y otros idiomas en cualquier lugar; e incluso que algunas zonas se congestionen tanto que pierdan su encanto para el habanero, ya sea el que reside en la ciudad o la visite cada cierto tiempo. A su vez, ha creado empleos. Por ejemplo, más y más cubanos alquilan habitaciones en sus casas, y a menudo contratan a personas para que limpien, laven y tiendan sábanas y toallas, hagan las camas, preparen desayunos, etc.

No todo es positivo. La vida se le dificulta al cubano promedio. Cuando sale del trabajo no encuentra un “botero” (los automóviles que atraviesan las arterias principales y cobran en pesos cubanos), además de que ahora le cuesta más. La situación del transporte es una queja generalizada. También escasean y han subido de precio alimentos y productos de primera necesidad, desde la malanga hasta papel de inodoro, porque los acaparan los que alquilan habitaciones o sirven comida, ya sea en un chinchalito o una paladar. El restorán, como deseaba Padilla, funciona bastante bien, pero a un costo para la población porque el gobierno aún no ha establecido normas apropiadas para el sector no estatal.

Un sagaz analista me comentó que el problema principal de Cuba eran los salarios, muy bajos en comparación con el costo de la vida. Sin embargo, de alguna forma, los cubanos no están flacos, ni van mal vestidos o mal calzados. Cada día se ven más casas pintadas y arregladas. La cuenta no da. Es decir, no pueden vivir así del sueldo. Los ayudan las remesas y los trabajos adicionales. Un editor puede tener un cliente que le mande textos desde el exterior para que se los revise. Una profesora universitaria se consigue un contrato de seis meses para enseñar en Santo Domingo o Ecuador. Y así.

Sin embargo, sigue habiendo otra forma de ingreso prácticamente institucionalizada: el robo al Estado. La corrupción es cada vez mayor y llega a los niveles más altos, según me han informado. Nadie delata a nadie, porque todos lo hacen. A la gente no le importa cuánto es el salario en una plaza, sino qué pueden llevarse. Si son dos latas de pintura a la semana, las venderán en muchísimo más dinero que el de sus míseros sueldos. Esta práctica tiene como consecuencia también que la contabilidad de las empresas nunca responda a la realidad.

Cuba continúa ofreciendo una rica vida cultural, a veces en los lugares más insospechados. En un centro comunitario en Santo Suárez pueden realizarse actividades de un nivel sorprendente. No todo es loa al sistema en el mundo cultural. Existe la crítica, pero tiene sus límites, y a no ser figuras de renombre, pocos se atreven a no respetarlos.

No sé si el cubano promedio lo percibe, pero varias personas me comentaron que después de la muerte de Fidel, lejos de haber una apertura, ha habido un retroceso en el cumplimiento de los lineamentos, o reformas económicas, y un mayor encono del gobierno contra la prensa alternativa, es decir, los blogueros. Algunos creen que no proviene de Raúl, sino por el contrario, de remanentes ortodoxos más afines a su hermano mayor, que aún tienen más poder del que se esperaba. No me es posible comprobar la veracidad de esta observación pero me vino por fuentes diversas.

La Habana cada día se convierte en una ciudad con más vida, aunque siempre contradictoria y llena de contrastes, donde conviven el esplendor y la miseria. El malecón sigue siendo un punto de encuentro de enamorados, familias, pescadores y turistas que corren con sus trajes deportivos. Un muro para sentir el mar que acaricia y golpea, y para mirar el horizonte todavía incierto.

Escritora y periodista cubana.

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