Opinión Sobre Cuba

Las madres cubanas y sus recetas de resistencia

‘All You Need is Love’ (1975), cuadro de Flavio Garciandía.
‘All You Need is Love’ (1975), cuadro de Flavio Garciandía.

Aun pueden verse jóvenes y risueñas en la portada de la revista Mujeres, con el pañuelo en la cabeza, uniformadas, reclinadas en un camión que las regresa del “Domingo Rojo”. Posando con sombrero o minifalda, reclamando su derecho a una Segunda Cita en las canónicas canciones de Silvio Rodríguez, en los temas incidentales de Leo Brower, ellas se parecen a su tiempo, aunque ese tiempo, poco a poco las abandonó.

Nuestras madres están por todas partes: ellas no enmiendan sus vidas, han quedado asentadas en la memoria fotográfica, sensorial, sentimental de este país.

Las recordamos riendo a carcajadas en el Parque de la Funeraria, tatuando en su piel un colibrí sobre la isla, escuchando a escondidas a Los Beatles, corriendo a lo lejos en una película de Sarah Gómez o caminando por las calles de Regla mientras Tomás Gutiérrez Alea (Titón) rodaba secuencias de Hasta cierto punto que luego se montaron sobre la voz de Pablo Milanés. Las vemos opinando en el Noticiero ICAIC Latinoamericano, melancólicas, delgadas, uniformadas en las fotos blanco y negro que enviaron de la guerra de Angola, Nicaragua o el terremoto del Perú.

Tendidas en la sensualidad de un enorme lienzo de Flavio Garciandía, perdidas en el césped de la Escuela Nacional de Arte, columpiándose en el deseo de las cosas simples, allí están ellas, repasando lo que hemos sido, en un poderoso soliloquio que espera y despide a sus hijos.

En las imágenes de El Mariel, en las Marchas del Pueblo Combatiente, citadas, movilizadas, en los actos de repudio, en todos los exilios e inxilios. Repudiando o siendo repudiadas, sin editar sus biografías, asumiendo en silencio lo que han sido, intensas en sus recuerdos y vivencias, ellas nos esperan, aconsejan y liberan de cualquier responsabilidad histórica, alimentando, curando, perdonando, entendiendo a sus hijos, porque para eso son, han sido nuestras madres.

Casándose y divorciándose, permutando, aplazando la vida personal, intentando no responder a todas nuestras preguntas, esos largos interrogatorios de sus hijos que las atormentaban y ponían contra la pared.

Viajando hoy de país en país para encontrarlos, aprendiendo inglés o francés para comunicarse con sus nietos, ellas siguen ahí, contestando el teléfono de madrugada, en Miami, Puerto Rico, Madrid o La Habana, responden sin podernos dar otra cosa que el paraíso de sus ilusiones y ciertas recetas de resistencia.

Este marzo mi madre también cumpliría 70, pero no sobrevivió, perdió la memoria a los 48 años y a los 54 –también en marzo– se venció. Estudió en un colegio protestante, tuvo un mundo paralelo de golf y casas de madera, pero rompió con todo ese universo americano de la Base Naval de Guantánamo y Banes para ir a alfabetizar. Fue fundadora de la Escuela Nacional de Arte (ENA), y entre educación militar para artistas, parametración y censura, separaciones forzadas y muchas ganas de cerrar su ciclo de vida, ella se venció.

Camino por la ciudad y la busco joven y bella, en un espacio que poco a poco deja de parecerse al sitio, la utopía, que al nacer, me regaló.

Solo encuentro a mi madre en mis obsesiones, en los gestos, en mi cara que poco a poco se va transmutando en ella.

A todas las madres que ahora cumplen 70, dondequiera que estén, deseo felicitarlas, abrazarlas. Me pregunto cómo sería hoy esa muchacha delgada y nerviosa, esa poeta que nunca envejeció. Esa mujer que al despedir a sus padres, pasó de ser mi madre a mi única hija. A todas ellas –madres o hijas– esta primavera quiero felicitarlas desde La Habana.

Escritora. Reside en Cuba.

CIENCIA FICCIÓN

Y si llegara un hombre verde

y si llegara un hombre verde

y si llegara un hombre verde o azul

en una nave.

Y si llegara.

Qué diría de mí, tan despeinada,

sin adornos ni gracia.

Qué diría de todos por mi culpa.

Albis Torres

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